Alessa
Habían pasado dos días desde que Kael y yo no nos dirigíamos la palabra. El silencio entre nosotros se sentía como un muro infranqueable, pesado y sofocante. No dormíamos en la misma cama. Él se quedaba en su habitación y yo en la mía. En la nuestra, en realidad. Pero, al parecer, ahora era mía nada más.
Me dolía el pecho cada vez que lo veía pasar por la casa sin siquiera mirarme. Era como si yo no existiera, como si de alguna manera él hubiese decidido que yo ya no era parte de su mundo. Y, aunque al principio intenté hacerme la fuerte, ya no podía más. No soportaba el silencio, no soportaba la frialdad con la que me trataba.
¿Por qué me castigaba así? Teníamos un trato y él precisamente no lo estaba cumpliendo.
Al diablo lo que hicimos esa noche. Sé que tenía peso lo que pasó. Sé que sentí algo, pero le pedí que lo olvidara. Lo de Lucien no fue mi culpa. Él se presentó en mi casa y yo no le debía ninguna explicación a Kael. Él no tenía derecho a enojarse. Nunca me he enojado por ninguna de sus amantes, así que él debía comportarse de la misma manera, pero su orgullo no lo dejaba.
Él sabía que yo tenía razón, pero se comportaba como un obsesivo celoso.
Esa noche, después de cenar en completo mutismo, me armé de valor y lo enfrenté. Le di otra noche libre a las mucamas con la excusa de que necesitaba estar a solas con mi marido. No podía seguir ignorando lo que estaba ocurriendo entre nosotros y él y yo teníamos que hablar tranquilos.
—Kael, tenemos que hablar —dije con voz firme, pero él ni siquiera levantó la mirada de su plato.
—No hay nada que hablar —respondió con frialdad, cortando la carne con una precisión meticulosa.
Respiré hondo, tratando de mantener la calma. Sabía que estaba molesto, pero no podía permitir que esto continuara así.
—Por favor, no podemos seguir así. Me estás castigando con tu silencio y ya no lo soporto —insistí.
Kael dejó los cubiertos sobre la mesa con un ruido seco y alzó la vista. Sus ojos oscuros brillaban con ira contenida.
—Es lo que tú pretendiste hacer conmigo hace un par de días después de aquella noche que no significó nada para ti.
Arrugué los labios. Tenía tanto para decirle, pero la impotencia adormeció mi lengua.
—¿No puedes soportarlo? ¿De verdad, Alessa? Porque yo tampoco soporto lo que hiciste —soltó con dureza.
Me quedé en blanco por un momento. ¿A qué se refería exactamente? ¿A que Lucien había estado en la casa? ¿A que sospechaba que le había dicho la verdad sobre nuestro matrimonio? Porque últimamente todo lo que yo hacía estaba mal para Kael.
—¿De qué hablas? —pregunté, intentando mantener la compostura.
—Lucien. Tu querido Lucien estuvo en nuestra casa, trayéndote flores, hablándote como si aún significara algo para ti. Y lo peor de todo es que ahora sabe la verdad sobre nosotros. ¿Qué le dijiste, Alessa? —exigió saber.
Las flores... Miré las flores en el jarrón. No las puse yo. Las encontró la mucama al otro día y las colocó en agua pensando que fue un regalo de Kael. Kael miró las flores, tratando de contener la ira.
Negué rápidamente con la cabeza, sintiéndome sofocada.
—No le dije nada. No sé cómo lo sospecha, pero yo no se lo dije, te lo juro. No traicionaría nuestro acuerdo —intenté explicar, pero Kael no parecía convencido—. No me conviene hacerlo.
Él se levantó de la mesa de golpe, empujando la silla con fuerza. Caminó alrededor de la sala con las manos en la cintura, respirando pesadamente.
—¿Esperas que te crea? Lo dejaste entrar, Alessa. Le permitiste estar aquí, en nuestra casa, como si tuviera derecho a hacerlo —espetó—. No me trates como un idiota. Te conviene que él sepa la verdad de nosotros para poder estar con él. Realmente no tienes una atadura conmigo y quieres que Lucien lo sepa para poder revolcarte.
Las palabras me lastimaron. Kael me estaba acusando como si yo hubiese hecho algo terrible.
Abrí la boca indignada y me levanté de la mesa, mirándolo.
—No lo invité. Él simplemente apareció. Y no es como si yo pudiera echarlo a la fuerza —respondí, sintiendo un nudo formarse en mi garganta—. Yo no hice nada malo. No le dije nada a Lucien. ¡Pude hacerlo y no lo hice! Te estás pasando de la raya, Kael. ¿Quién te crees que eres?
—Claro que podías. Pero no lo hiciste, ¿verdad? Porque, en el fondo, sigues sintiendo algo por él —su voz estaba cargada de resentimiento—. No es amor lo que sientes, Alessa. Es obsesión. Estás obsesionada con aferrarte al pasado. ¡Es momento de que lo superes!
Golpeé la mesa con las palmas de mis manos.
Sus palabras me hicieron sentir como si me hubieran dado un golpe en el estómago. ¿Era eso lo que pensaba de mí? ¿Que lo mío era una obsesión? Apreté los puños y lo miré con dolor.
—No tienes derecho a decir eso —susurré, sintiendo que mis ojos se llenaban de lágrimas—. ¡Tú no tienes idea de lo que es amar! ¡He crecido junto a Lucien! ¡No es fácil olvidarse de quien amas!
Kael dejó escapar una risa sin humor.
—¿No tengo derecho? ¿Y qué hay de lo que yo siento, Alessa? ¿Qué hay de mí? Estoy aquí, contigo, fingiendo un matrimonio, protegiéndote, y tú… tú dejas que tu exnovio entre a nuestra casa y te haga preguntas que ni siquiera puedes responder —sus palabras fueron como cuchillas clavándose en mi piel.
Las lágrimas escaparon de mis ojos antes de que pudiera detenerlas. No quería llorar delante de él, pero era imposible contener la angustia que sentía. Me sentía frágil ante su mirada penetrante.
—No es así… —intenté decir entre sollozos, pero él negó con la cabeza y pasó una mano por su rostro, visiblemente frustrado.
Kael me miró por última vez antes de dejar su comida sin terminar en la mesa. Se levantó, se giró sobre sus talones y dirigirse a la puerta. Peleábamos como si fuésemos una pareja de verdad.
—Necesito aire —fue lo único que dijo antes de salir y cerrar la puerta con fuerza.