Alessia
Kael se dio la vuelta y se marchó. No quise quedarme en silencio. Sabía que Kael no tenía nada que ver con las desapariciones. Me sentí presionada por un momento y no respondí, pero yo confiaba en él. Al menos, sabía que Kael era incapaz de hacer algo semejante.
Miré a Lucien por última vez. La pelea que tuvieron fue innecesaria. Me molestaba que Kael hubiera revisado mis cosas y me hubiera seguido hasta aquí, pero ahora tenía que disculparme con él antes de que todo empeorara.
Lucien se equivocaba al decir algo tan horrible sobre Kael. Sé que él no lo hizo por ser una mala persona. Lucien no era malo. Cometió errores, pero no lo convertía en mala persona. Intentó protegerme de Kael porque desconfiaba de él. Lucien tenía razón en una cosa: nadie conocía nada de Kael. Se unió a la manada hace un tiempo y ha sido la mano derecha de mi hermano, pero no sabíamos sobre su pasado. Solo sé que sus padres y él se mudaron aquí porque Kael consiguió entrar en la manada de James.
Caminé detrás de Kael.
—¡Kael, espera! —pedí, pero él no se detuvo.
Lo herí al quedarme en silencio. Vi la decepción en sus ojos.
—Kael, por favor, lo siento.
—Sube al auto, Alessia —ordenó.
Kael me abrió la puerta y esperó a que me subiera. Estaba enojado y me asustaba, pero aun así fue caballeroso y me abrió la puerta. Pero eso no significaba nada. Kael quería matarme por desconfiar de él.
Admito que dudé un segundo, pero fue un error.
Me quedé de pie mirándolo a los ojos. Kael tenía el entrecejo fruncido y me desnudaba con la mirada. Me sentí pequeña frente a él y su manera de verme. Me sentí regañada.
Apreté los labios y no dije nada más. Kael no tenía paciencia para escucharme.
Se subió al auto conmigo, se abrochó el cinturón y comenzó a conducir. Me senté tensa.
Kael no pronunció una palabra más en todo el camino de regreso a casa. El silencio dentro del automóvil era tan tenso que casi se podía cortar con un cuchillo. Yo tampoco hablé. No sabía qué decir. Cualquier cosa que dijera solo avivaría su enojo. Sus manos se aferraban con fuerza al volante, sus nudillos estaban blancos. Su mandíbula seguía apretada, como si estuviera conteniéndose para no explotar. Él tenía mucho para decirme, pero se contenía.
El silencio me estaba matando.
Yo entendía por qué estaba molesto, pero él no entendía mi punto de vista. No podía evitar sentirme frustrada por su actitud controladora. No era su prisionera. Era su esposa por conveniencia, pero eso no le daba derecho a decidir con quién podía o no podía hablar. Tampoco quería darle explicaciones sobre si me veía con Lucien o no. Quedamos en que nuestra relación era por conveniencia. No nos ataba el amor real. No teníamos que reclamarnos nada.
Sin embargo, parte de mí sabía que había cometido un error. Fui imprudente al salir de casa sola, y peor aún, al no avisarle. Sabía que Kael solo quería protegerme y no quería que Lucien me lastimara, pero su forma de hacerlo me hacía sentir asfixiada.
El silencio me ensordecía.
Mamá me llamó por teléfono, pero decidí ignorar la llamada. Sin embargo, mamá insistió dos veces más. Apagué el teléfono.
—Kael, no tienes derecho a estar tan enojado conmigo —solté finalmente, rompiendo el silencio de una vez por todas.
Kael soltó una risa sarcástica, pero no apartó la vista del camino. Lo miré. Sabía que era el comienzo de una pelea. No estaba acostumbrada a pelear con él, pero los últimos días nuestras personalidades y formas de pensar habían chocado.
—¿No tengo derecho? —su voz era dura, fría—. Alessia, saliste en medio de la noche, en medio de una maldita guerra, para encontrarte con tu ex. Un hombre que, por cierto, me acusó de ser un secuestrador y un asesino. Y lo peor es que dudaste de mí. ¿Cómo quieres que no esté enojado? Discúlpame si me siento incómodo o enojado. Tienes razón, no tengo derecho —dijo sarcásticamente.
Me removí incómoda en el asiento. No quería admitirlo, pero tenía razón en muchas cosas.
—Yo… no dudé de ti —murmuré, pero mi voz no sonó tan firme como esperaba.
Kael giró bruscamente el volante y detuvo el auto de golpe al llegar a la entrada de nuestra casa. Se volvió hacia mí con el ceño fruncido.
—¿Ah, no? Entonces dime, Alessia. Cuando Lucien me acusó, ¿por qué te quedaste callada? —Sus ojos me perforaron, esperando una respuesta que no tenía.
Fue un momento de estupidez.
Aparté la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. Yo sabía que Kael no era capaz de hacer algo así, pero por un segundo… solo por un segundo, la duda había cruzado mi mente. Y él lo había notado.
—No quería pelear —susurré, sintiéndome pequeña ante su mirada severa.
—Pues ahora estamos peleando —respondió con dureza.
Sacudió la cabeza y salió del auto sin decir nada más.
Salí del auto de inmediato.
—Kael, por favor, no quiero pelear.
—¿Crees que yo tengo ganas de pelear, Alessia? Fuiste a encontrarte con Lucien. Lo que haces es patético.
Me enojé.
—Espera un segundo, Kael. Entiendo que estés furioso porque dudé un segundo de ti, pero no puedes juzgarme por lo que hago con mi vida. Yo no te juzgo por lo que tú haces con la tuya. Todo el tiempo te acuestas con mujeres y no me entrometo. El pacto fue que nos mantendríamos a raya de la vida del otro. Sin explicaciones. ¿Por qué te pones así?
—Entiendo cuál fue el trato y tú puedes hacer lo que quieras. Pero no con Lucien. No con ese idiota que te lastimó. ¿No lo entiendes? Es patético lo que haces. Él te envía una carta y tú sales corriendo a verlo como una... —se detuvo.
Supe que algo doloroso iba a salir de su boca, pero Kael se contuvo.
Pensó dos veces sus palabras y optó por no decir nada más. Pero yo quería saber qué quería decir.
—¿Cómo qué, Kael? Dime.
—Nada, Alessia. Olvídalo —se dio la vuelta para caminar hasta la entrada.
Pero lo tomé del brazo y lo detuve.