Lazos De Mentira

Capítulo ocho

Alessia

Kael me tomó de la mano y me regresó a la tienda. Caminé cerca del cuerpo de un humano asesinado. Su sangre estaba derramada en el suelo e hice una mueca.

La tienda seguía oliendo a tela húmeda y a tierra fría. La adrenalina bajó tanto y empecé a temblar de la ansiedad. Quisieron cazarnos y pudimos morir todos. Ellos tenían armas y balas capaces de acabar con los de nuestra especie.

El eco del disparo todavía vibraba en mi cabeza, acelerando mi respiración. Nunca antes vi morir a alguien. Mi familia siempre me protegió de todo esto.

Kael estaba frente a mí, con el rostro cubierto de sangre, los ojos brillando con rabia contenida. Me había liberado de las ataduras, pero aún no me soltaba. Sus dedos estaban firmemente apoyados en mi rostro, asegurándose de que yo estuviera bien. Jugué nerviosamente con mis manos.

Kael no dejaba de mirarme y eso activaba mis nervios.

—Deja de mirarme así, Kael —pedí en voz baja.

Kael tenía la típica mirada de «te lo dije».

—¿Ahora entiendes por qué te dije que no vinieras? —su voz era baja, dura, pero con un matiz de temor que no pasó desapercibido. Volvió a repetir la pregunta.

Tragué saliva, mi corazón aún latiendo con fuerza. No podía negar lo que había sucedido. Estaba viva por poco. Si aquel cazador hubiera sido más rápido, ahora estaría muerta. Tenía que agradecerle al chico que me salvó.

—Esto no habría cambiado nada, Kael —respondí, mi voz apenas un susurro—. Los cazadores iban a venir igual, conmigo aquí o sin mí.

Miré su rostro golpeado. Los moretones desaparecerían en cuestión de minutos. La sangre en el rostro de Kael pertenecía a heridas de su cabeza y rostro que aún no sanaron, pero pronto lo harían. Pero no me importaba el hecho de que él sanara. Lo lastimaron. Esto era peligroso.

Kael frunció el ceño, su agarre en mi rostro aflojándose lentamente. No dijo nada, pero el fuego en sus ojos se intensificó. No era solo enojo. Era algo más.

El campamento era un caos. Podía verlo porque la entrada de la tienda estaba descubierta. Alrededor nuestro, miembros de la manada estaban heridos, algunos recibiendo primeros auxilios improvisados. El suelo estaba teñido de sangre. Los cuerpos de algunos cazadores yacían esparcidos entre las tiendas. Otros habían logrado huir.

Mi hermano tenía un campamento cerca del de Lucien. Me pregunté si ellos fueron atacados. Tal vez, no buena idea estar todos separados. Tal vez deberíamos estar todos juntos. La unión hace a la fuerza. Pero sé que había alfas, incluido mi hermano, que no aceptaban tanta cercanía.

—Debemos movernos. No sabemos si vendrán refuerzos —Jaden, miembro de nuestra manada, entró a la tienda.

Su remera estaba rasgada y su brazo manchado de sangre. Había una herida en su piel.

Kael asintió, apartándose de mí finalmente. Sentí el frío en mi piel al instante. Pero Kael no salió de la carpa antes de hablarme cuando el chico se marchó.

—Tal vez esto iba a pasar de todas maneras. Pero tu presencia aquí hace todo más difícil. Le prometí a tu hermano que te cuidaría e intenté protegerte. ¿Por qué crees que no hay mujeres en esta lucha? No es por machismo, pero nosotros queremos protegerlas. Tú no tienes que estar aquí. Esta misión no te incumbe. No puedo proteger al grupo y liderarlo si estoy ocupado protegiéndote a ti.

—No solo vine por Lucien. Vine porque estaba preocupada por ti. Temí que algo te pasara —confesé.

Kael me observó. Noté su mirada dura suavizándose un poco, pero no lo suficiente. Sin embargo, me miró diferente.

—¿Lo dices en serio?

—Tal vez no esté enamorada de ti y no te ame, pero eres mi amigo.

Kael asintió.

—Tu amigo. Cierto...

Kael se acercó a la salida y miró hacia el exterior.

—¡Quiero un recuento de bajas y heridos! —ordenó en voz alta en el marco de la carpa—. Y asegúrense de registrar los cuerpos. Necesitamos saber con quién estamos tratando.

Kael soltó un suspiro y se marchó sin mirarme nuevamente. Lo vi alejarse con pasos firmes, su espalda rígida, los músculos de sus brazos tensos. Sabía que no había terminado conmigo. Pero ahora tenía asuntos más urgentes.

Respiré hondo y me obligué a moverme. Algo tenía que hacer. Mis piernas temblaban por la adrenalina, pero logré mantenerme en pie. Necesitaba ayudar. No iba a quedarme de brazos cruzados. No después de todo esto.

Me acerqué a los heridos. Algunos lobos tenían cortes profundos, otros tenían heridas de bala. Aunque nuestros cuerpos sanaban más rápido que los humanos, eso no significaba que el dolor no fuera real. Me arrodillé junto a un joven que presionaba su costado con una mano ensangrentada. Le dolía y mucho. Sentí pena por él. Era Conrad, el más joven de la manada. Apenas tenía dieciocho años y se enfrentó a la muerte hoy.

—Déjame ver —le dije con suavidad y añadí una sonrisa para transmitirle tranquilidad.

Él dudó, pero finalmente apartó la mano con miedo. El muchacho apenas acababa de entrar en la manada. Mi hermano lo aceptó porque vio un gran potencial en él. Lo vi luchando contra dos hombres cuando salí corriendo de la tienda, pero lo lastimaron de todas maneras. Una herida de bala atravesaba su piel. Apreté los dientes y presioné un paño contra la herida. La bala era de plata. Un veneno natural contra los de nuestra especie. Si no se la quitaba, él podía morir. Y yo no iba a permitir que él muriera.

—Respira hondo. Esto va a doler un poco.

—Despacio, por favor —suplicó.

Conrad asintió con la mandíbula apretada.

—Te he visto luchar y eres grandioso. Fue muy valiente de tu parte. Entiendo por qué mi hermano te aceptó en la manada —hablé para distraerlo.

Hice lo mejor que pude para ayudarlo, aunque no era una experta. En medio de todo esto, mi mente no podía dejar de regresar a Kael. A su expresión al encontrarme con aquel cazador. Al miedo que intentó ocultar bajo su enojo.




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