Alessia
La tienda me resguardaba del frío viento que soplaba afuera. Kael seguía con los demás miembros. Había sonidos dispersos alrededor de la tienda. Me sentía alerta ante cualquier sonido. Kael no regresó a verme. Me dejó atada e indefensa.
Estaba molesta con él. Me molestaba que no confiara en que yo podía ser de ayuda. No importaba cuál fuera mi motivo para estar aquí. Yo tenía manos útiles y quería usarlas. Pero fue específico al decirme que mi presencia le molestaba. Sin embargo, aquí estaba. Atada de manos y en una carpa grande como si fuera una prisionera. Él no tenía derecho a hacerme esto.
Quería que Kael regresara para pelear con él. Kael dijo que yo no le importaba. Fue lo que deduje después de decirme que no sufriría mi pérdida si algo me ocurría. Si eso era cierto, entonces él tenía que soltarme.
Maldito arrogante.
Intenté aflojar las cuerdas que sujetaban mis muñecas, pero Kael sabía lo que hacía. Estaba atrapada.
—Maldito idiota… —murmuré con frustración.
Las voces fuera de la tienda estaban dispersas y yo hacía un esfuerzo por oír de qué hablaban. Pero el viento ahogaba las palabras y no me permitía escuchar. La tormenta estaba a la vuelta de la esquina.
Oí pasos acercándose a la entrada de la tienda. Kael apareció, pero no se molestó en mirarme. Caminó hacia su mochila, buscando algo. Yo no quería ser quien dijera la primera palabra, pero Kael no parecía tener intención de hablar.
Suspiré.
—¿En serio pretendes dejarme aquí, Kael?
Pero él no me respondió y siguió buscando algo en su mochila. Kael sacó un cuchillo de plata y lo colocó entre su pantalón. Al levantar su remera, vi que tenía otro cuchillo en el otro costado. Kael se veía peor que antes.
—Kael, te estoy hablando.
Pero él no tenía intención de responder. Lo fulminé con la mirada.
—¿No piensas hablarme? No entiendo por qué estás tan enojado conmigo, Kael. Está bien, cometí un error al venir, pero ya estoy aquí.
—No entiendo por qué pones en riesgo tu vida por un tipo que no te ama.
Kael pegó donde duele. Él sabía qué parte tocar para lastimarme. Su constante entrometimiento en mis asuntos comenzaba a molestarme.
—No tengo por qué darte explicaciones. Deja de meterte en lo que no te importa. Mi tema con Lucien es tema mío.
—No seas ridícula. No hay un tema con Lucien porque tú no existes más para él, Alessia. Y, para empezar, tú fuiste quien se metió primero en lo que no es de tu incumbencia.
Cerré la boca un momento, pero no dejé de mirarlo. Kael clavó sus ojos en los míos. Su mirada era intensa.
Nosotros no nos entendíamos. Él no iba a comprender mis razones.
—Discúlpame por tener sentimientos por alguien, Kael. Olvidé que tú no conoces lo que es amar a alguien.
Sonrió, pero su sonrisa no contenía gracia.
—No tienes idea de nada. Tú no me conoces, Alessia. Vivimos juntos y estamos en la misma manada. Pero no sabes nada sobre mí. No sabes sobre mi pasado, ni siquiera sobre mi presente. No sabes lo que siento. Pero te dejaré clara una cosa: yo sí sé lo que es el amor. Pero amar a alguien no significa hacer estupideces para obtener su atención.
Un nudo creció en mi garganta.
Yo solo quería sentirme útil... Idiota.
Kael lo notó. Notó mi dolor. Aparté la mirada. No quería que él ganara esta batalla.
Respiré profundamente.
—Desátame —ordené.
—Te dejaré así un rato más. Hasta mañana. Le ordenaré a dos personas que te lleven de regreso a casa.
—¿Qué? No.
—No está en discusión —aclaró, dándose la vuelta y marchándose.
—¡Kael! No hemos terminado. ¡Ven aquí!
Pero Kael no regresó.
El viento movía la carpa, pero no lo suficiente para desprenderla del suelo. Oí la voz de Kael en varias ocasiones, pero no podía entender nada de lo que decía. Esto era frustrante.
Media hora después, oí un disparo. Mi corazón no tardó en acelerarse dentro de mi pecho. Miré hacia todos lados con terror e intenté liberarme de las cuerdas. El alboroto no tardó en comenzar allí afuera. Tenía que salir de aquí ahora mismo y ayudar. Ni siquiera sabía lo que estaba pasando, pero no era nada bueno.
Oí gritos de Kael dándoles órdenes a los nuestros. El temblor de mis manos me entorpecía.
Un hombre entró a la tienda. Lo miré aterrorizada al ver el cuchillo de plata en su mano. Mi respiración agitada me delataba. Estaba asustada y ese hombre lo sabía. El atacante no era un hombre lobo. Se trataba de un humano.
¿Nos descubrieron? ¿Saben de nosotros?
¿Ellos tenían que ver con las desapariciones? ¿Los humanos? ¿Cómo es posible?
El hombre tenía alrededor de unos treinta años. Vestía ropa oscura y jugaba alegremente con el cuchillo en la mano. Sonrió feliz.
—Vaya, vaya… así que Kael escondía un tesoro aquí —murmuró con una sonrisa torcida.
Intenté liberarme, pero la cuerda estaba demasiado ajustada. Quise maldecir a Kael por esta estupidez, pero estaba preocupada por él.
El hombre avanzó un paso más, alertándome. Él se veía confiado. No me tenía miedo, ni siquiera por ser una mujer lobo.
—No grites —advirtió con voz calmada—. Si cooperas, quizás no tengas que sufrir.
¿Cooperar? No.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. No podía quedarme de brazos cruzados.
En ese momento, un rugido furioso resonó afuera.
Kael.
El hombre giró la cabeza hacia la entrada de la tienda, pero yo no desperdicié la oportunidad. Con todas mis fuerzas, levanté la silla en la que estaba sentada y la lancé hacia adelante, impactando al intruso en las piernas. No fue suficiente para derribarlo, pero sí lo desconcentró. Me giré y salí corriendo de la tienda con las manos aún atadas.
Kael se apresuró a ayudarme. No me dejó sola. Por un instante, con el miedo en mis venas, creí que él me abandonaría por su enojo.
El campamento era un caos.
Kael sacó al tipo de la tienda y lo arrojó al suelo, pero lo atacaron por la espalda. Kael peleaba con dos hombres armados. Había rastros de sangre en su rostro, pero no parecía dispuesto a ceder. Sentí miedo por él. No quería que lo lastimaran y ya se encontraba herido.