Imelda se ruborizó al ser descubierta por Dabir. La manera silenciosa de andar del joven la había tomado desprevenida.
—Lo siento, joven Dabir —murmuró, abochornada—. No acostumbro espiar así sus conversaciones.
—Ya qué, Imelda. ¿Escuchó todo?
Ella asintió, luego, él la condujo por el pasillo, retirándose así de la Biblioteca.
—Vaya a comunicárselo a su hija —le ordenó cuando se detuvieron—. De ella depende seguir aquí o no. Escuchó la condición de mis padres, así que si se queda, no podrá seguir estudiando.
—Perdone, joven, pero lo que están haciendo sus padres con mi hija, me parece muy injusto.
—Dejemos así el asunto, Imelda o de lo contrario, usted también corre el riesgo de irse de aquí.
Un gesto de disgusto transformó el simpático rostro de la mujer. Alzando el mentón, dijo:
—¡No me importa si por defender a mi hija, pierdo mi empleo, joven!
—No le digo que no la defienda, Imelda, sino que tenga paciencia. Algo habrá que yo pueda hacer que no perjudique más a su hija.
Imelda relajó su expresión, lo miró sorprendida y no pudo dejar de preguntar:
—¿Por qué, joven? ¿Por qué se preocupa así de Paty? Antes ni siquiera…
Dabir la interrumpió en tono frío.
—¡Basta! Mire, mejor es que dejemos atrás el pasado y concentrarnos en el presente, ¿no cree?
Imelda entrecerró la mirada, pensativa. Observó cautelosa a Dabir y cuando habló, su voz fue baja:
—En estos días he estado meditando en algo y ya que menciona usted el pasado, creo que es en el pasado donde mi hija puede encontrar ayuda y quizá su vida mejore.
Dabir la miró sin comprender sus palabras.
—¿Puedo confiar en usted?
—Puede hacerlo.
—¿Me promete que lo que le diga sólo quedará entre usted y yo?
Dabir estuvo a punto de perder la paciencia. Que Imelda desconfiara de su palabra hasta el punto de hacerlo hacer una promesa, le desagradó mucho.
Era cierto que ante los ojos de la mujer podía parecer una persona egoísta, altanera, calculadora y ventajosa, pues desde que tenía memoria, siempre se aprovechó de sus servicios sin darle ni siquiera las gracias, pero así como se despojó de su imagen para ir detrás de Patricia, también lo haría para cumplir con su palabra.
—Lo prometo.
—A nadie, pero a nadie debe decírselo, joven. ¿Lo jura?
Dabir se ofendió, así que le reclamó, helado:
—¿Es que no basta con esa promesa que ya hice?
Imelda suspiró, algo indecisa, pero luego, sujetándolo por el brazo, lo hizo caminar a su lado y no volvió a decir nada sino hasta que entraron a un pequeño salón.
—Disculpe por arrastrarlo así, pero esto que voy a decirle es muy delicado y no quiero que nadie más lo sepa, no por mí, sino por Patricia.
Dabir sometió su impaciencia y aguardó en silencio a que la mujer continuara.
—Escuche joven y si le digo esto es porque pienso que usted puede ayudarme a encontrar a una persona… ¡no! No me interrumpa por favor, sólo oiga. Verá, hace 18 años, a esta casa llegó una mujer, estaba a punto de dar a luz y aquí fue donde nació su criatura. Esa niña es Patricia. La mujer murió en el parto y yo le prometí en su lecho de muerte que cuidaría a su hija. Antes de morir, me reveló su nombre, Patricia, por eso le puse así a la pequeña, pero también mencionó otro nombre, Martín y a ese Martín quiero que usted me ayude a buscar. Creo que ese hombre es el padre de Paty.
De todo lo que Dabir había escuchado, sólo una idea resaltó en su mente.
—¿Me está diciendo que Patricia no es su hija?
Los ojos de Imelda se llenaron de lágrimas y no logró detenerlas cuando asintió. En tono trémulo, pidió:
—No tengo más detalles sobre esa persona y mucho menos del sujeto, sólo sus nombres.
—¿Y cómo cree usted que yo puedo encontrar a ese hombre, Imelda? Teniendo sólo el nombre, sin apellido, ni señas ni nada, es muy difícil, además, ¿cómo puede ayudar a Patricia el encontrarlo? ¡Sabrá Dios que clase de persona sea!
—¡No diga eso, joven! Mire, por un collar que parece valer una fortuna y que le dio a la niña antes de morir, creo que esa mujer pertenecía a la alta sociedad.
Dabir suspiró, inconforme. Su voz fue dura al hablar.
—Seguro que era una ladrona. Robaría el collar en alguna de las casas en las que trabajó.
Imelda lo miró molesta al responder:
—¡Pero qué manía la de ustedes de calificar a las personas por lo peor! ¡Está bien, olvide lo que le acabo de decir! Nunca nos ha ayudado en realidad y me arrepiento por haber pensado que ahora lo haría. Iba a darle las gracias por traer de vuelta a mi hija, pero no lo haré porque sólo Dios sabe cuáles son sus verdaderas intenciones. Ahora, con su permiso, tengo mucho qué hacer.
Sin siquiera reclamar a la mujer por hablarle así, Dabir la miró salir, luego, él también se retiró del salón y fue a su cuarto.
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Editado: 30.08.2026