Lazos De Mentira

Capítulo dieciseis

Alessia

No podía creer que estuviera frente a mí, tan campante, como si nada hubiera pasado. Como si no me hubiera dejado en un infierno de incertidumbre por días. Kael no tenía derecho a pedirme que me quedara a un lado después de pasar tres días preocupada por ellos. No soportaría estar así otra vez.

Yo sabía que pronto él tenía que irse a otra misión. Esto no acabaría hasta que los malos acabaran con todos nosotros o nosotros con ellos. Conocía a mi hermano y yo sabía que él no se detendría hasta averiguar quién era la persona detrás de todo esto. Kael era la mano derecha de mi hermano. Aunque mi hermano no confiaba en Kael como su cuñado, sé que confiaba en él para liderar grupos de la manada.

Sentí que el enojo me consumía desde dentro, haciéndome hervir la sangre. Kael me había hecho pasar por la peor angustia de mi vida y ni siquiera parecía entender la gravedad de lo que había hecho. ¿Mantenerme alejada? Sé que él tenía razón y era peligroso. Su rostro permanecía neutral, como si mis gritos fueran solo ruido de fondo, como si yo no tuviera derecho a reclamarle por desaparecer sin dejar rastro.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —le solté con la voz quebrada—. ¿Vas a pedirme que me mantenga alejada de todo esto y ni siquiera pareces arrepentido por haber desaparecido por días? ¿Disfrutaste de ver mis llamadas? ¿Te alimenta tu ego, Kael?

No iba a llorar. No iba a darle ese placer. Pero mis ojos ya ardían, traicionándome.

Kael suspiró, pasando una mano por su cabello despeinado. Se veía cansado, sí, pero yo estaba agotada. De esperar, de preocuparme, de imaginar los peores escenarios. Cansada de llamar una y otra vez y de no pegar ojo en toda la noche.

—No tenía opción —dijo simplemente.

—¡Claro que tenías opción! ¡Podrías haberme llamado! ¡Un solo mensaje, Kael! ¡Uno solo! —grité con rabia—. Es peligroso, pero quiero ir contigo y James la próxima vez.

Él me miró fijamente, sus ojos oscuros como pozos sin fondo. Su expresión permanecía imperturbable, pero algo en su mirada se endureció. Negó como si estuviera loca.

—No podía. No quise ponerte en peligro. Y ni se te ocurra que irás a ningún lado.

Su voz era firme, pero no bastaba para calmar mi tormenta interna.

—Eso es una excusa —susurré, con el nudo en la garganta creciendo.

Kael apretó los labios.

—Lo siento, Alessia.

No me lo creí. Sus disculpas sonaban vacías, sin peso. Él no entendía. No podía entender. ¿Qué iba a resolver sus disculpas?

Ni siquiera yo sabía que quería tanto a Kael hasta que desapareció y no llamó en días. La arrogancia de Kael no lo dejaba verlo. Me hizo sufrir.

Me levanté y di un paso atrás, pero mi cuerpo temblaba. No de miedo, sino de pura frustración. Mi pecho subía y bajaba con rapidez, la respiración agitada por la ira. Sentía que me faltaba el aire, que mi corazón iba a estallar.

Y entonces, sin poder evitarlo, las lágrimas cayeron. Corrí hasta la habitación para que Kael no comentara nada de ellas. Pero sé que me vio. Lo noté.

Kael pareció sorprenderse al verlas. Su postura rígida se relajó apenas un poco, como si por fin estuviera viendo el daño que había causado.

Alessia… —dijo en un tono más bajo, casi con cautela. Noté de reojo que se levantó del sofá para seguirme.

Me odié por llorar frente a él, pero ya no podía contenerlo. El miedo, la rabia, la impotencia, todo salió en forma de sollozos silenciosos.

Kael suspiró pisándome los talones en las escaleras.

—Déjame tranquila, Kael —le ordené con la voz rota. Sentí vergüenza.

—No hagas eso —murmuró, tomándome por los brazos con suavidad, pero me zafé de su agarre—. No quiero que llores.

—No puedo evitarlo —dije entre dientes, con la voz temblorosa—. ¿No quieres que llore? Casi te planeo un funeral con todos los pensamientos catastróficos que tuve.

No quería su consuelo, pero su calor me envolvió de inmediato. Sus brazos me sujetaron con fuerza desde atrás para que no me moviera. Kael me mantuvo prisionera de sus brazos y pataleé. Su proximidad era sofocante, pero también reconfortante. Era lo único que había querido en los últimos días: saber que estaba bien, sentirlo cerca.

Nosotros no nos abrazábamos, pero tampoco me di cuenta de lo mucho que necesitaba un abrazo de Kael hasta que él me lo dio.

—Estoy aquí —dijo, y su tono sonó más sincero que antes—. Estoy aquí, Alessia. Estoy vivo, no me pasó nada. Estoy aquí —repitió otra vez.

Algo en mi interior se rompió.

Y sin pensarlo, me aferré a él.

Kael me estrechó entre sus brazos, y su abrazo fue lo único que impidió que me desmoronara completamente. Me sostuvo con fuerza, dejando que me refugiara en su pecho. Podía escuchar los latidos de su corazón, fuertes y constantes, recordándome que estaba vivo.

Mis lágrimas empaparon su piel, pero él no se apartó. En cambio, deslizó sus manos por mi espalda, acariciándola con lentitud.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, enredados el uno con el otro, pero la tensión entre nosotros comenzó a cambiar. Ya no era solo angustia o enojo lo que nos envolvía, sino algo más denso, algo que nos atraía con una fuerza imparable.

Sentí su aliento contra mi cabello, cálido y tentador. Sus dedos trazaron líneas invisibles en mi piel, haciendo que mi respiración se volviera errática.

Me di la vuelta, levanté la cabeza y encontré su mirada. Sus ojos estaban cargados de algo que reconocí de inmediato. Deseo.

Un deseo que reflejaba el mío. No podía contenerme. Sabía que él notaba lo que había dentro de mí.

Kael… —murmuré, sin saber exactamente qué iba a decir.




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