Lazos

Capítulo 14

Aunque Dabir sí se opuso a llevarla con él a la infructuosa búsqueda de aquellas personas, al final, Patricia se le pegó como sanguijuela.

—¿A qué hora te invité a subir a mi auto? —la cuestionó él cuando, sin dejarlo en paz, se subió al vehículo.

—Voy a ir contigo a buscar a esa gente, ya te lo dije, y desde el momento en que tú mismo me subiste a la fuerza a este coche, quedé invitada para subir cuando yo quiera.

Dabir le lanzó una mirada hosca. En otro tiempo la hubiera sacado de mala manera, pero ya no era ese tiempo, así que sin decir otra cosa, encendió el auto y se dirigieron al siguiente domicilio en la lista. Ya había visitado muchos, pero nadie reconoció el rostro dibujado en la hoja.

Ese día tampoco hubo resultados, ni los días que siguieron. Gradualmente, los domicilios se redujeron y la esperanza que Patricia tuvo, también aminoró, pues no encontraron personas que les dieran alguna pista, ni siquiera al mostrar ella misma la fotografía del collar.

—Es imposible —susurró Paty una tarde que se dirigían al último domicilio programado para ese día—. Nadie parece conocer a esta mujer.

Dabir no dijo nada. En especial, él estaba convencido de que la búsqueda no llevaría a ningún lado. En algún momento pensó que la mujer que buscaban no era originaria de esa ciudad, que había llegado de alguna otra. Buscar por toda la República era aún más difícil, además, también se le había ocurrido que la difunta ni siquiera se llamaba Patricia Martín. Si era sincero, estaba por renunciar a la búsqueda cuando Paty se empeñó en acompañarlo.

—Dabir —dijo Patricia, reservada—. ¿Por qué no contrataste un detective para que hiciera esto?

—¿Insinúas que yo no lo estoy haciendo bien?

Ella lo miró, curiosa.

—No es eso, sino que me sorprende que estés invirtiendo tus vacaciones en algo que no debería importarte.

Dabir siguió mirando al frente al responder, frío:

—Tienes razón, hay cosas más interesantes y divertidas para hacer, pero culpa a tu madre por no hacer lo que hago cada año, como ir a visitar a mi familia paterna, por ejemplo —no añadió que sus padres e Ibrahim tampoco habían ido de vacaciones como cada año porque él se negó a ir. Sus padres no quisieron dejarlo solo... no mientras Patricia estuviera tan cerca.

Sus padres temían el interés que él de pronto mostró por Patricia.

—Mi madre no… —comenzó a decir Paty, pero él la interrumpió:

—¡Claro que sí! Hubiera sido mejor si no me hubiera revelado este secreto y es también porque le prometí a ella de no contárselo a nadie, que no contraté a ningún detective. A pesar de lo que piensas de mí, no soy un monstruo. Sé cumplir con mis promesas. ¡Y basta ya! Bien sabes cuánto odio que se me interrogue o se cuestionen mis acciones.

Patricia le lanzó una mirada breve y luego se mantuvo en silencio. Así llegaron a la dirección.

Dabir estacionó el auto enfrente de la casa y descendieron, callados.

La residencia tenía un pequeño jardín y una cochera que estaban rodeados por una valla que no era muy alta. Era una casa muy bonita y una puerta daba acceso a la propiedad, así que Dabir la empujó y entró, con Patricia detrás, recorriendo un angosto camino de piedras grandes y planas que sobresalían del verde pasto.

Él pulsó el timbre que, situado en el marco de la puerta, permitía a las visitas anunciarse.

En el interior se escucharon uno apresurados pasos y luego, la puerta se abrió dejando ver a un niño de unos ocho años, mas casi de inmediato, la voz de una mujer se oyó, acercándose por el pasillo.

—¡Jorge! ¿Qué te dije de no abrir así la puerta?

La mujer llegó a la puerta y hizo a un lado al chico que los miraba con curiosidad. Ella miró primero a Patricia que se había puesto al lado de Dabir y luego lo miró a él, después preguntó, intrigada:

—¿Qué desean?

—Disculpe que lleguemos así —dijo él sin matiz en la voz—. Me llamo Dabir y ella es Patricia. Estamos buscando a una persona que...

—Disculpe, señora —lo interrumpió Patricia e impaciente, le mostró la fotografía del guardapelo—. Estamos buscando a alguien que conozca a esta mujer. Ella era mi madre.

La expresión de la mujer mostró sorpresa al ver la foto. Levantó la vista para enfocarla en Paty, incrédula.

—Por favor, pasen —los invitó y haciéndose a un lado, les permitió entrar.

Adentro, ella los condujo por un pasillo a una pequeña sala mientras les decía su nombre.

—También me llamo Patricia, como mi madre, pero pueden decirme Patri, si gustan. —Se volvió a su hijo—: Jorge, ve al patio a jugar, yo te llamo cuando me desocupe, ¿sí?

—Sí, mamá.

El niño los dejó, entre tanto, el corazón de Paty se había desenfrenado y palpitaba con fuerza. Con un trémulo, miró a Dabir, quien no pudo calmar la ansiedad de la chica.

En la sala, la mujer los invitó a mirar una fotografía que, junto con otras, adornaban una de las paredes. Vieron a dos mujeres de pie, una de ellas mayor que la otra y en medio de ellas, pero al frente y sentada en una silla, una chica que miraba con seriedad la cámara.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.