Lazos De Mentira

Capítulo veintinueve

Kael

La rabia me llegó de golpe, como una bofetada que no vi venir. De todos los lugares a los que pudieron ir, ¿tuvieron que elegir el mismo restaurante al que vine con mi cita?

Parecía apropósito.

No fue cuando la vi con Lucien en el restaurante. No fue cuando reía bajito con él, con esa risa que solía ser mía. No. Fue cuando se inclinó hacia él y le tomó la mano sobre la mesa, como si hubiera rehecho su vida sin pensarlo dos veces. Como si yo nunca hubiera existido. El divorcio para ella era casi un hecho y se notaba que yo no le importaba en lo más mínimo. Su amor por Lucien seguía intacto y lo prefería a él por encima de mí.

Y ahí estaba yo, sentado frente a una mujer que decía cosas lindas, que tenía la sonrisa perfecta, el vestido adecuado, la actitud correcta. Todo en ella era impecable. Pero no era Alessa. Ni se acercaba. No se sentí igual y sabía que no me haría sentir de la misma forma nunca.

Me repetí —como tantas veces antes— que necesitaba avanzar. Que tenía que dejar atrás los errores, las noches que pasamos juntos, los silencios incómodos, el rechazo. Que Alessa me había dejado claro, de todas las formas posibles, que lo nuestro no iba a ninguna parte. ¿Pero por qué me costaba tanto aceptarlo? ¿Por qué me permití sentir algo por ella?

Así que estaba ahí. Saliendo con alguien más. Buscando sentir algo. Lo que fuera. Necesitaba adormecer el sentimiento dentro de mi pecho que me ahogaba.

—¿Kael? —la voz de Carolina me sacó de mis pensamientos. Esa era la chica. La del vestido rojo, la sonrisa amable. Me gustaba su voz, era suave. Pero no lograba retener mi atención por más de un par de segundos.

Mucho menos con Alessa tan cerca de mí y coqueteando con Lucien.

—Perdón —respondí rápido, esbozando una sonrisa forzada—. Estaba distraído.

—¿Todo bien? —preguntó ella, ladeando la cabeza.

Mentí. La chica estaba interesada en mí y no quería ser grosero con ella.

—Sí. Claro.

Pero por dentro estaba lejos, en otra mesa, observando cada movimiento de Alessa, cada gesto, cada sonrisa que no era para mí. Quería odiarla por eso. Por estar bien. Por parecer feliz. Por haber pasado página mientras yo todavía estaba atrapado en la última.

En el coche de regreso, Carolina hablaba de sus planes para el fin de semana. Yo asentía en los momentos correctos, pero no escuchaba. Cada palabra me sonaba lejana. Como si viniera desde el fondo de un túnel. La única imagen en mi mente era el rostro de Alessa. Estaba harto de pensar en ella, pero no podía dejar de hacerlo.

Cuando llegamos frente a casa, no pude evitar frenar al verlos. Alessa y Lucien, parados en la entrada. Demasiado cerca. Él le tocaba la cara. Ella sonreía. Y entonces me vio.

Apreté el volante del auto con fuerza. Mis puños se volvieron blancos. Odiaba verlo cerca de ella.

Nuestros ojos se encontraron por una fracción de segundo. Y fue suficiente para que mi pecho se encogiera.

Carolina me miró, extrañada.

—¿Todo bien?

—Sí —mentí de nuevo—. Solo vi a alguien que conozco.

Era ridículo lo mucho que dolía. Ella no era mía. Nunca lo fue del todo. Pero verla ahí, tan cerca de otro hombre, me revolvía el estómago. Tenía ganas de vomitar. ¿Qué rayos ha hecho Alessa conmigo? ¿Qué tenía que no podía olvidarme de ella?

Me bajé con calma, fingiendo tranquilidad, pero cada paso que di hacia la puerta de mi casa fue una tortura. Me detuve frente a ella. A Alessa. No sabía qué iba a decir. Solo sabía que necesitaba hablarle. Escuchar su voz. Confirmar que seguía siendo real.

—Parece que tu cita salió bien —le solté, sin pensar.

—Tú también parecías pasarlo bien —me respondió con esa voz suave que todavía me desarma.

Estaba hermosa. Incluso más que antes. Quizá por eso dolía más.

—¿Quién era ella? —preguntó. Fingió indiferencia, pero noté el filo detrás de la pregunta.

No iba a mentirle.

—Estoy intentando encontrar el amor —dije, como quien confiesa algo que no quiere admitir ni frente al espejo—. Sentar cabeza con alguien que pueda… hacerme sentir algo real.

Vi cómo bajaba la mirada. Quise arrepentirme en ese instante. No porque no fuera cierto. Lo era. Pero no quería herirla. No más de lo que ya lo había hecho.

La verdad es que Carolina era maravillosa. Educada. Amable. Intensa cuando quería serlo. Pero no había chispa. No había fuego. Todo lo que compartíamos era correcto. Y vacío.

Con Alessa era todo lo contrario. Caótico, impredecible, a veces doloroso. Pero siempre real. Tan real que me dolía el pecho. Tan real que quería arrancarme el corazón de inmediato.

La vi entrar a su casa sin decir más. Me quedé ahí, parado en medio de la noche, viendo cómo cerraba la puerta. Como si esa puerta también se cerrara para mí.

Esa madrugada no dormí.

Me quedé en el sofá, con la televisión encendida, pero sin prestar atención. Pensaba en ella. En cómo me miró. En cómo me respondió. En cómo se alejó.

¿La había perdido?

¿En qué momento dejé que otro ocupara mi lugar? ¿En qué momento me ablandé y permití que los sentimientos entraran en mí? De haberlo sabido, nunca habría dejado que esto pasara.

El problema no era Lucien. Ni siquiera me caía mal. El problema era que él parecía saber lo que quería, y yo no. Él no dudaba. Yo sí. Él estaba con ella ahora. Yo la había dejado ir.

Y me dolía. Me dolía verla en brazos de otro. Me dolía no poder tocarla. Me dolía que ella ya no me buscara. No preguntara por mí. No se preocupara.

Me dolía pensar que quizá, para ella, yo ya no significaba nada.

Y eso… eso me mataba.

Porque por más que intentara encontrar el amor en otra parte, por más que saliera con otras mujeres, por más que fingiera avanzar…

La verdad era que yo seguía enamorado de Alessa.

Y no tenía idea de cómo olvidarla.

Me despedí de él con un saludo de mano y salí de su Audi con la cabeza hecha un lío.




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