El aire comenzaba a sentirse extraño. No. Extraño no era la palabra que estaba buscando para este momento.
Pesado.
Como si algo invisible se hubiese instalado sobre mis hombros desde el momento en que ese chico desapareció frente a mis ojos. Un peso silencioso crecía junto a mi pequeña paranoia, me sentía enferma. Se supone que me están buscando, pero… Suspiré. No tenía sentido continuar alarmada, me volvería paranoica. Milo no me hubiera traído si no lo considerara un lugar seguro.
Permanecí inmóvil sobre el descanso de las escaleras durante unos segundos más, intentando procesar lo que acababa de pasar. Mi respiración seguía ligeramente agitada.
Se esfumó.
Literalmente.
Apreté con fuerza la baranda metálica y bajé la mirada hacia los escalones, intentando encontrar una explicación lógica. Tal vez había bajado rápido. Tal vez simplemente no lo vi irse. Tal vez… Sólo llegaría tarde a su próxima clase.
Estás pensando demasiado.
Di un respingo inmediato apenas lo escuché.
La voz de Alek volvió a deslizarse dentro de mi cabeza con esa facilidad perturbadora que comenzaba a odiar. O quizá no. Existía ese destello de emoción, esa adrenalina de saber que estás equivocada, pero… Aún así querer continuar con eso que no debes.
—¿Puedes dejar de hacer eso? —murmuré entre dientes mientras comenzaba a bajar las escaleras, tenía que continuar con mi camino.
No obtuve respuesta.
Perfecto. Era realmente fantástico. Ya estaba hablando sola en espacios públicos. Era el último escalón que me faltaba para deslizarme hacia la locura absoluta. Afortunadamente nadie me vio o me escuchó, porque comenzaría este ciclo escolar dejando una muy mala impresión para los demás.
Aceleré el paso atravesando uno de los pasillos principales del campus. El lugar seguía sintiéndose extraño ahora que prestaba más atención. No era solo el silencio. Era la forma en que las conversaciones parecían apagarse cuando yo pasaba cerca. Las miradas demasiado largas, justo como aquel chico que me había mirado el alma por unos segundos. La sensación constante de que algo me seguía, incluso cuando no había nadie detrás de mí. Me aseguré de ello algunas veces porque voltee por sobre mi hombro sólo para corroborarlo.
Mis dedos se aferraron inconscientemente al horario de clases, era mi punto de apoyo en ese momento.
«Psicología clínica.»
Qué irónico.
Suspiré ya algo cansada y levanté la mirada justo cuando un grupo de estudiantes pasó junto a mí. Uno de ellos chocó levemente contra mi hombro. Apenas fue un roce para mí. Me disculpé de inmediato pero el chico se tensó, pude sentir un silencio sepulcral inundando ese creciente murmullo típico de campus. El chico que chocó contra mi era mucho más alto, con una silueta bastante estilizada, su mirada se clavó en mi cuello y pude jurar cómo en ese momento sus ojos brillaron en un tono rojizo que me dejaron completamente helada.
Corre.
Mi corazón comenzó a latir frenéticamente y sentí como claramente se me saldría del pecho con un suspiro. Mis labios apenas se entreabrieron pero no hubo palabra alguna que saliera de mí. Hubiera esperado una broma tonta de esas que dicen “El gato te comió la lengua” o “¿Tan guapo soy que te robé las palabras?” No hubo nada de eso.
Algo en mi instinto de supervivencia me gritó. Se removía en mi interior como cuando sabes que vas a caer, una especie de vértigo creciente.
Corre.
Me sentía como una mosca atrapada en una tela de araña, inmóvil y completamente envuelta en seda invisible. La mirada de ese chico era atractiva, era… Monstruosa.
Corre.
Si hubiera estado demasiado consciente seguramente me hubiera quejado. De haber estado fuera de esa especie de transe, muy seguramente estaría quejándome por semejante tirón que me dieron en el brazo. Todo el cuerpo resintió la brusquedad con la que fui tratada, y aún así solo me quejé entre dientes, parpadee lentamente y me encontré con esos ojos que tan bien conocía y que tanto me hacían sentir últimamente.
—Alek.
—¿Qué demonios estabas haciendo? Te dije que corrieras. ¿Tienes poco sentido de obediencia? —Alek volteó hacia el grupo de aquel muchacho que chocó conmigo y pude sentir la amenaza silenciosa en su mirada—. Camina, vámonos. —Tiró de mi nuevamente, y no lo hizo con tranquilidad, de hecho, lo hizo con bastante rudeza. Me sentía como un muñeco de trapo ahora mismo.
Estaba recuperando mis sentidos nuevamente, lo sabía porque empezaba a sentirme furiosa por todo lo sucedido. Primero que nada, ¿cómo alguien desconocido se toma el atrevimiento de abordarme de esa forma sin considerar mi opinión? Y lo que era peor, y creo que lo que más me enojaba. ¿Por qué no pude negarme a ser sujetada de esa forma? ¿Tan necesitada de afecto estaba? Mi madre pasó al más allá y con ella se fue mi sentido común, al parecer.
—Hasta aquí. Basta. —intenté de alguna forma que Alek dejara de caminar, pero es claro que no lo conseguí.
Podía sentir cómo su agarre a mi muñeca se tornaba cada vez más fuerte. Me dolía la muñeca, los huesos empiezan a crujir un poco conforme él aprieta más.
—¡Basta, Alek! —me planté como pude al suelo, utilizando lo más que podía toda la fuerza renovada que empezaba a recuperar luego de este incidente. Tiré de mi brazo y me liberé de su agarre. No comprendía que demonios le sucedía. No. De hecho, no comprendí que había sucedido. ¿Y qué hacía él aquí? Todo es tan extraño, nadie me explica nada y la única persona confiable para preguntarle no está. Milo, me debes muchísimas explicaciones.
Confundida y con un creciente enojo punzando contra mi pecho, le sostuve la mirada a ojos grises.
De un momento a otro me encontré contra la frialdad de una pared, mi espalda recibió el impacto y me quejé entre dientes, me había dolido, pero más me pudo la sorpresa pues había sido este hombre el que me acorraló entre sus fuertes brazos y la firmeza del edificio.