CONNOR SINCLAIR
Ver entrar a Alessia a mi oficina siempre causa el mismo maldito cortocircuito en mi cabeza. Me la quedo viendo mientras camina hacia mí y no puedo evitar preguntarme por qué carajos no la suelto. Sé perfectamente que no la amo, o al menos eso me repito a mí mismo. Sé que soy un jodido egoísta porque en mi mundo no hay espacio para el amor, solo hay dolor. Pero también sé que soy un maldito enfermo capaz de darle el mundo entero solo por ver su dulce boca sonreír. Solo por eso.
Quizás esté cometiendo un grave error al casarme con ella, pero no lo admitiré nunca. Hay algo que esa mujer mueve en mí. Aparte de mi polla, claro, hay algo más profundo que me sacude por completo y todavía no sé qué mierda es. Tal vez lo descubra pronto.
Después de asegurarle que iré a la famosa cena, ella me dice que debe irse a su casa ya que tiene varias cosas que hacer. No tengo ganas de dejarla ir, así que la retengo para darle un largo y posesivo beso antes de verla marchar.
En cuanto se va, apenas pasa un rato cuando la puerta se abre de golpe. Entra Liliana, mi jodida secretaria. Dios, me tiene harto.
—Dime, Liliana. Y deberías tocar antes —le suelto con mi peor tono frío.
—Lo... lo siento mucho, señor Sinclair —tartamudea la pobre, pálida como un papel—. Es que... tiene una visita afuera y dijo que era de suma importancia.
Subo una ceja mientras la veo y frunzo el ceño, completamente fastidiado. ¿Quién carajos interrumpe mi día así?
—¿Quién es?
Antes de que Liliana pueda responder, la puerta se empuja por completo y alguien entra como si fuera el dueño del edificio.
—¡SOY YOOOO, PRIMITOOOOOO!
Jodida mierda. Con este imbécil no se puede. Sonrío de lado mientras solo me queda soltar un hondo suspiro, porque la presencia de este tipo solo significa una cosa: va a ser una soberana piedra en el culo.
—¿Qué pasó, Cristopher? ¿Qué quieres? —le pregunto sin moverme de mi silla.
—Ay, ¿así es como saludas a tu querido primo, Connor Sinclair? —dice con completa burla, tirándose en uno de los sillones como si nada.
—Ajá, Cristopher. Habla —dije mientras encendía un cigarrillo y le daba una calada.
—Puff... —Cristopher se cruzó de brazos—. Escuché que te vas a casar. Es lo que se dice en todo el bajo mundo y yo ni enterado. Eres la propia mierda, primo.
Solo sonrío mientras me encojo de hombros con total indiferencia.
—Se me olvidó avisarte —le digo.
Él deja la payasada por un segundo y se pone serio para empezar a hablar de negocios. Me pone al tanto de una mercancía que debió ser entregada por las rutas marítimas de Miami, asegurándome que todo iba sobre ruedas. Esa noticia me alegra internamente. Ahora mismo estoy aquí en Italia porque mi prometida es de aquí, pero mis verdaderos negocios están en Estados Unidos. Esta empresa en la que estoy sentado es solo una extensión; la única que tengo en este país, ya que este lado del mapa es territorio exclusivo de mi amado cuñado, Alistair Di Moretti.
Sería jodidamente bueno tener una buena relación con él para expandir mis negocios por toda Italia, pero el tipo es un testarudo de mierda al que le importará un carajo cualquier propuesta mía. Pensar en su cara de pocos amigos me hace sonreír de la nada.
Cristopher me mira raro, frunciendo el entrecejo ante mi repentina diversión. Yo solo le devuelvo una mirada cínica.
—¿En qué diablos estás pensando, Connor? —pregunta desconfiado.
—En que si mi cuñado no fuera un gruñón de mierda, nos extenderíamos por completo hasta este territorio —le suelto con calma.
Cristopher suelta un bufido sonoro. Él sabe perfectamente lo malnacido, rígido y peligroso que es mi cuñado. Sabe muy bien que el digno Alistair Di Moretti jamás se aliaría con alguien como yo. Así que, procesando mi comentario, empieza a reírse como un completo loco por toda la oficina.
—¡Pendejo! ¡Ajá, sí! Seguro tu cuñadito te va a recibir con flores y un gran festín para que expandan sus negocios juntos —se burla, carcajeándose con ganas—. ¡JAJAJAJAJA! Qué risa, debes estar bromeando, Sinclair. Mi tío debe estar orinándose de la risa en el jodido infierno ahora mismo. Pero bueno... quizás deberías intentarlo. Total, lo peor que puede pasar es que te lleves una bala en el cráneo... o quizás no... ¡JAJAJAJAJAJA, QUIZÁS TE LA LLEVES EN EL PENE!
—Imbécil —bufo, aunque una sonrisa cínica se me escapa—. Nunca sabes las vueltas que da la vida, Cristopher Sinclair. Quizás el hombre cambie de parecer. Hay que esperar a ver qué cartas nos juega el destino.
Seguimos hablando de números y rutas por un rato más hasta que finalmente se larga. En cuanto me quedo solo, la flojera me gana. Cancelo todas las reuniones que me quedan en la agenda. Tenía programada una conferencia virtual importante, pero preferí mandarlo todo al diablo, irme directo a mi departamento y meterme a bañar a ver si logro relajarme un poco de tanta tensión.
Media hora después, salgo de la ducha con una toalla amarrada a la cintura, goteando agua sobre el suelo de mármol. El silencio de mi departamento se rompe cuando mi teléfono personal empieza a vibrar sobre la mesa de noche. Al ver la pantalla, la rigidez de mi mandíbula cede un poco.
Es Alessia.
—Hola, nena —contesto, tirándome sobre la cama y pasando una mano por mi cabello mojado.
—Hola, futuro esposo —su voz dulce me llega como un bálsamo, contrastando asquerosamente con la porquería de mundo en la que me muevo—. Solo llamaba para asegurarme de que no se te haya olvidado tu promesa. Si cancelas la cena de la próxima semana, Alistair me lo refregará en la cara toda la vida.