Sophia
No sé en qué momento de la noche me quedé dormida, pero recordé lo cansada que me sentía. El sol me golpeó de lleno en la cara cuando abrí los ojos y tardé unos segundos en recordar dónde estaba. O, mejor dicho, con quién estaba. Bright dormía a mi lado, su respiración tranquila, su brazo aún enredado alrededor de mi cintura como si no quisiera soltarme. Me sentí atrapada y quise huir.
Me sentí agobiada emocionalmente. Esto no debió pasar. No otra vez. Juré que nunca volveríamos a hacer esto. No sé en qué estaba pensando. Directamente no vuelto a pensar.
Apenas si pude moverme sin despertarlo, pero cada pequeño gesto suyo me provocaba una mezcla de sensaciones que no lograba descifrar. No era culpa suya, lo sabía. No había hecho nada más que ser él. Pero yo… yo no podía ignorar lo que había pasado anoche.
Me levanté con cuidado, recogiendo la ropa del suelo y vistiéndome en silencio. No quería despertarlo. No quería enfrentarlo ni enfrentar el peso de mis malas decisiones. Yo no soy una persona que tenga sexo sin amor. Es la segunda vez que lo he hecho y la sensación de cometer un error es la misma que la otra vez.
Para Bright esto era común. Para mí no.
Ni siquiera sabía por qué me sentía así. Habíamos estado juntos antes. No era la primera vez. Pero esta vez fue distinto. Fue real. Y no porque fuera un acto más íntimo o porque nos hubiéramos dejado llevar, sino porque fue un reflejo de lo que de verdad estaba sintiendo. Sentí algo, algo que no quería aceptar, porque no estaba bien. No estaba segura de qué sentía por Bright, pero tenía miedo de encontrarme de frente con el sentimiento.
Yo no quería sentir nada por él y me encargaría de ocultarlo y matar lo que me pasaba por dentro. Bright era un tipo sin ataduras. Teníamos un pacto que no podíamos romper.
Me encerré en el baño y me miré al espejo. El reflejo me devolvió una versión de mí misma que no reconocía. Mi rostro estaba cansado, mi cabello desordenado y mi expresión era la de alguien que había cometido un error.
Me lavé la cara, intentando que el agua helada apagara las sensaciones que me quemaban por dentro.
Pero no funcionó.
Cuando salí del baño, Bright ya estaba despierto, recostado contra la cabecera, sin camiseta, y con la mirada fija en mí. Me tensé de inmediato.
—Buenos días —dijo con una suavidad que me descolocó. Pero no le respondí. Solo asentí y me metí en el vestidor a buscar ropa. Supe que me estaba observando. Lo sentía, podía sentir el peso de su mirada sobre mí.
Sé que él quería que yo dijera algo, pero no sabía qué decirle. Tragué saliva, deseando que dejara de mirarme.
El silencio era insoportable.
Salí de la habitación después de cambiarme. No quería estar a solas con él. Era demasiado incómodo. Bright no dijo nada.
Me mantuve distante todo el día. Era lo mejor. Aún no sabía cómo enfrentarlo. Apenas le hablé, no quise desayunar con él y, cuando intentó quedarse conmigo, me excusé diciendo que tenía trabajo atrasado. Bright me observaba desde la puerta, sin atreverse a dar un paso más dentro de la oficina.
Estaba incómodo.
Y yo también.
Él lo notaba y no sé por qué tardaba tanto en decirme algo. Pero no quería hablar ahora. No estaba lista. El día se sentía demasiado pesado para una conversación de ese tipo. Lo mejor era fingir que nada había pasado, pero necesitaba que él me mirara con la misma actitud despreocupada de siempre.
No quería hablar de lo que pasó anoche. No sabía cómo hacerlo sin sentirme vulnerable. Sin sentir que estaba traicionando a alguien.
A Dante.
La culpa me devoraba. Aunque Dante no estaba, aunque él me había dejado, no podía evitar sentir que había cruzado una línea de la que no sabía si podría volver. Le estaba fallando a ese sentimiento.
Dante me dijo que aún seguía amándome. Dijo que lo que hizo fue por su deber, pero que me amaba. Siempre tuve ojos para él y para ninguna otra persona. Dante es el único hombre que me había tocado en la vida. Pero Bright rompió eso.
Cuando llegó la tarde, me encontré con que no podía seguir esquivando a Bright.
Me esperaba en la sala, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y la expresión seria. Su postura me decía que ya no pensaba dejarme evitarlo más.
—Sophia, tenemos que hablar —dijo con firmeza.
Tragué saliva.
—No ahora, Bright —intenté pasar de largo, pero él se interpuso—. Tengo cosas que hacer, ¿de acuerdo? En otro momento hablaremos —mentí, intentando pasar por su lado para meterme en la biblioteca de casa.
Pero Bright me tomó del brazo y no me dejó pasar. Abrió la puerta de la biblioteca, se metió dentro y tiró de mí para encerrarme allí.
—Sí, ahora —insistió, alzando la voz lo justo para que no pudiera ignorarlo.
—¿Qué estás haciendo, Bright?
—Has estado evitándome todo el día. No me mires y me digas que no ha pasado nada.
Mi corazón se aceleró.
—No ha pasado nada —mentí.
Bright apretó los dientes y me sostuvo la mirada. Por primera vez, noté que estaba herido.
—¿Nada? —repitió con incredulidad—. ¿Después de lo de anoche me vas a decir que no ha pasado nada?
Aparté la mirada. No podía mirarlo.
Él me conocía más de lo que esperaba.
—No quiero hablar de eso —susurré—. No es importante.
Bright retrocedió un paso, como si le hubiera dado una bofetada. Se quedó en silencio como si mis palabras lo hubieran lastimado.
Diablos. ¿Por qué rayos me miraba así?
A él no le gustaba hablar de las chicas con quien ha estado una noche y han sido descartadas. Bright no tenía por qué entablar una conversación sobre esto. ¿Por qué no simplemente se quedaba en su programación habitual y fingía conmigo?
—¿De verdad? ¿Así de fácil? ¿Lo vas a enterrar y ya?
No pude responder. No supe qué decir. Y supe que Bright lo notó.
Él bajó la mirada al suelo, frotándose la nuca con nerviosismo. Parecía luchar consigo mismo. Pero al final solo asintió, visiblemente frustrado.