Lazos de Sangre

1. Negación

Mi mundo se detuvo ahí.

No exactamente cuando dijeron las palabras.

Fue después.

En el silencio extraño que quedó suspendido en el aula. En las miradas que se desviaban demasiado rápido. En alguien rozando mi hombro como si tocarme fuera suficiente para evitar que me rompiera frente a todos.

Mi madre había muerto.

Y yo acababa de reprobar el último curso universitario por unas cuantas y miserables décimas.

Qué irónico. Dos pérdidas, una peor que la otra.

Las voces alrededor comenzaron a sonar lejanas, deformadas, como si estuviera escuchándolas bajo el agua. El pecho me dolía. No de esa forma dramática que muestran las películas, sino como algo mucho más estúpido y humano: respirar empezaba a sentirse incómodo. Sentía que ni siquiera podía moverme porque estaba en una especie de transe.

—Lynette… te quiero, ¿lo sabes, cierto?

No respondí.

Porque no sabía nada. En ese momento no sabía absolutamente nada.

No sabía qué expresión poner. No sabía si debía llorar o quedarme quieta. No sabía cómo se suponía que una persona debía reaccionar cuando la vida decidía arrastrarla de golpe contra el suelo.

Odiaba las miradas.

La pena.

La reconocía incluso cuando intentaban ocultarla.

Hace unos meses todos hablábamos de la graduación como si fuera el inicio de algo enorme. Conseguir trabajo. Ahorrar dinero. Irnos lejos. Construir una vida nueva en alguna ciudad desconocida donde pudiéramos fingir que teníamos idea de lo que hacíamos.

Y ahora era yo quien se había quedado atrás.

La única atrapada en el mismo sitio.

Pero ni siquiera eso importaba ya.

Porque mamá no estaba.

Ese pensamiento llegó tarde. Como un golpe seco.

Sentí algo quebrarse dentro de mí con una claridad insoportable.

Alguien me abrazó. Otra persona acarició mi espalda. Escuché un “lo siento mucho” demasiado cerca de mi oído y fue suficiente.

Me levanté tan rápido que la silla rechinó contra el suelo.

Y salí de allí.

No quería llorar frente a nadie.

No quería convertirme en el centro de una escena triste.

Corrí sin pensar demasiado hacia dónde iba. El aire frío golpeaba mi rostro mientras las lágrimas comenzaban a bajar por fin, calientes, molestas, inevitables. Me dolían las piernas. Me dolía respirar. Me dolía existir dentro de mi propio cuerpo.

Mi padre estaba lejos.

Probablemente ocupado con su otra familia.

La familia que sí había sabido conservar.

Solté una risa ahogada al pensarlo.

Que patético.

Seguí caminando hasta terminar sobre el puente peatonal que atravesaba la avenida principal. Los autos pasaban debajo a toda velocidad, luces blancas y rojas deslizándose en líneas borrosas bajo mis pies.

El viento levantaba mi cabello una y otra vez.

Me apoyé contra la baranda metálica.

Fría.

Todo se sentía demasiado lejano.

Demasiado vacío.

A veces las personas hablan del dolor como algo intenso, insoportable, violento. Pero nadie menciona esa otra parte. La parte donde simplemente dejas de sentirte conectada a las cosas. Como si alguien hubiera apagado algo dentro de ti y el resto del mundo continuara funcionando igual sin pedirte permiso.

Miré hacia abajo.

Ochenta kilómetros por hora, quizá más.

Sería rápido.

La idea apareció en mi cabeza con una naturalidad aterradora.

—Vaya.

La voz me hizo sobresaltarme.

Fruncí el ceño y levanté la mirada de inmediato.

No había nadie.

—Genial —murmuré, secándome las lágrimas con brusquedad—. Ahora también estoy perdiendo la cabeza.

Una risa baja vibró cerca de mí.

No alrededor.

Dentro. Como... Como si retumbara un eco en mi mente.

Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda.

¿Eso es lo que crees?

Mi respiración se detuvo por un instante.

No.

No.

Definitivamente no.

Miré hacia ambos lados del puente. Vacío. Solo viento, luces lejanas y el ruido constante de los vehículos atravesando la avenida.

—¿Quién eres?

Eso depende.

La voz masculina sonaba tranquila. Divertida, incluso. Se notaba que lo estaba disfrutando.

¿Crees que soy real?

Tragué saliva.

La lógica decía que estaba imaginándolo.

El estrés. El shock. El cansancio.

Pero había algo demasiado… presente en esa voz.

Demasiado consciente.

—No estoy para bromas.

Lo noté.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Y aun así viniste aquí.

Sentí el pecho tensarse.

—¿Qué se supone que significa eso?

Que las personas no llegan a un puente como este porque sí.

El viento sopló más fuerte.

Me aparté lentamente de la baranda.

—No voy a lanzarme.

¿No?

La forma en que lo dijo me revolvió el estómago.

No sonó preocupado.

Sonó decepcionado. Había interrumpido su diversión.

—¿Te encuentras bien?

Esta vez sí era una voz real.

Giré de golpe.

Un muchacho estaba unos metros detrás de mí. Cabello oscuro. Ojos azules demasiado claros bajo las luces del puente. Llevaba las manos dentro de los bolsillos y me observaba con una mezcla de cautela y preocupación.

Por un segundo me quedé mirándolo demasiado tiempo.

Porque era extraño.

No él exactamente.

La sensación.

Como si hubiese aparecido de la nada.

—Tomaré ese silencio como un “más o menos” —dijo con una pequeña sonrisa—. Pensé que ibas a hacer algo peligroso.

Volví a mirar la avenida debajo.

—Si quisiera hacerlo ya lo habría hecho.

La frase salió antes de que pudiera detenerla. Estúpido instinto de actuar antes que pensar.

Sus cejas se tensaron apenas.

—No era necesario decirlo así.

—Bueno. Ya está dicho.

Me obligué a sonreír un poco, aunque seguramente salió horrible.

—Gracias por preocuparte.



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En el texto hay: vampiros, sobrenatural, darkromance

Editado: 27.05.2026

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