Patricia abrió los ojos.
Un sopor desacostumbrado la mantuvo en la cama, entre las tibias sábanas. Miró alrededor de la habitación. La luz del nuevo día entraba a través de las cortinas que colgaban de la ventana.
A su lado, Gabriel dormía plácidamente. Su respiración profunda era el indicio de que seguía siendo prisionero en las regiones de la inconsciencia.
Las mejillas de Patricia se tornaron rojas cuando recordó la noche pasada y la soñadora mirada se entrecerró al posarla en él. Con cuidado se puso de lado, levantándose un poco para apoyar su codo izquierdo sobre la almohada y colocar su mejilla en la mano, luego, su derecha pasó con suavidad por el desordenado cabello de él.
Suspiró, enternecida.
Jamás pensó que haría una cosa así, fugarse con alguien, pero al instante comprendió que él no era una persona cualquiera, sino que era Gabriel, un sujeto que le había demostrado que no todos en su mundo de élite eran iguales.
Había vivido odiando a los de su clase, pensando siempre lo peor de ellos. Sin embargo, Gabriel llegó para enseñarle que no debía juzgar a todos por igual a pesar de que a ella siempre la habían tratado personas llenas de egoísmo y prejuicio.
Y entonces, recordó también a otras personas que a ella le pareció eran como Gabriel: aquellos amigos del matrimonio Kalil, los Monarquet.
La señora Monarquet, por ejemplo, le presentó la diferencia que podía existir entre esa gente de alcurnia. El trato que le había dado esa noche de la fiesta, no sólo la había sorprendido, sino que fue cautivada al escuchar la conversación que la señora sostuvo con Benjamín Roid. Esa forma de defender sus ideales; su identidad sin intimidarse ni exaltarse, despertó su admiración por la mujer.
Sintió en ese instante un deseo enorme de conocer mejor a la Monarquet.
Por su parte, Gabriel despertó al sentir la mano de ella y de inmediato notó que estaba muy distraída.
—Buenos días —llamó su atención—. ¿Dormiste bien?
Patricia volvió de sus recuerdos y se ruborizó al encontrarse con la brillante mirada de él.
—Buenos días, sí, ¿y tú?
—Sí. ¿Se puede saber en qué piensas? De pronto te he sentido lejos.
Patricia, ruborizándose más, sonrió pícara.
—Mmm, ¿acaso temes que me esté arrepintiendo de lo que sucedió anoche?
—Quizás.
—No es nada de eso, Gabriel, sólo que de pronto recordé a aquella mujer de la fiesta, ¿cómo dijo que se llamaba? Angelina, creo.
—¡Ah, sí! Angelina Monarquet. Me encantó esa señora. Fue muy atrevida, ¿verdad? Y muy valiente al enfrentar a mi padre. ¿Qué pasa con ella?
—Nada, como dije, sólo la recordé y no te he contado, pero esa noche que te peleaste con los Kalil, me encontré con su cuñado y me dijo que si ella hubiera tenido oportunidad, me habría invitado a visitarla en Viñalinda.
—¡Oh, vaya! ¡Así que esa noche tuvimos como testigo a ese señor y nosotros, ni en cuenta!
—Sí, los Monarquet se portaron muy lindos conmigo. ¿No te gustaría ir ahí?
Gabriel frunció el ceño, pensativo, luego, levantándose de la cama, se vistió mientras decía:
—Podemos buscar en Internet dónde está esa ciudad. Si se encuentra lo suficientemente lejos de papá, podríamos ocultarnos ahí. Por lo que escuché en esa cena, es un lugar de viñedos, ¿no? Hasta podría trabajar en uno.
—Gabriel, ¿qué sabes tú de viñedos?
Él levantó la toalla que la noche anterior quedó en el suelo, y arrojándosela, dijo:
—¡Oye, que no soy un inútil! ¡Puedo aprender!
Patricia atrapó la toalla y respodió alegre:
—¡Así se habla! Yo voy a ayudarte en todo.
—Ya está, pues, ahora, vamos a desayunar que me muero de hambre.
Ilusionados por haber encontrado un posible destino, abandonaron la habitación y desayunaron en el mismo restaurante donde cenaron la noche anterior. De ahí, fueron a buscar una tienda de móviles para comprar uno, pero Patricia rechazó el que le ofreció Gabriel.
—Cuando ganemos dinero, lo compramos —fue todo lo que dijo.
A continuación, lo tomó de la mano y saliendo de la tienda, se dirigieron a la plaza en donde se sentaron en una banca.
—Por lo poco que he visto, es un pueblo muy bonito —comentó ella mirando que frente a ellos, estaba la Presidencia Municipal—. Además, la cocina es muy buena, me gustó mucho tanto la cena como el desayuno.
—Sí, de hecho, estos pueblos son los lugares más bonitos que hay en el país. Lo que no sé es si hay cámaras en las calles o en esta plaza. Mejor es que busque esa Viñalinda y nos dirijamos allá.
Gabriel utilizó el servicio de Internet que el aparato ofrecía y en el buscador puso el nombre de la ciudad.
—Pon empresa Romelí. Si no recuerdo mal, en la cena, el señor Monarquet menciono ese nombre —sugirió Paty cuando el buscador arrojó varias opciones.
Gabriel lo hizo y de inmediato apareció la compañía de vinos Romelí y su ubicación en un pequeño mapa, al que él le dio clic para explorarlo.
#6145 en Novela romántica
amista incondicional y ayuda, drama -romance, amistad amor ilusion tristeza dolor
Editado: 30.08.2026