Alessa
Sabía que algo iba mal apenas crucé la puerta de la casa de mis padres. La llamada de mi madre para que fuera junto con Kael a discutir un asunto importante me ponía nerviosa.
El tono de mamá fue preocupante. Sabía que algo ocurría y no podía escapar de ello. Me costó pedirle a Kael que viniera conmigo, pues casi no cruzábamos palabras, pero él aceptó.
El silencio fue demasiado espeso, y sus miradas, demasiado largas. Mi madre se levantó del sillón apenas me vio, pero no vino a abrazarme como solía hacerlo. Mi padre permaneció sentado, con el rostro tenso y la mandíbula apretada, como si estuviera conteniendo una avalancha. Y lo peor fue ver a Kael allí, parado junto a la ventana, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Estaba serio. Frío. Casi distante.
Kael simplemente esperaba que alguien hablara. Él no tenía ganas de estar allí y tenía una evidente tormenta mental. Me gustaría saber en qué estaba pensando y qué ocurría para que estuviera tan serio. Probablemente no le agradaba la idea de estar aquí conmigo. No sé por qué aceptó acompañarme si ya no tenía la obligación de hacerlo.
Me invadió una sensación de pánico.
—¿Qué está pasando? Están todos muy callados —pregunté, dejando mi bolso sobre la mesa y jugando nerviosamente con mis dedos.
—Tenemos que hablar —dijo mi madre. Su voz era baja, pero firme. Sentí un vacío en el estómago.
Mi padre se levantó y tomó un sobre de la mesa. Lo abrió con calma, como si se estuviera preparando para una ejecución. Me tendió una hoja de papel doblada.
Su mirada se clavó a la mía. Había algo contra mí. Pude sentirlo en mis huesos.
—¿Puedes explicarnos esto?
Tomé el papel con manos temblorosas y lo abrí.
La imagen me golpeó como un puñetazo directo al pecho.
Mierda... Esta no era la forma en la que ellos tenían que enterarse.
Era una foto de Lucien y de mí, besándonos frente a la puerta de mi casa. El ángulo era perfecto. Demasiado perfecto. Como si alguien nos hubiera estado vigilando. Sentí que me faltaba el aire.
Levanté la mirada, atónita. Todos me observaban. Mi madre, decepcionada. Mi padre, herido. Kael, inexpresivo. Como si no le importara. Kael miraba la fotografía desde su lugar. Me pregunté si mis padres tenían información sobre lo que Kael estuvo haciendo también.
—¿Quién les envió esto? —pregunté, intentando mantener la voz estable.
Seguramente mis padres enviaron a alguien a que nos vigilara. No puedo creerlo.
—Eso no importa ahora —dijo mi madre con frialdad—. Queremos saber si es verdad. Si estás... engañando a tu esposo.
Tragué saliva. La tensión en la sala era irrespirable.
Supongo que era momento de decir la verdad. La ocasión fue preparada para eso. No pensaba decirles tan pronto, pero creo que no me quedaba otra opción.
—Has estado engañando a tu esposo, Alessa. No puedo creerlo. Yo... —mamá me miró decepcionada—. Tu padre y yo no te hemos criado de esta forma. Y tú, Kael... ¿No piensas decir nada de lo que has descubierto?
Mis padres revelaron mi secreto frente a mi esposo. Pero ellos no tenían idea de que Kael hacía exactamente lo mismo. Los dos lo hacíamos. La verdad era más oscura de lo que ellos pensaban y yo no estaba dispuesta a contar todos los detalles, pero era momento de defenderme.
—Kael y yo… —comencé, con la garganta cerrada—. No estamos juntos.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Cómo que no están juntos?
Sabía que les daría un infarto cuando supieran que nos divorciaríamos.
—Estamos por divorciarnos —solté de una vez. Era como arrancarme la piel. Pero ya no tenía sentido seguir ocultándolo—. Hace semanas que no somos una pareja.
Mi madre se dejó caer en el sofá, como si la noticia le hubiera drenado las fuerzas.
—¡¿Qué?! ¿Cómo que han terminado? ¡Esto no puede ser posible! ¡Alessa! ¡Esto nunca ha ocurrido en nuestra familia! ¡Nadie se ha divorciado y tú llevas apenas unos meses de casada!
Me froté la cara.
—Mamá, lo sé, y lo siento... Pero...
—¡No! —mamá me detuvo—. No puedes hacerle esto a la familia, Alessa. Sabes lo importante que es el matrimonio para tu familia y tú piensas divorciarte de tu marido. ¡Incluso lo engañas con otro hombre!
—Mamá, no lo estoy engañando. Kael y yo no estamos juntos y él ha aceptado que yo esté con Lucien. ¿Verdad, Kael?
Miré a Kael, quien seguía mirando serio y con sus brazos cruzados. No parecía importarle mucho que ellos supieran la verdad. Kael no me respondió. Se quedó callado. Prácticamente le ha dado la razón a mi madre.
—Kael, dile... —pedí.
Pero se quedó callado. Quise matarlo.
—No parece que a tu esposo le guste que estés con otra persona —dijo mamá, molesta. Le iba a dar un infarto.
—No, él está de acuerdo —me defendí—. Él también está saliendo con alguien. No soy la única.
—Porque tú quisiste dejarme —Kael se dignó a hablar, pero fue para despedazarme.
Eso no ayudaba.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Y cuándo pensaban decírnoslo? ¿Cuándo creías que era el momento de decirle a tu familia que serías la primera en arruinar siglos de matrimonios unidos, Alessa?
—Papá, por favor...
Miré a Kael, pero él no dijo nada. Seguía ahí, quieto, como una estatua. Sus ojos estaban oscuros, llenos de algo que no sabía si era tristeza, enojo o ambas cosas al mismo tiempo.
—No sabía cómo hacerlo —admití—. Todo pasó demasiado rápido.
—¿Demasiado rápido? —intervino mi padre—. Hace apenas un mes estaban hablando de tener hijos, de futuro, de estabilidad. ¿Y ahora estás besándote con otro hombre en plena calle?
—¡Papá! —exclamé, dolida por su tono.
—¿Qué se supone que debemos pensar, Alessa? ¿Que simplemente te cansaste y decidiste empezar de nuevo con otro? ¿Así, de la nada? ¡Encima con Lucien! ¡Él está casado!
—No fue de la nada —dije con la voz rota—. No lo entienden. Kael y yo veníamos mal desde hace tiempo. No fue un error ni un capricho. Simplemente… no funcionó. Lucien va a divorciarse.