Lazos

Capítulo 12

Patricia se despertó, sintiéndose confundida. Se incorporó para quedar sentada y miró a Gabriel que había saltado de la cama y se ponía los pantalones con rapidez.

Ella, lo único que alcanzó a hacer, fue cubrirse con las sábanas hasta el cuello antes de que tres hombres entraran al dormitorio.

Reconoció a Ciro Bermúdez, pero al otro sujeto no lo había visto nunca. Adelante de ellos, estaba Benjamín Roid. Su mirada oscurecida por la ira se clavó en la joven, así que Patricia levantó más la sábana hasta que sólo se le vieron los ojos, abiertos al máximo para enfrentar la siniestra figura que se acercó a la cama.

Se sintió arder por la vergüenza que le dio estar desnuda debajo de las mantas y no pudo evitar creer que la dura mirada de Ben podía verla a través de la tela. La impotencia por no poder levantarse para defenderse del odioso hombre, fue horrible.

Nada pudo hacer para impedir que Ben se detuviera a su lado, que levantara la mano derecha y la castigara con una fuerte bofetada que lastimó no sólo su mejilla, sino también parte de su labio superior que se abrió por el golpe.

—¡No, papá! —gritó Gabriel.

En el rostro del muchacho se notó la clara intensión de irse contra su padre para regresar la bofetada que le había dado a Patricia, pero los dos guardias que acompañaban a Ben, lo sujetaron por los brazos.

—¡Sáquenlo de aquí! —ordenó el amo—. Espérenme en el auto.

Los hombres arrastraron a Gabriel por la habitación para conducirlo a la puerta. De nada le sirvió al joven moverse frenético para soltarse, porque eran dos contra uno. Los sujetos eran corpulentos y adiestrados para vencer a cualquiera. Ben se rodeaba de lo mejor y otra vez eso le quedó demostrado a Gabriel al no lograr soltarse, así que entre forcejeos y amenazas, lo sacaron de la habitación.

—¡Maldito seas, Ben! —se escuchó a Gabriel desde el pasillo—. ¡Esto te va a costar caro! ¡Desde este momento dejas de ser mi padre! ¡Te odio!

Patricia permaneció en la cama, luchando por controlar el llanto. Encontrarse en una de las situaciones más deshonrosas, la obligó a sobreponerse de la sorpresa, la obligó a salir de la sorpresa, aunque el bochorno y la humillación produjeron un nudo en la garganta que le impidió decir algo. Sin embargo, cuando Ben sacó su cartera para degradarla mucho más, ya no pudo controlarse y gimió dolida.

—Aquí tienes —le dijo el hombre arrojando a su rostro un puño de billetes—, un pago por tus servicios. Has ayudado para que mi hijo crezca como hombre en este sentido. Ya era tiempo de que tuviera su primera experiencia. Espero que con esto, te des por bien pagada.

Patricia palideció por el insulto mientras las lágrimas brotaban.

Al encontrar los ojos de Ben, no logró ocultar su dolor, pero sí pudo hallar la voz para replicar con voz ahogada por la sábana que mantenía arriba:

—Métete tu dinero por donde te quepa, maldito, no soy una prostituta para…

—No, claro que no —la interrumpió Ben con todo su desprecio—. Eres peor que eso.

Sin agregar más, el hombre se dio la vuelta y se fue. Al salir del dormitorio, dejó la puerta abierta.

Al quedarse sola, Patricia dio rienda suelta al llanto y por medio de este, pudo calmar parte de su angustia, dolor y tristeza. El nudo atorado en su garganta se fue suavizando a medida que los sollozos se hacían menos fuertes.

Cubierto el rostro con la sábana, lloró sin consuelo y al fin, cuando consiguió esa medida de alivio, la rabia y la impotencia por no haber podido defenderse, tomaron el control haciéndola sentir un odio espantoso por aquel hombre que se había atrevido a rebajarla de esa manera tan atroz.

Y también se odió por llorar.

Entonces, una silenciosa figura se paró en el umbral de la puerta y unos ojos negros la miraron desde allí, pero la joven no se percató de ello hasta que una conocida voz pronunció su nombre.

—Patricia.

Se descubrió el rostro y con los ojos turbios e irritados por la lágrimas, miró a Dabir. Un nuevo bochorno la hizo ruborizar a la vez que la sorpresa por verlo ahí, la envolvía también.

—Vístete, Patricia —le ordenó él, sin emoción en la voz—. Te esperaré en el lobby.

Cerró la puerta antes de irse y Paty, sin dejar de sentirse asombrada por la presencia de Dabir, encontró las fuerzas para levantarse de la cama y vestirse con lentitud.

Al colocarse el collar, miró sobre el sillón la camisa de Gabriel, que no había alcanzado a ponerse. Los hombres se lo habían llevado a medio vestir.

¡Malditos!

¡Cuánto los odiaba!

Con manos trémulas, tomó la camisa. Enterró la nariz en la prenda y aspiró con fuerza, oliendo el aroma de su amor arrebatado. El dolor atenazó su corazón. Se sentó en la cama abrazando la tela con fuerza, como si así pudiera hacerlo presente.

—Gabriel, mi Gabriel, ¿por qué? ¿Qué daño hacemos con querernos?

Su voz, cargada de la mayor de las aflicciones, se oyó alta y las paredes de esa habitación no pudieron contener el sonido de los agudos sollozos que se presentaron otra vez. No importaba cuánto se odiara por las lágrimas, ellas no querían obedecerla y terminarse.




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