VENENO EN LAS REDES
La puerta de la planta alta se cerró, dejando el recibidor de la mansión en un silencio sepulcral.
Priscilla se quedó inmóvil junto a la consola de mármol. El té, ya tibio, tembló tanto en sus manos que unas gotas oscuras salpicaron el suelo pulido. La máscara de dulzura, fragilidad e inocencia que con tanto esmero había perfeccionado durante años se desmoronó por completo en la soledad del vestíbulo, revelando una mueca de pura incredulidad, desprecio y rabia.
Los ojos de Priscilla se entrecerraron, inyectados en una fría furia, esa no era Alexia, la chiquilla torpe que se dejaba llevar por todo lo que ella decia.
La Alexia que ella conocía e instrumentaba era impulsiva, patética, una marioneta emocional que lloraba en las esquinas cada vez que Damián Miller ignoraba sus mensajes o la humillaba públicamente pero la mujer que acababa de subir las escaleras la había mirado desde una altura moral que no le correspondía. Peor aún, la había descubierto. "Sé perfectamente cómo lo miras cuando crees que nadie te está observando". Esas palabras resonaban en su cabeza como un eco maldito, directo e intolerable.
Priscilla dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco que casi quiebra la porcelana. El pánico comenzó a mezclarse con su furia. Su plan maestro para la mañana siguiente dependía por completo de que Alexia armara un escándalo, de que su padre la viera como una demente acosadora y de que Damián la despreciara públicamente por meterse en su cama y aseverar que habían dormido juntos.
Si Alexia realmente se retiraba del juego y guardaba silencio, Priscilla se quedaba sin el escudo humano que usaba para ocultar sus propias ambiciones. Sin Alexia haciendo el ridículo, todos los ojos de la alta sociedad y de su familia se posarían sobre ella.
Se sentó frente a su tocador de diseño, encendió su computadora portátil y sacó su teléfono celular, sus dedos volaron sobre la pantalla con una agilidad perversa. Si Alexia planeaba cambiar de estrategia, jugar a la digna y madurar de la noche a la mañana, ella le destruiría la dignidad antes del amanecer. No iba a permitir que se saliera del guion que ya le había escrito.
Buscó en su galería oculta las imágenes que el detective privado al que ella misma le pagaba con fondos de la empresa familiar, le había enviado esas imágenes hacía apenas una hora, fotos nítidas de Alexia entrando y saliendo de la torre residencial de Damián en mitad de la noche, con el abrigo largo de lana negra y el rostro pálido bajo las luces frías de la calle.
Marcó un número de marcado rápido. Al tercer tono, una voz masculina y rasposa respondió al otro lado de la línea.
Priscilla colgó el teléfono y lanzó el aparato sobre la cama. Una sonrisa retorcida, macabra y triunfal cruzó sus labios mientras se cruzaba de brazos, saboreando la destrucción inminente de su hermana.
Alexia creía que podía retirarse del tablero por voluntad propia y dejarle el camino libre como si fuera un acto de caridad aristocrática. No entendía que Priscilla no quería sus sobras, quería verla destruida, despojada de su apellido, de su herencia, de su cordura y de su propia vida.