Lazos De Mentira

Capítulo diecinueve

Alessa

Kael retrocedió un paso. Noté el dolor en sus ojos y no entendía qué rayos estaba pasando. ¿Por qué le dolía? ¿Por qué me decía que lo de anoche significó algo para él? ¿Qué quería de mí? Nosotros no éramos buenos juntos y no íbamos a ser nunca. Sentí algo, fue minúsculo, pero no lo amaba. No amaba a Kael.

Mi mente solo traía a Lucien. Él era en quien pensaba.

Me encantó lo que hicimos anoche. Lo disfruté. Pero al terminar de hacerlo, la realidad me golpeó. Ni siquiera necesité que llegara la mañana siguiente para darme cuenta de que cometí un error.

—¿Y lo dices solo porque sientes culpa por Lucien? —preguntó con dureza—. Porque si es así, dilo de una vez.

Lo miré, horrorizada.

—No menciones a Lucien —le advertí, dolida.

—Tienes que enfrentarlo, Alessa —su voz se quebró ligeramente—. Ya no está. Tú lo dijiste. Pero sigues atada a él como si no tuvieras derecho a seguir adelante. No puedes estar toda la vida penando un amor que claramente ya no existe. A él no le importas y no importa lo que Lucien te haya dicho. No es cierto. Él juega contigo como ha jugado toda la vida. Conozco la historia porque mi hermano me la ha contado. Fuiste su juguete y él pretende que seas su juguete de nuevo. No es justo para ti misma. Aferrarte a este amor no te llevará a ningún lado. Y yo... —se detuvo, tragando saliva—. Yo no soy él. Pero tampoco soy alguien que puedas usar y luego tirar cuando te sientas culpable.

Mis labios temblaron. No podía respirar.

Kael dio un paso atrás, frustrado. Pasó una mano por su cabello, exasperado.

—No te pido que me ames, Alessa —añadió con la voz más baja—. Pero al menos sé honesta conmigo. No me castigues por lo que siento.

Mi corazón se partió en mil pedazos. No sabía qué responderle. Ni siquiera estaba segura de qué sentía. Era una mezcla de dolor, culpa, miedo y... algo más. Algo que me negaba a aceptar. Nosotros no éramos buenos juntos. Nos llevábamos bien, pero Kael nunca debió sentir algo por mí. Ni siquiera lo más mínimo.

Kael acababa de decirme que sentía algo por mí, pero no sabía exactamente qué era.

—No puedo... —musité, bajando la mirada.

—Está bien —dijo él al cabo de unos segundos, derrotado—. No te presionaré. Pero, por favor, no me vuelvas a dejar al margen como hoy. No puedo con eso.

Me quedé en silencio. No podía prometerle eso. Ni siquiera podía prometerme a mí misma que sabría qué hacer mañana. Me limité a asentir muy levemente, sin atreverme a mirarlo de nuevo.

Kael soltó un suspiro cansado y salió de la habitación, cerrando la puerta con suavidad. Sabía que se marchó herido de la habitación. Él esperaba algo más de mí. Buscó una respuesta de mi parte que no pude darle.

Me derrumbé en la cama, sin contener las lágrimas. Me sentía atrapada. Entre Lucien, entre Kael, entre la familia, entre todo.

Y, peor aún, no sabía cuánto más podría sostenerme sin romperme por completo.

La tensión en la casa era insoportable. Después de la discusión con Kael, sentí la necesidad de salir corriendo de la casa. Él no se quedó a dormir conmigo en la habitación. Me dejó sola. Escuché la puerta de la habitación de al lado cerrándose. Kael optó por usar el cuarto de huéspedes para descansar esta noche.

Sus palabras seguían retumbando en mi cabeza, una y otra vez, como un eco molesto del que no podía deshacerme. Había estado evitándolo, pero él tampoco hizo nada para arreglarlo. Solo esperó a que explotara, y lo hizo de la peor manera. Yo no quería pelear con él. De alguna manera, hemos creado distancia entre nosotros y era jodidamente incómodo. No estaba acostumbrada a sentirme así con él porque mi relación con Kael siempre fue fácil. Ese fue el pacto al casarnos. No habría ningún sentimiento de por medio. No lo acordamos, pero creo que estaba de más decir que no tenía que pasar nada entre nosotros dos. Ni siquiera sexo.

No podía dormir. Me removí en la cama, mirando el techo con frustración. Sabía que Kael estaba en la habitación de al lado, probablemente igual de despierto que yo. El problema era que no sabía qué hacer. Hablar con él no era una opción; todavía estaba molesta por lo que dijo en la cena. Pero también me sentía culpable. Sabía que lo estaba lastimando con mi silencio, pero no podía obligarme a hablar de algo para lo que no estaba lista. No quería forzarme.

Miré su lado de la cama. Hace un par de noches no hemos dormido juntos por su misión. Anoche me quedé dormida y no pensé en su presencia, pero al despertar todo cambió. La cama se sentía vacía. Me acostumbré a tenerlo durmiendo a mi lado. De alguna manera, él se volvió mi compañero. Esto no estaba bien. Esta relación era tóxica para mi salud mental.

¿En qué momento todo se volvió más complicado?

Cerré los ojos e intenté respirar profundamente. Mañana sería otro día. Mañana lo enfrentaría.

Desperté temprano para desayunar. Deseé que Kael no estuviera allí. Pensé que tendría fuerzas para hablar con él hoy, pero me levanté sin energía.

Cuando bajé a la cocina en la mañana, Kael ya estaba allí. Se veía cansado, con el cabello desordenado y una expresión de fastidio que intentaba disimular mientras bebía su café. No me miró cuando entré, y yo tampoco lo hice. Tomé una taza y me serví café en silencio.

El silencio se alargó entre nosotros. Sentía su presencia como una carga pesada sobre mis hombros. Finalmente, fui yo quien rompió el silencio. No podía estar así todo el tiempo. Intenté tranquilizar el ambiente.

—Voy a salir hoy —dije, sin mirarlo.

Kael dejó su taza en la mesa con un golpe seco.

—¿Y yo? ¿También me vas a seguir evitando hoy? —reclamó.

Apreté los labios. Él no iba a dejar pasar esto.

—No te estoy evitando —No pude mirarlo.

Kael soltó una risa sarcástica.

—¿Ah, no? Porque parecía que lo hacías desde que despertaste y huiste de tu habitación como si hubieras cometido un crimen. Tú no te despiertas a esta hora, Alessa. Despertaste temprano para desayunar y marcharte antes de que yo me despertara.




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