La tarde caía sobre la ciudad y el gran auditorio de Industrias Novagen parecía un paisaje devastado por un vendaval silencioso. El lugar, que apenas unas horas antes retumbaba con aplausos, murmullos de expectación y el chasquido incesante de las cámaras, ahora yacía en penumbras.
Sillas de cuero desordenadas, copas de cristal abandonadas a medio llenar y folletos promocionales arrugados por el suelo eran todo lo que quedaba del evento.
Los reporteros y paparazzis habían sido desalojados a regañadientes por la seguridad privada de la empresa. En medio del desierto de moqueta y luces a medio apagar, un pequeño grupo de ejecutivos y accionistas formaba un círculo tenso alrededor de Gael Rossi y del presidente de la corporación.
Gael permanecía en el centro, erguido, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Su rostro era una máscara de calma ensayada, aunque por dentro su mente procesaba la catástrofe a mil revoluciones por minuto.
—Se los advertí —habló el señor Alvarado, rompiendo el tenso silencio. El viejo inversor caminó un paso al frente, encarando a Gael con el rostro encendido de indignación—. Les dije que ese proyecto era un barril sin fondo. Los costos se triplicaron en el último trimestre y ahora, ¿qué tenemos a cambio? Un científico desmayado en camilla y a toda la prensa internacional redactando el fracaso del siglo.
—Calma, Alvarado —intervino el presidente de Novagen, levantando una mano para frenar la marea—. No sacamos nada con buscar culpables en este momento.
—¿Calma? —replicó otro de los accionistas, ajustándose el nudo de la corbata con rabia—. Mañana a primera hora seremos tendencia en todas las plataformas y las acciones van a abrir en rojo. Industrias Novagen no se puede permitir estos tropiezos. El nombre de nuestra empresa está por los suelos.
Gael esperó a que los murmullos de reproche se aplacaran ligeramente antes de tomar la palabra. Su voz resonó firme y pausada, recuperando la frialdad ejecutiva que infundía respeto.
—El pánico es el peor enemigo de las inversiones, caballeros. Lo que ocurrió hoy fue un imprevisto médico, no necesariamente el fin de la investigación.
—Eso lo decidiremos el lunes —sentenció el presidente con tono tajante—. Habrá una junta extraordinaria a primera hora. Evaluaremos los informes del laboratorio y determinaremos si cancelamos el financiamiento y cortamos pérdidas de una vez por todas.
—Iré personalmente al hospital esta misma noche —añadió Gael, mirando directamente al presidente—. Necesito saber de primera mano cuál es el estado del doctor Pendelton y qué fue exactamente lo que provocó el desmayo.
El grupo de accionistas intercambió miradas de desaprobación, pero nadie refutó la propuesta.
Tras un par de apretones de manos secos y despedidas cortantes, la junta directiva comenzó a retirarse por la salida lateral, dejando tras de sí una estela de murmullos amargos.
Gael se quedó completamente solo.
El silencio del auditorio se volvió denso, casi palpable. Gael respiró hondo, caminó a pasos lentos por el pasillo central y subió la pequeña escalinata de madera que llevaba al escenario. Se detuvo justo en el punto donde Arthur había levantado los brazos en su breve momento de gloria.
Alzó la vista hacia las gradas vacías, analizando la magnitud del golpe. Luego bajó la mirada al suelo.
Entre los cables de la estación de monitoreo que Tomás había dejado tirados en el pánico, algo brilló bajo la tenue luz de los reflectores. Un pequeño tubo de policarbonato reforzado con remates metálicos.
La jeringa neumática vacía.
Gael se inclinó despacio y la tomó del suelo. En el fondo del cilindro transparente aún quedaban unas pocas microgotas del líquido azul denso y brillante, adheridas a las paredes de cristal.
La sostuvo entre ambas manos, sintiendo el peso frío del material.
Clavó la mirada en las gotas azules, frunciendo el ceño con una punzada de frustración que amenazaba con romper su impecable compostura.
«¿Por qué?», se preguntó en silencio, apretando los nudillos alrededor del cilindro. «¿Por qué tuvo que fallar justo hoy?»
***
Las luces fluorescentes de los pasillos del hospital proyectaban un brillo blanco y estéril sobre las baldosas pulidas.
El olor a desinfectante era denso, interrumpido únicamente por el leve sonido de los monitores a lo lejos y el murmurar distante del personal de guardia.
Gael estaba sentado en uno de los bancos metálicos de la sala de espera, con la espalda apoyada contra la pared fría. Traía la corbata ligeramente aflojada y los puños de la camisa remangados. El cansancio de una jornada devastadora le pesaba en los hombros como una losa de plomo.
De pronto, el teléfono móvil vibró en el bolsillo interior de su saco.
Gael lo sacó con pesadez, pero al leer el nombre de Mía iluminando la pantalla, la rigidez de su rostro se quebró. Una sonrisa suave y genuina —la primera después del evento— se dibujó en sus labios.
Inhaló hondo, aclaró su voz para borrar cualquier rastro de amargura y contestó.
—Hola, Mía —saludó con un tono tranquilo y cálido.
—¡Hola, Gael! Espero no interrumpirte... —la voz de ella sonó fresca a través del auricular—. Estaba por cerrar la tienda y me acordé de ti.
—Para nada, siempre es un gusto escucharte. ¿Todo bien por allá?
—Sí, todo tranquilo. Oye... escuché en las noticias que hoy tenían la gran presentación en tu empresa —dijo Mía con cierta timidez—. La verdad es que no me entero mucho de esos temas ni entiendo bien de ciencia o negocios, por eso no estaba muy al día pero... ¿cómo salió todo? ¿Salió bien?
Gael apretó levemente el puente de la nariz, manteniendo la compostura para no transmitirle su frustración.
—Hubo algunos inconvenientes, Mía. No salió exactamente como esperábamos.
A través de la línea se hizo un breve silencio empático.
—Oh... lo siento mucho, Gael —respondió ella con sinceridad—. Sé lo mucho que trabajaste para ese proyecto y lo importante que era para ti. Pero estoy segura de que vas a encontrar la forma de solucionarlo.
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Editado: 01.09.2026