Lazos de Peligro

Capitulo 3

El ambiente en la comisaría central era el habitual de un martes a media mañana: teléfonos sonando sin parar, el chirrido de las impresoras antiguas, el murmullo de oficiales discutiendo informes y el olor a café cargado y barato.

​Lucas estaba sentado en su escritorio, rodeado de carpetas amarillas y notas adhesivas. Sin embargo, su atención no estaba en el papeleo. En la pantalla de su computadora, a un lado de los archivos policiales, tenía abierto un video de YouTube titulado: “Cómo reparar falsos contactos en placas de cajas registradoras antiguas (Paso a paso)”.

​Sobre el escritorio, justo al lado de su placa y su libreta de apuntes, descansaban un juego de destornilladores pequeños y un multímetro que le había pedido prestado al mecánico de la jefatura.

​Estaba concentrado memorizando el minuto 4:12 del video cuando su teléfono móvil comenzó a vibrar sobre la mesa. El nombre de Mía se iluminó en la pantalla.

​A Lucas se le dibujó una sonrisa automática en el rostro. Pausó el video y contestó de inmediato.

​—Pensé que a esta hora estarías peleando con la torre de juegos de mesa —dijo a modo de saludo, recostándose en su silla de cuero gastado con tono juguetón.

​—¡No te imaginas lo que pasó, Lucas! —la voz de Mía sonaba fresca, llena de una energía radiante a través del altavoz—. ¡Tienes que venir a ver esto cuando salgas de tu turno!

​Lucas soltó una risita suave, apoyando el codo en la mesa.

​—¿Ganaste la lotería o encontraste el peluche del dinosaurio verde?

​—¡Mejor! —respondió ella emocionado—. Sabes... hoy pasó muy temprano Gael por la tienda y me trajo una máquina de cobro totalmente nueva. ¡La última del mercado! Es táctil, negra brillante... Todavía no lo puedo creer.

​La sonrisa de Lucas se congeló en un segundo.
​El bullicio de la comisaría pareció alejarse de golpe.

Se quedó en silencio, mirando fijamente la pantalla de la computadora donde el técnico del tutorial sostenía una placa llena de cables y soldaduras.

​—¿Lucas? ¿Sigues ahí? —preguntó Mía al notar la pausa.

​Lucas tragó saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta. Extendió la mano con lentitud, tomó el ratón y cerró la pestaña del video sin dudarlo. Apartó los destornilladores hacia un lado del escritorio con un movimiento disimulado.

​—Sí, sí, aquí estoy —respondió, esforzándose por mantener la voz firme y cálida, disimulando el golpe—. Me quedé sorprendido, eso es todo.

​—Es preciosa, de verdad. Dijo que no quería enviármela por correo para que no se arruinara y se tomó el tiempo de traérmela él mismo antes de irse a Novagen. De verdad me salvó la vida.

​—Gael es un tipo brillante cuando se lo propone —dijo Lucas, esbozando una sonrisa amarga que ella no podía ver—. Tuvo un gran gesto contigo, Mía. Sé lo mucho que te preocupaba el gasto de una máquina nueva. Me alegro mucho por ti.

​—Gracias, Lu. Quería contártelo porque sé que ayer dijiste que podías revisarla, pero bueno... ¡problema resuelto! Te dejo que entró un cliente. ¡Hablamos luego!

​—Hablamos luego, Mía. Cuídate.

​La llamada se cortó con un tono sordo.

​Lucas dejó el teléfono sobre la mesa y se pasó una mano pesada por la cara, soltando un largo suspiro de frustración.

Miró los pequeños destornilladores alineados junto a su libreta, sintiéndose un poco ridículo por haber pensado que unas horas de tutoriales podrían competir con la billetera y la eficiencia de Gael Rossi.

​—Vega, el comisario te quiere en la oficina en cinco minutos —interrumpió un compañero, dándole un golpe en el hombro al pasar.

​—Ya voy —respondió Lucas en voz baja, guardando las herramientas en el cajón de su escritorio y cerrándolo de golpe para volver a su realidad.

***

La sala de juntas del último piso de Industrias Novagen olía a cuero costoso, pulcro antiséptico y decisiones de millones de dólares. Desde los enormes ventanales de cristal se dominaba el centro financiero de la ciudad, pero nadie en la mesa estaba prestando atención a la vista.

La puerta de madera noble se abrió con un deslizamiento sordo. Gael Rossi ingresó a la sala con paso firme y elegancia natural, vistiendo un traje azul marino impecable.

Ajustó el botón de su saco mientras escaneaba a los presentes: los accionistas más influyentes de la corporación, los directivos de finanzas y, en la cabecera, el presidente ejecutivo de Novagen.

Sentado a un costado de la gran mesa de nogal, vestía de traje negro el Dr. Arthur Pendelton. A pesar del corte elegante de su ropa, sus ojos inquietos se movían de un lado a otro de la sala, escudriñando cada susurro. Mantenía las manos entrelazadas sobre la mesa para ocultar el ligero temblor de sus dedos.

—Buenos días a todos —saludó Gael con voz serena, tomando asiento a la derecha del presidente.

—Buenos días, Gael. Justo estábamos revisando la documentación previa —habló el presidente de la empresa, dando dos toques con el índice sobre una carpeta azul—. El Dr. Pendelton nos acaba de entregar los informes de las pruebas finales antes de la presentación oficial del viernes. Según los registros, los indicadores de estabilidad neuronal han salido perfectos.

Un murmullo de aprobación recorrió parte de la mesa. Sin embargo, en el extremo opuesto, uno de los inversores más antiguos frunció el ceño.

—Los costos se han triplicado en el último trimestre, Gael —habló el señor Alvarado, un accionista senior de cabello canoso, golpeando la mesa con el bolígrafo con impaciencia—. El proyecto de regeneración neuronal es una apuesta prometedora, pero el laboratorio subterráneo está consumiendo más presupuesto que tres departamentos juntos. Espero que el resultado final en la presentación sea tan asombroso como el dinero que le hemos inyectado.

Gael se acomodó los gemelos de la camisa, manteniendo esa expresión ilegible y tranquila que infundía respeto a pesar de sus veinticinco años.




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