Kael
Convivir con ella se sentía como convivir con el enemigo. Había tanto peso en mis hombros. Tanto trabajo del que tenía que ocuparme para mantener a salvo a la manada. James me dio la responsabilidad de cuidar a todos como su mano derecha, pero yo no podía dejar de pensar en su hermana y ni siquiera entendía el por qué.
Sin embargo, los pensamientos y las emociones me acechaban todo el tiempo. Necesitaba un respiro de ellas.
Habían pasado tres días desde aquella discusión en la que Alessa me miró como si yo fuera el peor ser sobre la faz de la tierra. Tres días desde que la obligué a presenciar mi pequeña venganza, trayendo a otra mujer a la casa, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. No lo hice porque realmente quisiera estar con alguien más. Lo hice porque quería verla arder de celos. Porque necesitaba que sintiera un poco de la rabia que yo sentía desde aquella maldita noche en la que la encontré con Lucien. Necesitaba que probara el sabor de su propia medicina.
Si ella dejó entrar a Lucien a nuestra casa, yo también podía traer a una mujer en su presencia. Quería que Alessa viera que no era difícil para mí olvidarme de lo que sentía por ella.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de ella con él en nuestra casa me atormentaba. Las flores en el jarrón, la forma en que Lucien la miraba, su maldita presencia dentro de mi hogar. No podía sacarme de la cabeza la idea de que ella le había dicho la verdad sobre nuestro matrimonio. Alessa lo negaba, pero yo no le creía nada.
¿Por qué no lo haría? Seguro se lo confesó para tenerlo cerca, para hacerle creer que todo lo nuestro no era real y que todavía podía estar con él. Ella quería verse disponible para él. Eso era lo que más me jodía. La idea de que lo hubiera hecho a propósito, de que quisiera asegurarse de que Lucien supiera que no había nada entre nosotros.
Pero sí había algo. Para mí había.
Maldita sea, claro que lo había. Me estaba volviendo loco porque no podía sacarla de mi mente, porque cada vez que la miraba, sentía esa jodida punzada en el pecho. Me costaba respirar cuando la veía cruzar una habitación y evitaba mirarme. Me dolía que me ignorara, pero, al mismo tiempo, me negaba a ceder.
No podía mirarla a la cara. No podía porque me había enamorado de ella.
Y eso lo arruinaba todo.
¿En qué diablos estaba pensando? ¿Cómo no lo vi venir antes? Tendría que haberme resguardado. Mi corazón fue tomado de imprevisto y arrastrado por un sentimiento que no creí capaz de conocer algún día. Nunca creí que me enamoraría de alguien. Siempre pensé que era algo estúpido. Me gustaba vivir sin ataduras, pero esa vida dejó de tener sentido desde que ella y yo nos casamos.
Nunca debió haber pasado. Nunca debí haber dejado que se metiera bajo mi piel, pero lo hizo. Y ahora la sola idea de perderla, de que estuviera con otro, de que Lucien pudiera tocarla... Me envenenaba.
Por eso la lastimé. Porque yo también estaba jodidamente herido. Porque no sabía qué hacer con todo esto que sentía.
Recordé la noche en que llamé a Camille. Una antigua amante, alguien a quien conocía desde hace años. Nunca hubo nada serio. Sabía que Alessa no la reaccionaría, pero que le dolería. Necesitaba verla quebrarse, necesitaba ver que esto también le importaba. Pero cuando la vi subir las escaleras sin decir una sola palabra, cuando vi la manera en que sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, supe que me había pasado. La llené de ira e impotencia y supe que me estaba comportando como un idiota. La eché de la sala y Alessa subió a nuestro cuarto y se encerró, mientras yo fingía pasarla bien con Camille.
Pero no la estaba pasando bien. Quería ir a hablar con Alessa. Ella colocó música y no volvió a salir de la habitación. Me moría por verla. Pero me moría más por arrancar el sentimiento que tenía hacia ella.
No la toqué a Camille esa noche. Camille creyó que tendría algo conmigo, pero cuando intentó besarme, la aparté. No estaba ansioso de estar con alguien. Ni siquiera había deseo en mí. Nunca me había pasado esto por nadie. Pero, al parecer, mi cuerpo solo tenía la necesidad de sentir a Alessa.
La última vez que estuvimos juntos me creó un vacío en el pecho. Esa noche me sentí tan conectado con ella. La reclamé con fuerza. La reclamé como mía. Pero Alessa me rechazó e intentó ignorarme. Nada ha vuelto a ser lo mismo desde aquella vez, pero no podía arrepentirme. Me daba miedo perder a Alessa, pero no podía borrar esa noche. Fue especial.
Me quedé solo en la sala, con una botella de whisky y la maldita certeza de que lo que había hecho no me había traído ningún alivio. Tuve que echar a Camille porque no me sentía de humor.
Ahora, tres días después, el ambiente entre nosotros era insoportable. Alessa ni siquiera me dirigía la palabra. Ni una sola mirada, ni un solo gesto. Nada. Se había convertido en un fantasma en la casa, y yo, en un maldito idiota que no sabía cómo arreglarlo.
La culpa me carcomía. Sé que hice mal en hacerle daño. No actué como un hombre y solo le di a Alessa más razones para creer que yo no tenía corazón.
Me pasé la mano por el cabello, frustrado. No podía seguir así. Tenía que hacer algo. Tenía que hablar con ella.
Respiré hondo y me dirigí a su habitación. Antes era nuestra, pero hace días dejé de dormir allí. Ahora la habitación de Alessa, pues ella había sacado gran parte de mis cosas y las dejó en mi habitación.
Golpeé la puerta, pero no hubo respuesta. Sabía que estaba allí. Podía sentir su presencia, como si su sola existencia jalara de la mía de una manera que no comprendía.
—Alessa, abre la puerta. Tenemos que hablar —solté, tragándome mi orgullo.
Todavía había rencor dentro de mí. Yo no me olvidaba de lo que pasó entre Lucien y ella y cómo los encontré juntos en mi casa. Pero necesitaba hablar o me volvería loco. La distancia era una tortura.
Silencio.