Lazos de Peligro

Capitulo 2

Lucas y Gael estaban sentados en un par de taburetes frente al mostrador, mientras Mía pasaba un trapo sobre la madera con calma. A un lado reposaban la bolsa de papel arrugada con las últimas migas de las medialunas y la taza de café ya vacía.

La tranquilidad en la juguetería era absoluta. Sin clientes a la vista, el lugar olía a madera, café e infancia.

Lucas no podía evitar mirarla. Con los brazos apoyados sobre la barra, su mirada recorría los labios de Mía y el movimiento pausado de sus manos mientras frotaba la madera.

Para él, cada gesto de ella parecía suceder en cámara lenta. A su lado, Gael estaba completamente sumergido en la pantalla de su teléfono, respondiendo mensajes de correo y correcciones de trabajo con la agilidad de quien nunca se desconecta del todo.

Mía lanzó un suspiro de frustración y se detuvo, clavando la vista en la máquina de cobro.

—Creo que ya debería cambiar esta cosa —dijo, tocando la carcasa de plástico con la punta de los dedos.

Lucas analizó el aparato con un vistazo rápido. Alzó una ceja y volvió a mirarla a los ojos, sin dudar un segundo.

—Si quieres puedo revisarla. Seguro es solo un falso contacto, no me tomará mucho tiempo.

Mía le devolvió una sonrisa satisfecha, llena de gratitud.

Gael soltó un ligero bufido, levantó la vista de la pantalla y guardó el teléfono en el bolsillo de su saco con movimientos calculados y delicados.

—¿Repararla? Eso ya no tiene solución, Lucas. Mía, lo más adecuado es que te regale una nueva. Puedo pedir a mi secretario que mande la mejor del mercado mañana mismo.

Mía negó con la cabeza, divertida por la disparidad entre ambos.

—Gracias por preocuparse, chicos, pero me tratan como si fuera una niña de cinco años que no sabe solucionar sus problemas —dijo, apoyando los puños en las caderas.

Tanto Lucas como Gael esbozaron una sonrisa, aceptando el regaño tácito.

En ese momento, el tintineo de la puerta anunció la llegada de un padre con su hijo. Mía les dedicó una última mirada divertida a ambos y caminó hacia la entrada para atenderlos con su amabilidad habitual.

Lucas soltó un suspiro, acomodándose en el taburete. Gael lo escaneó con una mirada fugaz y rompió el silencio.

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó.

Lucas entrelazó las manos sobre el mostrador y se encogió de hombros.

—Nada fuera de lo común. Jornadas largas, papeleo infinito y esperar a cobrar con ansias —soltó una carcajada corta.

Gael esbozó una sonrisa ladeada.

—¿Y tú? —devolvió la pregunta el policía.

—Va bastante bien. Dentro de unos días tenemos la presentación de un proyecto muy importante en la empresa —respondió Gael.

—¿Ah, sí? —inquirió Lucas con genuina curiosidad.

—Sí. El Dr. Arthur Pendelton está desarrollando un tratamiento experimental para reparar el cerebro humano.

Lucas tosió suavemente, aclarándose la garganta para escucharlo con más atención.

—Industrias Novagen llegó a un acuerdo con él para cubrir el financiamiento completo y darle todo el equipo que necesita para su experimento —continuó Gael, con tono profesional—. Si sale bien, será un gran avance no solo para la medicina, sino para nuestro posicionamiento en el mercado.

Lucas asintió despacio, analizando las palabras del ejecutivo.

—¿Y si sale mal? —dudó.

—Si sale mal, estaríamos hablando de una pérdida económica por haber apostado en el proyecto equivocado. Pero si sale bien... buena fortuna, mi querido amigo —concluyó Gael, dándole dos palmadas afectuosas a Lucas en el hombro.

Ambos giraron la cabeza hacia el fondo de la tienda. Mía guiaba al cliente por los pasillos con paciencia, mostrándole opciones de juegos de mesa con una sonrisa limpia y profesional.

Por un instante, la rivalidad y las diferencias quedaron en pausa. Lucas y Gael se quedaron en silencio, simplemente admirándola.

***

En el laboratorio de Industrias Novagen, el zumbido de los servidores al enfriarse era el único sonido que rompía el silencio de la noche. Una a una, las luces del techo se iban apagando, dejando el recinto sumido en una penumbra azulada donde solo brillaban los monitores de estado.

Tomás colocaba los últimos contenedores térmicos en su lugar antes de apagar la consola principal. A unos metros, el Dr. Arthur Pendelton guardaba un par de carpetas en su maletín de cuero.

Llevaba la bata entreabierta, la camisa arrugada y unas ojeras profundas y moradas que delataban días enteros alimentándose a base de café frío y obsesión.

El asistente dudó un segundo antes de romper el silencio.

—Doctor... estuve revisando los registros del fallo de esta mañana —dijo Tomás, pasando una mano sudorosa por su nuca—. La verdad es que no estoy cien por ciento seguro de que estemos listos para la presentación.

Arthur no se detuvo. Cerró el maletín con un chasquido metálico y giró la cabeza despacio hacia su joven ayudante.

—He estado investigando esto por años, Tomás. Va a salir bien.

—Lo sé, pero... no estaría mal pedirle un poco más de tiempo a Industrias Novagen —sugirió Tomás con cautela—. Un par de semanas para calibrar los parámetros de mutación y presentar un informe impecable.

La mirada de Arthur cambió al instante. Sus ojos se entrecerraron con una frialdad calculadora que hizo que el asistente diera un paso atrás por instinto.

—No —respondió el científico con voz baja y firme—. Jamás haremos eso. Nos costó demasiado trabajo encontrar una empresa dispuesta a darnos una oportunidad y financiar nuestro proyecto con millones de dólares. Si ahora vienes con la historia de un "pequeño fallo", se van a querer echar para atrás... Y no lo voy a permitir.

Tomás tragó saliva y bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.

Arthur suspiró, frotándose el puente de la nariz con cansancio visible por la falta de sueño, aunque recuperando de inmediato esa sonrisa confiada y superior que tanto lo caracterizaba.




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