Lazos

Capítulo 6

—¡Ándale, hija, que nos hemos quedado dormidas!

Patricia se despertó por las sacudidas que le daba su madre.

—¿Que? —se sentó y miró que la habitación ya estaba muy iluminada.

—Parece que hubo un apagón anoche, mira el reloj.

Somnolienta, la chica miró el reloj que estaba conectado al toma corriente y que usaban como despertador. Eran las 00:00 horas.

Miró la hora en su celular y saltó de la cama, nerviosa.

—¡Mamá, voy a llegar tarde, hoy que tengo examen a primera hora! ¡Carajo! ¡Tú vas a llegar tarde al trabajo!

—Cuida tu lenguaje, niña, además, ¿cuántas veces te dije que pusieras la alarma también en tu celular?

—O en el tuyo si tuvieras uno, mamá, o igual, si usáramos pilas en ese viejo reloj despertador, esto no hubiera sucedido, ¿verdad?

—Sabes que no necesitamos gastos extras, Paty. Esas baterías salen carísimas y el celular no lo necesito. Como tu tío hace las compras, casi nunca salgo de esta casa. A ver si ahora sí me haces caso y pones la alarma en el celular. Esa maña tuya de no hacerme nunca caso nos mete en problemas, ¿ves?

¡Maldito apagón que sólo sirvió para que mamá me regañe!, pensó la joven, luego se defendió, como solía hacerlo.

—No veía caso si tenemos ese reloj y además, las baterías no salen caras puesto que sólo las compraríamos de vez en cuando. ¿Acaso piensas que el reloj las consume en un día?

—¡Hay, por Dios, Paty! ¿Tú crees que soy ignorante o qué? Mejor es que comprendas lo que te digo. Ahí está la energía eléctrica que pagan los Kalil, ¿para qué gastar dinero en pilas? Ya deja de perder el tiempo discutiendo. ¡Date prisa! ¡Y ya sabes, nada de llevar esos tatuajes al descubierto! ¡Qué lástima que ahí no se usen los uniformes!

Paty la miró impaciente al decir:

—Y dices que soy yo la que discute, si te escu…

—¡Que te apures, dije!

La chica, aún renegando, entró al baño para hacer sus necesidades, entre tanto, Imelda se vistió el uniforme doméstico. Este consistía en un vestido de color azul marino que le llegaba a las rodillas y tenía al frente, atado en la cintura, un mandil blanco cuyos bordes eran adornados por un bonito encaje. Al uniforme lo acompañaba un par de zapatos que, aunque eran de tacón corrido, a Imelda la cansaban mucho porque no eran para nada flexibles, mas como eran parte de la vestimenta, no podía prescindir de ellos. A la señora Kalil le encantaba que las mujeres lucieran una cierta elegancia.

Patricia terminó de arreglarse también, tomó su mochila para colgársela de los hombros y salió apresurada, casi corriendo por el jardín. Imelda salió detrás de ella y como no la pudo alcanzar, le gritó:

—¡Cuídate! ¡Y ya sabes, controla ese mal humor tuyo!

Patricia salió de la casa y corrió por la banqueta, pero al llegar a la esquina de la calle, que era donde la esperaban los gemelos, o viceversa, no los vio. Renegó agria al pensar que tal vez el miedo que le tenían los muchachos a su padre, los apartaría de ella, mas luego meditó que ya era tarde y seguro se habían ido al instituto.

Pensando en lo que podría ser, se apresuró para llegar a la parada del autobús y al llegar ahí, balbuceó maldiciones al mirar la hora en el móvil. Iba a llegar muy tarde. ¡Y el maldito camión no pasaba! Caminó de un lado a otro, ansiosa.

Maldijo de nuevo el autobús, aunque sabía que el transporte no tenía la culpa. Ella la tenía por no hacerle caso a su madre. Miró la hora de nuevo. El camión que acostumbraba abordar ya había pasado, así que no sabía cuánto más tendría que esperar. En la pantalla, abrió el juego que había descargado y comenzó a eliminar los bloques para rescatar a las 32 mascotas, pero cuando le faltaba una, se le terminaron los movimientos.

Sacudió el celular y gritó:

—¡Estúpido juego, tramposo!

Y también, maldijo el examen de Literatura que reprobaría por no llegar a tiempo para hacerlo. Perdería la oportunidad de demostrar que había estudiado mucho para sacar una buena calificación. De hecho, la tarde anterior, después de su enfrentamiento con el señor Roid, se había dado prisa por terminar sus deberes en la mansión Kalil para disponer más tiempo para estudiar, de hecho, se desveló repasando sus notas, que al parecer, de nada iba a servir.

Exasperada, intentó de nuevo el rescate de las mascotas mientras en su interior seguía maldiciendo.

¡Maldito profesor que se le ocurrió poner el examen precisamente ese día que se quedó dormida! ¡Maldito el instituto por estar tan lejos! ¡Maldito el tiempo por seguir pasando, maldito el camión por no llegar, maldito el...!

—¡Buenos días, amiga!

Patricia apartó la vista de la pantalla para mirar el auto que se había detenido junto a ella y que no había notado por estar descargando su frustración con los cubos y maldiciendo lo que no tenía justificación de maldecir. La anaranjada cabeza de Gabriel fue lo primero que vio cuando él abrió la puerta y bajó del auto. Ella miró asombrada que el chico le abría la portezuela del lado del copiloto y con gesto amable, la invitó a subir.

—Anda, sube. No querrás que lleguemos tarde al examen.




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