Alessa
Nunca había tardado tanto en elegir qué ponerme para una cita. Después de acomodar mi agenda para tener una cita con Lucien tuve que revisar mi armario para ver qué vestido colocarme.
Estaba nerviosa por la cita y que alguien conocido me viera junto a Lucien en la cena. Mi divorcio con Kael aún estaba tramitándose y nadie sabía que nos separamos. Todavía no estaba lista para enfrentar a mis padres y a James, pero sabía que pronto tendría que hacerlo.
Me sentía como una adolescente frente al espejo, probándome vestidos, quitándomelos, cambiando de peinado, aplicándome el perfume y luego cambiando de opinión. Era ridículo. Había salido muchas veces antes, incluso con Lucien, pero esta noche era diferente. No sabía si era porque por fin estábamos intentando algo real o porque… una parte de mí seguía dolida por la imagen de Kael con aquella mujer en su oficina. Mi mente era un caos anlucien. Me volvería loca.
Sacudí la cabeza. No. Esta noche no era para pensar en Kael. Me lo prometí a mí misma. Era tiempo de avanzar. Era para estar con Lucien. Él se lo había ganado. Se había quedado cuando todos se fueron. Me había buscado incluso cuando no debía. Había dejado a su esposa. ¿Qué más podía pedir?
Bueno, no la dejó aún. Todavía vivían en la misma casa, pero el matrimonio con ella no funcionaba y pronto tendrían la conversación de divorciarse.
Cuando Lucien me recogió, me miró con esa sonrisa suya que siempre lograba tranquilizarme. Llevaba una camisa negra ajustada, elegante sin exagerar, y su aroma me envolvió al subir al auto. Me sentí segura. Cómoda.
—Te ves hermosa —dijo, sin apartar los ojos de mí. Su mirada depredadora me ponía nerviosa, pero él no tenía miedo en demostrar lo que sentía.
—Gracias —respondí con una pequeña sonrisa—. Tú también te ves bien.
Durante el trayecto hablamos de cosas simples. Música, series, lugares a los que queríamos ir. Me gustaba que no forzara la conversación. Todo fluía con naturalidad, como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros.
El restaurante al que me llevó era uno de esos lugares con luces tenues, manteles blancos impecables y un suave murmullo de conversaciones que le daban una atmósfera íntima. Era romántico, elegante y perfecto para un reencuentro como el nuestro. Me repetí a mí misma que no era tiempo de pensar en nadie ni nada más.
He deseado esto por mucho tiempo y nadie tenía que arruinarme el momento.
—Reservé con tiempo —me dijo mientras nos guiaban a nuestra mesa—. Quería que fuera especial.
—Lo es —le aseguré, y por un momento me sentí feliz de verdad.
La conversación siguió tan fluida como en el coche. Lucien hablaba con sinceridad, me contaba cómo había sido su proceso para dejar a su esposa, las discusiones, las dudas… No me ocultaba nada. Eso me gustaba. Esa honestidad me hacía sentir que tal vez sí teníamos una oportunidad.
—Sé que me equivoqué antes, Alessa. Y no espero que confíes en mí de inmediato. Pero quiero hacer esto bien. Contigo. —Sus ojos se clavaron en los míos—. Quiero recuperar lo que perdimos. Gracias por aceptar venir a verme hoy. Me hacía ilusión tener una cena contigo como en los viejos tiempos y sé que este es un restaurante al que siempre quisiste visitar y no tuve tiempo de traerte.
Mi corazón dio un vuelco. Quería creerle. Y una parte de mí ya lo hacía. Pero la otra se aferraba al miedo. La voz de Kael y sus palabras desalentadoras resonaban en mi mente.
Tomamos vino, reímos, recordamos viejos tiempos. Lucien tomó mi mano por encima de la mesa y la sostuvo con fuerza, como si necesitara reafirmar su promesa. Sentí un cosquilleo recorrerme los dedos. No sabía si era nostalgia, deseo o esperanza. Quizás todo junto.
Pero entonces, cuando me incliné hacia él para preguntarle algo más, algo cambió.
Mi mirada, sin querer, se deslizó hacia una de las mesas del fondo. Y mi corazón se detuvo.
Kael.
Allí estaba, sentado con una mujer. No era la misma de la oficina, aunque igual de hermosa. De cabello corto, lacio, una sonrisa encantadora y un vestido rojo que no pasaba desapercibido. Ella reía con soltura mientras él la observaba con atención. Incluso se inclinó para decirle algo al oído.
No sé por qué lo sentí como una traición.
Me forcé a apartar la mirada y volví a ver a Lucien, quien notó mi incomodidad.
—¿Todo bien?
—Sí… —mentí—. Solo pensé haber visto a alguien conocido.
—¿Alguien importante?
—No, nadie importante —respondí rápido, bajando la mirada a mi copa.
Lucien no insistió, pero noté que sus dedos acariciaron los míos, como si intentara reconectarme con el momento. Lo aprecié. Pero mi mente ya estaba dividida. No podía ignorar lo que pasaba. Ver aquella escena provocaba algo extraño en mi interior.
Tomé vino para ahogar el sentimiento desgarrador en mi pecho.
Durante el resto de la cena, me obligué a mantener la sonrisa, a centrarme en Lucien, en nuestra conversación, en los planes para el futuro que comenzábamos a esbozar. Pero cada tanto, mis ojos volvían a buscar a Kael. Él no me había visto. O eso parecía. Estaba demasiado ocupado con su cita.
¿Quién era ella? No sabía que Kael llevaba a sus amantes a cenar. Pensé que él era básico y se veía con ellas exclusivamente para tener contacto de piel con piel. Pero el hecho de verlo cenar con alguien más... me molestaba.
Terminamos el postre, Lucien pagó la cuenta, y salimos del restaurante. La noche estaba fresca, agradable, con una brisa que aliviaba el calor que tenía en el pecho. Caminamos hasta su coche en silencio, y me sorprendió lo mucho que agradecí ese silencio. No porque estuviera incómoda, sino porque me dio tiempo para ordenar mis pensamientos.
Durante el trayecto de regreso, Lucien tomó mi mano de nuevo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo de pronto. Tuve la sensación de que sería una pregunta seria, pero acepté.