Kael
El ambiente en la casa seguía siendo un infierno. Necesitaba cambiar la energía entre nosotros. Las mucamas ya empezaban a sospechar que algo malo ocurría entre nosotros y sé que llevaría el cuento a los padres de Alessa y a los míos. Si ella y yo no teníamos cuidado, nos descubrirían o nos acecharían para averiguar el motivo de nuestro distanciamiento.
Pero Alessa y yo apenas nos dirigíamos la palabra, y cuando lo hacíamos, era con monosílabos fríos y distantes. Había intentado hablar con ella después de nuestra última discusión, pero cada intento terminaba en lo mismo: ella cerrándose y yo acumulando más frustración. No sabía cómo arreglarlo, pero lo que sí sabía era que no podía seguir así.
Alessa quería terminar conmigo. Quería acabar con la farsa de nuestro matrimonio. Hace meses no me habría importado mucho, pero hoy tenía la urgencia de evitar que ocurriera. No volvimos a tocar el tema hace días, pero la actitud de Alessa me daba a entender que ella no cambiaría de opinión. La ansiedad me estaba comiendo por dentro y necesitaba arreglarlo pronto.
Cuando James sugirió que la manada saliera a distraerse un rato, no pensé que fuera una mala idea. Las manadas se reunirían en un bar cerca de casa y pensé que sería bueno para olvidarme de todo. Tal vez el alcohol me ayudaría a calmar la tormenta dentro de mí. Lo que no esperaba era que Alessa también fuera a unirse. Ni que la simple idea de verla en ese ambiente me pusiera los nervios de punta. Pensé que ella no querría dar la cara frente a las personas y preferiría quedarse. Estuve a punto de ordenar a unos hombres que cuidaran mi casa y la cuidaran a ella.
El bar estaba lleno de lobos de la manada y algunas caras conocidas del pueblo. La música sonaba fuerte, la risa de los presentes llenaba el lugar y el olor a alcohol impregnaba el aire. Desde el momento en que entramos, Alessa y yo tomamos caminos distintos. Llegamos como una pareja, pero nos distanciamos como desconocidos. Yo me quedé con James y algunos más, intentando concentrarme en la conversación y en la cerveza fría entre mis dedos. Pero mi atención estaba en ella.
Alessa se veía increíble. Vestía un vestido negro ajustado que resaltaba cada curva de su cuerpo. Su cabello estaba suelto, cayendo en ondas suaves por su espalda, y cuando sonreía, todo en mí se tensaba. Porque esa sonrisa no era para mí.
Vi cuando un tipo se le acercó. No todos aquí eran parte de las manadas que asistieron. Al principio, intenté no reaccionar. Se suponía que no me importaba. Pero cuando él se inclinó un poco más cerca y Alessa rio suavemente por algo que dijo, mi mandíbula se tensó con fuerza. Ella estaba coqueteando con un tipo en mis narices y las de los demás. La gente hablaría pronto.
—Kael, deja de quemarla con la mirada —bromeó James, dándome un codazo—. Vas a hacer que el pobre chico salga corriendo. Solo están hablando.
—¿Hablando? —gruñí, sin apartar la vista—. Él le está coqueteando. Eso no es hablar.
—Alessa no le está prestando tanta atención como creer. Está siendo amable, pero no le interesa. Alessa no es de las personas que se acuestan con alguien una noche y sigue con su vida. Mucho menos ahora que está casada contigo.
Yo tenía una opinión diferente. Ella y yo comenzamos nuestra historia con una noche de pasión sin amor de promedio. Estábamos casados, unidos por un papel, pero todo era un acuerdo.
Mi paciencia se agotó cuando el tipo puso una mano en la cintura de Alessa, inclinándose para decirle algo más en el oído. Mi control se rompió. No iba a permitirlo. No en mi cara ni frente a nadie.
Reaccioné impulsivamente, pero me di cuenta de que eso no ayudaría a mi relación con Alessa. Acabaríamos discutiendo como siempre y ella me echaría en cara nuestro estúpido pacto. Si hubiese sabido que sentiría algo por ella, jamás me habría casado con Alessa. Prefería ser expulsado de la manada antes que sentir algo por ella. Sentir era incómodo. Me desgarraba el corazón.
Esperé a que Alessa se alejara al baño. Aproveché ese momento y me acerqué al tipo, colocándome a su lado. Él me miró con algo de sorpresa, pero no me inmuté.
—No te acerques más a ella —dije en un tono lo suficientemente bajo para que solo él me escuchara.
Lo amenacé con la mirada. No teníamos mucho tiempo antes de que ella regresara y quería que el tipo se esfumara del bar.
El tipo frunció el ceño.
—¿Perdón?
Apoyé una mano en su hombro y le sonreí de manera calculada. —Escúchame bien. No quiero volver a verte cerca de Alessa. Ni hoy, ni nunca.
—¿Y quién diablos eres tú para decirme eso? —respondió con arrogancia.
Mis dedos se apretaron en su hombro con una fuerza que hizo que su expresión cambiara de inmediato. Mi sonrisa se mantuvo.
—Soy la persona que puede hacer que desaparezcas de este bar en menos de un minuto sin que nadie se dé cuenta —susurré, sin perder la calma—. Esa mujer es mi esposa y no querrás probar qué tan en serio hablo.
El chico tragó saliva y apartó la vista. Yo solté su hombro y di un paso atrás justo cuando Alessa regresaba. Me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué ocurre?
Me encogí de hombros. —Solo estaba charlando con tu nuevo amigo.
El tipo murmuró una excusa y desapareció. Alessa me miró con sospecha, pero no dijo nada. Volvió a su mesa y yo regresé a la mía, sintiendo una satisfacción oscura en mi interior.
Justo cuando tomaba otro trago de mi cerveza, sentí una presencia a mi lado. Lucien.
Mi humor, que ya era malo, se volvió aún peor.
—No esperaba verte aquí —solté con frialdad.
Lucien se encogió de hombros.
—En realidad, sabía que vendrías, pero no esperaba que te me acercaras. ¿Qué quieres?
—Una de las manadas organizó la reunión. No todas las manadas nos llevamos bien, pero tenemos una misión y problema en común, así que no podía faltar. Soy un alfa. Pero no pensé que te molestaría tanto.