EL JUEGO ABURRIDO
Respiro y se puso en marcha, los neumáticos del Porsche crujieron sobre la grava del sendero privado de la mansión, Alexia apagó el motor pero no bajó de inmediato. Se miró en el espejo retrovisor. Sus ojos, antes llenos de pánico por las secuelas de la bodega ahora reflejaban la frialdad de una lápida. Sabía que al cruzar esa puerta no encontraría un hogar, sino un nido de víboras listos para morderla.
Se ajustó el abrigo de lana negra, asegurándose de ocultar por completo el traslúcido vestido rojo de seda y bajó con calma del auto.
La imponente puerta de la mansión se abrió antes de que pudiera sacar sus llaves. En el umbral apareció Priscilla. Llevaba un suéter de cachemira rosa, holgado y angelical, que contrastaba perfectamente con su cabello rubio y su mirada cargada de una fingida y desbordante angustia. En su mano sostenía una taza de té humeante. Se veía exactamente como la dulce, frágil e inocente hermana mayor protectora que el mundo entero creía que era.
La voz de Priscilla temblaba con una devoción tan perfecta que cualquiera habría caído en la trampa. Fingía ser la mayor impulsora de ese matrimonio, alentando sutilmente la obsesión de Alexia para que siguiera humillándose ante el millonario y luego a solas se regocijaba de lo torpe que era.
En su vida pasada, Alexia se habría arrojado a esos brazos. Habría llorado sobre su hombro, confesándole cada detalle de su humillación en el penthouse, entregándole voluntariamente la munición que Priscilla usaría después para destruirla ante él. Habría tomado ese té, sin saber que estaba alterado con sedantes y sicotrópicos potentes para hacerla lucir errática, incoherente y violenta ante su padre a la mañana siguiente.
Esta vez, Alexia no se movió.
Cuando Priscilla se acercó, Alexia simplemente levantó una mano, deteniéndola en seco a un metro de distancia. El gesto fue tan frío, aristocrático y preciso que Priscilla se congeló, parpadeando con genuina confusión. La calidez simulada en su rostro flaqueó por una fracción de segundo.
Priscilla se quedó muda. La taza de té tembló levemente en sus manos, haciendo que un par de gotas calientes salpicaran el suelo.
Priscilla la observó en silencio, con el corazón acelerado debajo de su suéter, buscó desesperadamente alguna señal de quiebre, alguna lágrima que delatara una mentira pero no encontró nada. La Alexia que tenía enfrente parecía tallada en piedra.
La trampa que Priscilla había preparado meticulosamente para la mañana siguiente, la filtración a la prensa del escándalo en el penthouse para forzar a Damián a reaccionar con odio se estaba desmoronando antes de empezar. Si Alexia renunciaba públicamente a él y no mostraba histeria, el plan de hacerla pasar por una loca acosadora e inestable ante su padre y el clan Miller ya no funcionaría.
Alexia dio un paso hacia el interior del vestíbulo, obligando a Priscilla a retroceder de manera instintiva por el aura imponente que emanaba de su hermana. Al pasar por su lado, Alexia se inclinó levemente hacia su oído, manteniendo esa infranqueable distancia psicológica que ahora las separaba.
Sin esperar una respuesta y dejando a Priscilla completamente pálida, temblorosa y petrificada en medio del recibidor, Alexia subió las escaleras a paso firme.
No hubo confrontación caótica, no hubo gritos, no hubo lágrimas. Solo una retirada táctica que dejaba a su enemiga con un plan perfecto... pero sin una presa a la cual cazar.