Lazos De Sangre Y Tiempo

CAPITULO 2

DESEOS BAJO LA ARMADURA DE HIELO.

La puerta del penthouse se cerró con un clic electrónico que resonó como un disparo en el silencio de la habitación.

Damián se quedó inmóvil en medio de la sala. Sus ojos grises, fijos en el umbral vacío, tardaron varios segundos en parpadear. El aroma a sándalo de su propio perfume se mezclaba con el rastro sutil, casi imperceptible, del perfume de rosas que Alexia siempre usaba. Un rastro que ahora parecía desvanecerse en el aire acondicionado.

  • ¿Qué demonios acaba de pasar? - murmuró para sí mismo, tratando de darle sentido a lo sucedido.

Dejó caer el vaso de whisky nuevamente sobre la mesa de noche con demasiada fuerza, haciendo que el líquido ámbar salpicara el cristal. Su mente, usualmente una máquina perfecta de fría lógica empresarial, se negaba a procesar la escena. Esperaba gritos, esperaba que ella se le colgara del cuello, que llorara, que le jurara amor eterno mientras intentaba deslizar las tiras de ese vestido por sus hombros.

El vestido.

Damián apretó los dientes y se pasó una mano por el rostro, frustrado al sentir una punzada ardiente y puramente física que nacía en su vientre. Intentó negar el reflejo pero su cuerpo no respondía a las órdenes de su mente. La imagen de Alexia acostada en su cama y luego de pie junto a la cama se grabó a fuego detrás de sus párpados.

Ya no era la niña ruidosa que lo perseguía en los cócteles benéficos, ya no era la adolescente delgada y de mirada suplicante que él se había esmerado en ignorar durante años, ni la jovencita que hacía escenas cuando lo encontraba con alguna mujer. La naturaleza había sido devastadoramente generosa con ella en los últimos meses.

El slip dress de seda roja no había dejado nada a la imaginación. El tejido, traslúcido y traicionero bajo las luces LED del techo, aquella pieza se amoldaba a unas curvas que Damián no recordaba o mejor dicho no se había dado cuenta que existian. Su pecho, generoso y firme, subía y bajaba con una respiración agitada que él, en su momento, juzgó como astucia y seducción barata. Sus caderas se dibujaban perfectas bajo la tela y su cintura parecía lo suficientemente estrecha como para ser rodeada por sus dos manos, y su trasero era redondo y del tamaño que a él le gustaba.

Una punzada de posesividad salvaje lo asaltó al recordarla. Su mente, traicionera, empezó a proyectar la escena que no ocurrió, se imaginó a sí mismo atrapándola contra el colchón, deslizando sus manos grandes y firmes sobre la calidez de ese pecho expuesto, sintiendo el contraste de su piel suave contra la rudeza de sus palmas. Se imaginó encajándose entre sus muslos, descubriendo cómo cada línea de la anatomía de Alexia, ahora peligrosamente madura parecía diseñada matemáticamente para amoldarse a la suya, sin dejar un solo espacio vacío entre sus cuerpos

Había sentido una reacción violenta e inmediata en el mismo instante en que la vio tendida en la cama perdida en sus pensamientos pero al salir de entre sus sábanas una reacción repentina lo obligó a tensar la mandíbula y a mantener la distancia, agradeciendo internamente que los pliegues de su pantalón disimularan el impulso salvaje de un depredador que ve a su presa acorralada. Por eso había atacado con palabras, por eso había usado el veneno de su voz para ocultar que, por primera vez Alexia lo había perturbado físicamente.

  • Fue un maldito truco - siseó Damián, caminando hacia el enorme ventanal inteligente.

Abajo, las luces de la ciudad centelleaban a dieciocho pisos de altura. Buscó con la mirada el auto de ella salir o cualquier señal en la entrada de la torre, pero era inútil.

Lo que más lo irritaba no era la atracción física. Era su mirada.

Aquellos ojos que antes lo miraban con una devoción casi patética, hoy estaban vacíos. No había brillo, no había lágrimas, no había reproche. Cuando ella se puso el abrigo y se cubrió hasta el cuello, pareció como si se pusiera una armadura, transformándose en una extraña absoluta. Su tono de voz al decirle "Esto fue un error. No volverá a pasar" no había sido el de una rabieta de niña consentida. Había sonado a una sentencia final, a una renuncia absoluta.

Damián soltó una risa seca, carente de humor, mientras se desabrochaba los puños de la camisa blanca.

  • ¿Jugar a la indiferencia, Alexia? ¿Esa es tu nueva estrategia para llamar mi atención? - se preguntó en voz alta, aunque la sospecha no lograba calmar la extraña opresión que sentía en el pecho.

Caminó de regreso a la cama deshecha. Se sentó en el borde, justo donde ella había estado sentada segundos antes. El calor de su cuerpo todavía se conservaba en las sábanas, Damián cerró los puños, maldiciéndose a sí mismo por notar ese detalle, mientras la intriga comenzaba a devorarlo por dentro.

Alexia creía que podía entrar a su santuario, alterar su cuerpo de esa manera y simplemente pedir disculpas para desaparecer pero Damián no era un hombre que se dejara manejar por los capripchos de nadie y menos por los de esa chiquilla malcriada y consentida.

Si esto era un juego psicológico, ella acababa de cometer el error de despertar el interés del único hombre que nunca perdía.




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