EL DESPERTAR DE LAS CENIZAS
El frío de la muerte todavía se sentía real, tan vivo que por un momento parecía que podía palparlo.
Alexia recordaba el sabor metálico de la sangre en su boca, el dolor punzante en sus costillas rotas y la insoportable pesadez de sus párpados cerrándose en aquel sótano oscuro y sin ventilación. Recordaba su último pensamiento, un ruego desesperado lanzado al vacío del universo en su último respiro.
"Si hay otra vida… jamás me volveré a acercar a ti. No te volveré a entregar mi amor para que lo tires y lo pisotees hasta destruirlo".
Entonces, una bocanada de aire tan violenta que le quemó los pulmones la obligó a despertar.
Alexia abrió los ojos de golpe. Su corazón golpeaba sus costillas como un animal enjaulado. Esperaba ver las paredes de concreto frío y las cadenas de la bodega subterránea donde había pasado gran parte de los últimos ocho años, pero en su lugar, la luz tenue e indirecta de unas tiras LED inteligentes en el techo la cegó temporalmente.
No había olor a encierro, ni a sangre seca, ni a desesperación. Olía a un perfume de diseñador carísimo, a sándalo y a tecnología nueva, por unos segundos se sintió perdida y desorientada.
Desconcertada, miró sus manos. Eran delgadas, tersas, con una manicura perfecta, sin los dedos rotos ni las uñas arrancadas. Bajó la mirada hacia su cuerpo. No vestía la ropa vieja y rasgada de prisionera, sino un slip dress de seda italiana de la marca Agent Provocateur, color rojo sangre, tan traslúcido que revelaba la silueta de sus curvas sin ninguna vergüenza. Una prenda costosa, provocativa que en otro momento la hubiera hecho sentir una reina a punto de obtener su corona pero está vez la prenda tuvo el efecto contrario, detonó un colapso en su memoria.
Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal cuando su mente conectó las piezas.
La cama king-size de diseño minimalista, las sábanas de hilos egipcios color carbón, los enormes ventanales inteligentes que daban a un piso 18 con vista al horizonte de la ciudad… Esta no era su celda. Era el penthouse automatizado del hombre que había sido su dueño, su verdugo y el causante de su muerte.
El universo la había escuchado, no estaba muerta. Había vuelto atrás en el tiempo. Específicamente, a la noche antes de su vigésimo primer cumpleaños. La maldita noche en la que cegada por un amor obsesivo que arrastraba desde los 5 años había cambiado su vida para siempre.
Recordaba claramente la primera vez que lo vio en la reunión navideña que daban sus padres cada año, desde ese día había convertido cada dia de su vida a girar en torno a él, a aprender que le gustaba, que le desagradaba y todas sus rutinas como si sé tratará de la misión más importante de su vida.
Ese dia había decidido hackear el código de acceso de su ascensor privado para colarse en su cama, seducirlo y forzar un escándalo mediático que obligara a sus familias a un compromiso. La noche que ella misma desató su propio infierno.
La voz resonó desde el umbral de la puerta, profunda, gélida y devastadoramente familiar, haciendo que volviera al presente de golpe.
Alexia se tensó tanto que pareció convertirse en piedra. El pánico, un reflejo condicionado por diez años de tortura psicológica y física, la instó a encogerse y cubrirse la cabeza pero está vez no haría eso, apretó los puños sobre las sábanas oscuras, clavándose las uñas en las palmas para recordarse que ahora el juego era diferente, que podía cambiarlo.
Giró la cabeza lentamente.
Ahí estaba él, Damian
Se veía exactamente como diez años atrás, imponente, con el cabello oscuro ligeramente despeinado y esos ojos grises e implacables que solían mirarla con desprecio. Vestía un traje a medida de Tom Ford, pero ya se había quitado el saco y tenía los primeros botones de la camisa blanca desabrochados. No había rastros del monstruo sádico que mostraría años después en este momento, solo era el CEO frío, calculador y distante del conglomerado tecnológico más poderoso del país.
Damian dio un paso hacia el interior de la habitación, sosteniendo un vaso de cristal de roca con whisky de malta, su mirada por primera vez recorrió el cuerpo de Alexia lentamente con una mezcla de fastidio y una chispa de oscura fascinación que ocultó rápidamente detrás de una mueca de disgusto.
En su vida pasada, ante esas palabras, Alexia habría llorado. Se habría arrodillado, suplicando por un pequeño destello de su atención, mostrándole publicaciones viejas e historias que demostraban que lo amaba desde niña. Habría insistido tanto hasta lograr que él le permitiera quedarse en el cuarto de invitados para luego presionado por el escándalo que esa noche traería, la caida de las acciones de la bolsa y la reputación de sus familias y aceptara el matrimonio de manera forzada, ignorando que su media hermana ya estaba enviándole correos anónimos y fotos manipuladas a Damián para destruirla.
Pero esta Alexia ya no era la influencer ingenua de veinte años. Esta Alexia venía del mismísimo infierno y con mucha información.
Damian esperó las lágrimas, el drama tradicional o las explicaciones caóticas habituales. Sin embargo, lo que vio lo dejó helado.