Lazos

Capítulo 7

Patricia retiró los abrigos de su cara. Por eso detestaba al hombre, porque apenas la veía, ya estaba tratándola con esa falta de respeto. Lo miró con frialdad mientras se mordía la lengua para no replicar, grosera.

Pero no fue necesario que dijera nada, porque detrás de la familia Roid, habían entrado dos hombres y una mujer que Patricia no había visto nunca. Fue la mujer la que se apresuró a tomar los tres abrigos de las manos de Paty, exclamando:

—¡Oh, qué barbaridad! Al señor se le cayeron estos abrigos, déjame ayudarte, señorita.

Todos, excepto los dos hombres que la acompañaban, la miraron sorprendidos, pero ella, tan sobresaliente no sólo por su gesto, sino por su cabellera plateada, continuó, inmutable:

—Dime dónde los colocas para ayudarte. —Miró a sus compañeros—. Amor, dame el tuyo de una vez y tú también, Víctor.

El rubio, uno tan alto que por varios centímetros sobresalía a los demás hombres que ahí estaban, sonrió y dijo:

—Ya me encargo yo del mío, corazón.

—Lo mismo digo, Angie —añadió Víctor con rostro inalterable.

Patricia miró a los dos hombre y a la mujer antes de balbucear:

—No, señora, señores, disculpen, démelos, por favor, yo…

—Mi nombre es Angelina de Monarquet. ¿Cómo te llamas tú, linda?

La mirada de la joven se abrió más, incrédula. Estaba soñando, seguro. ¿Desde cuándo una invitada de los Kalil la trataba con esa confianza?

—Soy Patricia Iturbide, señora.

—La gente que me cae bien me llama Angie, puedes decirme así. ¡Ah, por cierto, ellos son mi esposo Christian y Víctor, su hermano!

—Mucho gusto, señorita —dijeron en coro los hermanos Monarquet.

Luego, con toda la educación posible, Angelina miró a la familia Roid y sin perder su tono encantador, se presentó también con ellos e intercambiaron apretones de manos y palabras cordiales.

Entre tanto, Patricia se pellizcó para salir del impacto que le produjo aquella mujer mientras escuchaba decir a la señora Angelina:

—¡Oh, mira! ¡Ya vi dónde pones estas cosas! Iré allá, señorita Patricia, pero estaremos viéndonos, ¿de acuerdo?

Se dirigió al guardarropa cargando con los abrigos y tras ella fueron los Monarquet, sin sentirse cortados por las miradas de asombro que los siguieron.

—¡Me encanta esto, Chris! —dijo Víctor en tono divertido—. ¡Ah, mira, allá están los kalil!

Víctor fue el primero en dirigirse hacia la familia Kalil y cuando Asim los vio, les dio la bienvenida:

—¡Victor, Chris, qué bueno que sí pudieron venir! ¿Y sus padres no vinieron?

Desde su lugar, Patricia miró a los Monarquet y a los Kalil intercambiar abrazos, pero dejó de ver hacia su dirección para dirigir su atención a Benjamín Roid, quien dijo entre dientes:

—¿Y esa mujer qué se ha creído? ¿Cómo se atreve a ponerse a la altura de esta "cosa"?

La chica se encogió ante la dura mirada del hombre.

—Se llama Patricia, papá y no es una cosa —dijo Gabriel con valor—. Te pido que la trates con respeto.

El furor de Benjamín se reflejó en su expresión, luego, dándose cuenta que algunos los miraban, hizo a Patricia a un lado, algo violento y se encaminó hacia los Kalil. Gema lo siguió, sumisa y Cat, antes de hacer lo mismo, se volvió a Gabriel.

—No provoques a tu padre —le dijo en tono discreto—. Pórtate bien, ¿sí?

Gabriel no respondió y tampoco fue tras ella, así que cuando Benjamín lo descubrió al lado de la sirvienta, tuvo que hacer un esfuerzo para no ir por su hijo y arrastrarlo al grupo que habían formado los Kalil, los Monarquet, los Roid y otros distinguidos invitados que ya Patricia había dirigido hacia esa zona.

Conteniendo su ira, Ben mostró una hipócrita sonrisa mientras conversaba con los demás, pero su voz se opacó cuando descubrió que su hijo sacaba del interior del esmoquin un par de flores, un clavel y un tulipán, ambos rojos, engarzados uno con el otro y se los daba a la escoria.

Su expresión de asco sólo disminuyó cuando tomó una copa de vino de la charola que en ese momento Imelda pasaba por el grupo y el que se bebió de un sólo trago. ¿Qué era lo que hacía Gabriel? Miró en torno y enrojeció por la humillación.

Muchos invitados habían visto el gesto de galantería por parte de su hijo hacia la sirvienta. Imaginó los comentarios que circularían entre sus amigos y socios. Un Roid cortejando a la sirvienta de los Kalil. La aversión lo cegó y pensó en matar a Gabriel en cuanto regresaran a casa, pero entre tanto, debía soportar la vergüenza y poner su fingida e hipócrita sonrisa de “no pasa nada”.

—¡Paty! —llamó Imelda al acercarse a ellos—. ¿Qué haces ahí parada? ¡Ponte a trabajar que ahí está llegando más gente! Usted, joven, no distraiga a la chica que puede meterla en un problema.

Gabriel posó su vista en Imelda, quien con gesto adusto, movió la cabeza en dirección a donde sus padres lo esperaban.

—Cuando termines aquí, haz algo, Paty —dijo Gabriel, aunque sin mirarla—. Busca el significado de estas flores.




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