Lazos de Peligro

Capitulo 1

Si alguien le hubiera dicho a Mía que su carrera universitaria terminaría sirviendo para descifrar qué peluche de dinosaurio quería un niño de cuatro años que solo sabía comunicarse mediante gritos, le habría pedido que le devolviera la fe en el futuro.

—¡Ese no! ¡El verde que ruge! —chilló el pequeño demonio vestido de marinero, señalando el estante más alto.

—El verde que ruge es de exhibición, cielo —respondió Mía, esbozando la sonrisa más profesional y falsa de su repertorio mientras sostenía una caja gigante que amenazaba con aplastarla.

A su alrededor, la juguetería Pequeñópolis parecía el escenario posterior a un saqueo. El pedido de la mañana había llegado dos horas tarde, la máquina de cobro fallaba cada tres minutos y la torre de cajas de juegos de mesa que acababa de apilar había decidido que ese era el momento perfecto para perder el equilibrio.

Mía cerró los ojos, esperando el impacto de cincuenta cajas de cartón sobre su cabeza.

El impacto nunca llegó.

En su lugar, sintió una sombra cubrirla y escuchó el sonido sordo de dos brazos interceptando la caída. Abrió un ojo.

—Sabes que la gravedad sigue siendo una ley obligatoria, ¿verdad, Mía?

Lucas sonreía con esa compostura irritante que solo un oficial de policía en su día libre podía mantener. Llevaba una chaqueta de cuero sencilla, el cabello castaño despeinado y una bolsa de papel que olía gloriosamente a medialunas recién hechas.

—Estaba bajo control —mintió Mía, quitándose un mechón de pelo de la cara mientras él colocaba las cajas sobre una mesa segura.

—Claro que sí. La forma en que te resignaste a tu destino fue muy profesional —se burló Lucas, ofreciéndole una mano para ayudarla a bajar del taburete.

Antes de que Mía pudiera responderle, el timbre de la puerta sonó con un tintineo limpio, cortando el caos de la tienda.

Un hombre con un traje perfectamente entallado en tono gris carbón cruzó el umbral. Llevaba un vaso de café térmico en una mano y las llaves de un auto deportivo en la otra.

Gael caminaba por una tienda de juguetes de barrio con la misma elegancia natural con la que caminaba por la sede central de su corporación.

—Veo que el departamento de policía ahora se dedica al control de mercancía —dijo Gael, alzando una ceja con una sonrisa ladeada mientras le extendía el café a Mía—. Vainilla con leche de avena. Sin azúcar, como te gusta.

Lucas se cruzó de brazos, mirando el café con una ligera mueca.

—¿Otra vez salvándola, Lucas?

—Alguien tiene que hacerlo —respondió Lucas sin dudar, dando un paso al frente con actitud protectora—. Aunque algunos prefieran hacerlo con café caro en lugar de trabajo pesado.

—El café caro evita que se desmaye a mitad de su turno, oficial —replicó Gael, manteniendo la calma diplomática que utilizaba en sus reuniones directivas, aunque con ese brillo desafiante en los ojos que solo aparecía cuando Lucas estaba cerca.

La tensión en el aire se volvió tan densa que hasta el niño del dinosaurio dejó de gritar por un segundo.

Mía los miró a ambos.

El policía rígido pero cálido con el que había crecido, y el ejecutivo analítico y sofisticado que había puesto su mundo al revés hacía unos meses.

—¿Podrían dejar de comportarse como si necesitara que me rescaten? —interrumpió, quitándole el café a Gael y agarrando la bolsa de medialunas de Lucas—. Tengo veinticuatro años, manejo este lugar sola y, si quiero morir aplastada por juegos de mesa, es mi decisión empresarial.

Ambos se miraron durante un milisegundo, compartiendo ese silencio de derrota masculina que siempre lograba sacarle una sonrisa a Mía.

***

El olor a ozono y antiséptico en el laboratorio subterráneo del Complejo Biomédico Pendelton era sofocante.

Las pantallas mostraban líneas de código genético y picos de actividad neuronal fuera de toda escala humana.

En el centro de la sala, frente a un contenedor de cristal con un suero translúcido, el Dr. Arthur Pendelton ajustaba los parámetros de la centrifugadora con manos temblorosas. Tenía las ojeras marcadas como sombras moradas y las venas del cuello extrañamente oscurecidas.

—Doctor... los estabilizadores están fallando —dijo su joven asistente, dando un paso atrás mientras observaba los monitores en rojo—. La tasa de mutación celular en la muestra de prueba es demasiado alta. Si inyectamos esto en el modelo vivo...

—El modelo vivo soy yo, Tomás —interrumpió Arthur. Su voz ya no sonaba como la del brillante neurocientífico que había ganado el premio nacional tres años atrás. Era raspada, fría, carente de cualquier duda.

Una alarma comenzó a sonar. La máquina estaba fallando.

Tomás no esperó la orden del Dr. Arthur. Con las manos sudorosas, presionó el botón rojo y detuvo todo de inmediato.

Los monitores se apagaron lentamente y las luces volvieron a su intensidad habitual, como si todo hubiera regresado a la normalidad.

Arthur soltó un suspiro cansado. Desajustó algunos controles nuevamente y se pasó una mano por el cabello. Su mirada se desvió hacia su asistente, quien respiraba con dificultad.

—Aún no está listo. Creo que nos tomará más tiempo —dijo Tomás.

—No... Ya está casi listo. Solo necesita algunos ajustes y quedará perfeccionada —insistió Arthur.

Se reincorporó y deslizó las yemas de los dedos sobre la superficie de la máquina, acariciándola lentamente, casi con fascinación.

—Los monitores se pusieron en rojo, doctor. Eso es señal de que necesitará mucho más que algunos ajustes —señaló el asistente, con la voz ligeramente temblorosa.

Arthur se tronó el cuello y se pasó una mano por él con suavidad. Cerró los ojos durante unos segundos, como intentando contener su frustración.

—No podemos echarnos para atrás a pocos días de la presentación oficial en Industrias Novagen —dijo Arthur con una sonrisa segura—. Es solo cuestión de recalibrarla. Estará lista.




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