Lazos

Capítulo 9

Después de dejar a los hermanos kalil en el jardín, Gabriel entró a la casa, con discreción. Su intención era salir a la calle sin que nadie lo viera en el estado en el que estaba, pero desafortunadamente, se encontró con Gemma.

—¡Gabriel! ¿Qué te ha sucedido? —lo cuestionó en cuanto lo vio.

—Nada, creí que ya se habían ido.

—No. Papá me mandó a buscarte para irnos ya. ¿Te peleaste?

—Claro que no. Mira, ve a donde están nuestros padres y diles que ya me fui. Intentaré salir sin que me vean.

—Sobre todo que no te vea yo, ¿verdad?

Los gemelos se volvieron a ver a Benjamín, quien con gesto agrio, se acercó a ellos. Ni siquiera preguntó por qué su hijo estaba en tan lamentable estado, porque en ese instante, hicieron su aparición los hermanos Kalil, los que también intentaban volver a sus habitaciones a escondidas porque no querían un molesto interrogatorio por parte de sus padres.

Entre dientes, Benjamín le dijo a Gabriel:

—Vuelve a la casa y espérame.

Ben tomó a Gema del brazo y volvió a donde el matrimonio Kalil y su esposa Cat los esperaban. Sólo ellos, la familia Monarquet y otra familia faltaban para marcharse, así que no mucho después, se despidieron de todos ellos. Recibieron de Imelda sus abrigos y salieron.

Afuera, Ben cruzó la calle a grandes pasos. Entró a su mansión en un silencio cargado con una ira que estremeció a las mujeres.

—Ben —habló Cat mientras seguían al hombre—. ¿Es que ha sucedido algo para que estés tan molesto?

En vez de responder a la mujer, Ben fue directo a la sala en donde lo esperaba su hijo.

—¡Gabriel! ¿Qué has hecho?

La sorpresa que se dibujó en Cat al ver el golpeado rostro de Gabriel, quedó corta al mirar de qué forma se iba Ben sobre el joven.

—¿Tienes siquiera una idea del ridículo que me hiciste pasar desde que llegamos a la fiesta? —vociferó el padre con el rostro transformado por la cólera—. ¡No sólo con la sirvienta esa, sino que te has peleado con esos muchachos!

Sin que le importara que su hijo ya estaba herido, le arrojó a la cara un violento puñetazo. Gabriel cayó sobre el sofá por el golpe, pero de inmediato, Ben lo levantó para arrojarlo al suelo y propinarle una fuerte patada en el abdomen.

—¡No sólo me avergonzaste, sino que además, me llevaste la contraria en todo! ¡Ahí está esa linda chica, Belén! ¿Por qué no pudiste mirarla a ella?

Otro puntapié se incrustó en las costillas derechas del joven y dos más en el estómago.

—¡Ben!

Alarmada, Cat se apresuró a su esposo para detenerlo, pero se detuvo de pronto cuando sintió un dolor en el pecho que la hizo jadear. Se encorvó cuando el dolor se hizo más intenso.

—¡Mamá! —gritó Gemma yendo a su lado—. ¿Qué tienes?

Cat la hizo a un lado, ignorando el hecho de que era la segunda vez que ese dolor la atacaba, pero a diferencia de la primera, en esa ocasión recorrió su brazo izquierdo.

—Nada, hazte a un lado.

En un esfuerzo, la mujer fue a pararse entre Benjamín y Gabriel.

—¡Ben, basta, por favor! —suplicó la madre en un hilo de voz—. ¡Deja de golpear a mi hijo!

Lleno de ira como estaba, Benjamín la apartó con un violento empujón. Cat trastabilló, pero se mantuvo en pie.

—¡Detén esto, por el amor de Dios! —gritó, mirando con horror a su esposo.

Pero el hombre siguió ensañándose con Gabriel, quien se había acurrucado para mitigar las patadas que le arrojaba su padre.

—¡Papá! —gritó Gemma, con voz rota por el llanto—. ¡Ya déjalo, papá!

Pero Benjamín Roid estaba ciego y sordo por el furor.

—¿Sabes en qué posición quedaré cuando los Kalil se enteren que peleaste con sus hijos? —vociferó Ben, sin dejar de azotar al chico—. ¿Y por quién fue, eh? !Fue por ella! ¿Te liaste a golpes con los Kalil por esa maldita sirvienta?

A pesar del dolor provocado por los golpes, Gabriel no lanzó ninguna queja. Soportó el ataque de su padre con valor. No importaba qué hiciera Ben, no lograría apartarlo de Patricia. Tendría que matarlo para conseguir su fin.

Y tal vez lo hubiera matado esa madrugada con su ataque, pero su madre, intercediendo de nuevo, se arrojó sobre el muchacho como si fuera un escudo. Ella se puso ante los pies de Ben, de modo que un pie le dio con fuerza en la espalda. Gimió de dolor, pero no se apartó.

Entonces Gabriel, sin poder soportar que su padre la golpeara, miró el pálido rostro de su madre y le suplicó:

—Mamá, déjame, apártate de mí.

A su vez, Ben gritó:

—¡Quítate, Cat! ¡Apártate o te doy otro!

Pero Cat no estuvo dispuesta a abandonar a Gabriel, así que el chico, viendo la firmeza de su madre, se levantó, aunque por un momento sintió que se desmayaba, pero controló el malestar y parándose enfrente de ella, le exigió a Ben:

—¡A mi madre no vuelves a ponerle un pie encima, padre! ¡Puedes matarme a mí a golpes, si quieres, pero a mi madre y a mi hermana, jamás!




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