Patricia quedó muda ante su petición de matrimonio.
Lo miró incrédula e intentó pensar en una respuesta, pero su mente se había bloqueado.
Gabriel fue paciente, así que por algunos minutos, también guardó silencio, sin embargo, de reojo notó que ella estaba muy nerviosa, pues se estrujaba las manos en el regazo. Su vista iba de un lugar a otro, ya lo veía a él, ya miraba por la ventanilla o al frente.
Era la primera vez que la veía tan indecisa, ¿acaso ella no compartía sus sentimientos?
El muchacho había tomado la carretera. No llevaba un destino, sino que su único propósito era alejarse de la ciudad, lejos de su padre y de su guardaespaldas que habían hecho todo para quitarle su libertad.
—Patricia, es en serio —le aclaró después de un rato, pues ella ni siquiera había dicho nada al dejar la ciudad atrás—. Casémonos.
—Yo… Gabriel, no sé qué decir.
—No digas nada. Yo no quiero escuchar cosas como que somos muy jóvenes, la responsabilidad, la universidad y todo eso. También he cumplido los dieciocho, no soy un bebecito como un día me llamaste. ¡Sé lo que quiero! Te amo y deseo que seas mi esposa.
—Pero Gabriel, yo…
—Mira, Patricia, seré claro. Papá siempre va a estar en contra de nuestra relación y ha decidido que tengo que irme fuera de este país en cuanto me gradué. Quiere mandarme muy lejos, separarme de ti. Por eso, necesito casarme contigo. Ya. Hoy o mañana, lo más rápido posible.
La mirada de ella se oscureció ante el recuerdo del hombre. Benjamín Roid era un entrometido. Siempre haciendo sus vidas miserables. Ese delirio suyo de apartarlos arraigaba más su deseo de venganza, pero…, si bien había pensado vengarse de Ben utilizando a Gabriel, en ese momento se sintió ruin por aprovechar la oportunidad que él le estaba dando.
Pero no debía dudar. Ese podría ser el principio de su venganza, arrebatarle a su heredero. Además, aceptar ser la esposa del chico, la ponía en una mejor posición ante todos los enemigos que tenía en el instituto.
Podía imaginar toda la envidia de esas pobres y tontas ricas que, por mucho que se adornaran y se esmeraran, no habían conseguido una oportunidad como la de ella. Les haría probar la amargura de los celos y la envidia que le tendrían.
No obstante, pese a las ventajas que tendría, Patricia se sintió vacía y culpable. Miró a su compañero.
Se aclaró la garganta para poder decir con tristeza:
—Gabriel, ya sé que antes te dije que quería utilizarte para vengarme de tu padre, pero ya no quiero.
Porque así debía ser. No tenía que aceptar a Gabriel movida por la venganza, porque aunque le costara reconocerlo, se había enamorado de él.
Y era amor, completo, verdadero, no un tonto enamoramiento como el que había sentido por Ibrahim.
Nunca había sentido la dicha de estar al lado de alguien como la que sentía con Gabriel. Esos meses que no estuvieron juntos lo había extraño mucho y no bastaban los saludos discretos que intercambiaban cuando se veían de lejos, tampoco los breves mensajes que se mandaban.
—Paty, ¿me quieres?
Ella fue incapaz de negar sus sentimientos.
—Sí, te quiero y te he extrañado demasiado.
Pero a pesar de su confesión, siguió inmersa en la incertidumbre, porque no quería engañarlo y mucho menos hacerle daño. Por eso aclaró con firmeza:
—Te quiero, y aprecio a Gemma y a tu madre, pero odio a tu padre y estoy segura que aprovecharé para vengarme de él en cuanto pueda, más fácil para mí si me convierto en tu esposa. ¿De veras estás dispuesto a estar entre nosotros?
—Ya te lo dije un día, Paty. Haz lo que tengas qué hacer, No dejes que él nos siga separando. Además, te comprendo, porque yo mismo siento que lo detesto a veces. Mira, la verdad es que aunque a los dos nos disguste ese señor, eso no impide que nos queramos, ¿verdad? Acéptalo, nos amamos.
—Sí, pero yo…
—El único deseo de mi padre es separarnos, si no me aceptas, habrá ganado. ¿Lo dejarás ganar, Patricia?
Ella no quería que el desalmado ganara. ¡Claro que no!
—Papá no podrá impedir nuestro amor, Paty, así que, ¿estás dispuesta a todo?
Patricia lo miró y de pronto, la incertidumbre se fue. La ilusión transformó sus facciones y dijo:
—Sí, Gabriel, siendo las cosas tan claras entre nosotros, casémonos.
Gabriel no la miró, pero sonrió con entusiasmo y cuando aumentó la velocidad, Patricia miró el paisaje y fue entonces que preguntó:
—Por cierto, ¿a dónde es que vamos?
—Lejos, tal como tú lo dijiste.
La chica suspiró, luego habló mientras el rubor la cubría:
—Pero no llevamos equipaje, ni nada.
—Mira, yo traigo lo más importante: tú, mi cartera llena con todos los ahorros que tenía en casa y mi celular... El celular, ¡claro! Debemos tirarlos porque pueden localizarnos por medio de ellos.
De inmediato, sacó lo sacó y lo arrojó por la ventanilla.
#6145 en Novela romántica
amista incondicional y ayuda, drama -romance, amistad amor ilusion tristeza dolor
Editado: 30.08.2026