Lazos

Capítulo 10

Patricia se levantó de la cama y buscó a Imelda, pero la mujer no estaba en la casa. Quizás había tenido que ir a la mansión por alguna urgencia de los Kalil, pero se le hizo extraño porque el intercomunicador era muy ruidoso y ella no lo había escuchado.

Fue al baño, tomó una rápida ducha y al vestirse, miró su atuendo. Lo mismo de siempre. ¿Acaso debía de ponerse ropa más formal por ser su cumpleaños número 18? No quiso, pues si a ella misma no le importaba su santo, menos —a excepción de su madre y de Julio—, a otra persona. Aunque de repente recordó a Dabir. Por sus palabras, él sí esperaba que pasara ese día para hacer lo que tuviera planeado. De nuevo, como venía haciéndo los últimos días, pensó en irse de la casa Kalil.

No se lo había dicho a su madre, pero aún si Imelda se opusiera, estaba convencida de que debía salir de esa casa.

Se dirigió a la cocina y antes de preparar el almuerzo que llevaría al instituto, le mandó a Gabriel un mensaje por el celular:

Statue: Estoy pensando muy en serio en irme de aquí.

No tardó en llegarle la contestación:

Gab R: ¿Qué? ¿A dónde? ¿Por qué? ¿Qué pasa?

Statue: Pasa que quiero irme lejos, muy, pero muy lejos. Si pudiéramos irnos tú y yo a dónde nadie nos encuentre.

Mientras preparaba su lonche, esperó una respuesta, pero no la hubo. Se sintió triste. Sus ojos se llenaron de lágrimas y si no las derramó fue porque por la ventana, le llegó la voz de Julio desde afuera.

—Imelda, ¿estás segura de que debes decirle?

—Sí, Julio, sabes muy bien que le hice esa promesa y hoy es el día para cumplirla.

—¿Pero qué caso tiene que lo sepa, amiga mía? Ella es más feliz así, creyendo que…

—¡No, Julio! Una promesa hay qué cumplirse.

Adentro de la casa, Paty se acercó a la ventana y sin dar muestra de su presencia, siguió escuchando con más claridad:

—¿Y qué tal si lo toma mal, Imelda?

—Si, siempre he tenido miedo de su reacción, quizá por eso no se lo dije en cuanto tuvo razón de ser, pero aún así, mi deber es decirle la verdad y más vale tarde que nunca, ¿verdad?

—Sé lo mucho que te angustiaste por la llegada de este día, pero todavía puedes pasar por alto esa promesa que en primer lugar no debiste hacer, Imelda, porque debimos entregarla en ese mismo instante.

La voz de Imelda se rompió al responder:

—¡Por favor, Julio, no me reproches de nuevo eso! Mira, gracias por guardar en tu habitación esta joya y también el que le hubieras conseguido este estuche. Este será el regalo más… lamentable que le daremos, ¿no es así?

—Y a pesar de eso, estás decidida a dárselo.

—Se lo daré aunque me cueste su cariño, ¿quieres estar presente?

—No, prefiero que no.

A patricia le había resultado extraña toda la conversación y cuando acudió presurosa a la puerta, sintió una horrible zozobra. Su madre había entrado, así que lo primero que la joven vio, fue su rostro transformado por la angustia y aunque la voz de Imelda no la demostró, para Paty no pasó por alto la aflicción de la mujer.

—¡Buenos días, hija! ¿Dormiste bien?

—¿A dónde fuiste, mamá?

—Ah, es que vino Julio a traerme esto.

Patricia enfocó su mirada en el estuche, pero sin decir más, Imelda pasó a su lado para dirigirse a la pequeña sala en donde se sentó en el sillón pequeño. Hasta entonces, Patricia notó su palidez y no fue sino hasta que la chica se paró delante de ella, que Imelda dijo:

—Este es tu regalo de cumpleaños, querida.

Le alargó la caja. Patricia la miró un instante y a punto estuvo de rechazarla, sin embargo, la tomó con manos temblorosas.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

La joven, sin poder controlar el temblor de los dedos, dudó en abrir aquello.

—Es hora de que conozcas la verdad, mi niña y sólo te pido que cuando lo sepas, no me odies por no ser lo que te hice creer que soy.

Fue al finalizar sus palabras, que las lágrimas de Imelda se desbordaron. Al verla, Patricia se sintió muy enternecida por su madre, así que se inclinó para abrazarla y no pudo evitar un nudo en la garganta.

—Por favor, mamá —dijo en un susurro—, no llores. Mira, si es por lo que hay en esta caja, no lo quiero. Sabes que no tienes que darme nada, ¿verdad que sí lo sabes, mamita?

Imelda se separó de su hija, absorbió el líquido nasal y secándose las lágrimas, ordenó en tono bajo:

—Te pertenece, así que abre ya esa caja o si no, lo haré yo.

Sin más remedio, Patricia levantó la tapa. Sus ojos se iluminaron ante la visión y perpleja, admiró un collar, el que tomó para examinarlo mejor. La joya era más hermosa que algunas de las que la señora Kalil tenía.

La cadena era de oro engarzada con diminutos brillantes. De la cadena colgaba un pequeño camafeo en forma de corazón, también de oro, coronado alrededor con piedras semejantes a las de la cadena, aunque más finas y a pesar del decorado, el collar no se veía extravagante, sino que había sido hecho con una refinación especial, que se apreciaba una delicada elegancia.




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