EFECTO ECLIPSE
El bajo de la música electrónica reverberaba en el suelo de cristal del Club Eclipse, el lugar más exclusivo e inaccesible para la élite de la ciudad. El sol de la tarde caía sobre la terraza descubierta, iluminando la mesa VIP que Alexia había reservado. Las miradas de los presentes se desviaban de forma inevitable hacia ella. La alta sociedad esperaba ver a una mujer escondida, destrozada por los crueles titulares de los tabloides matutinos. En su lugar, se encontraron con un espectáculo imponente que sonreia y que hasta el cielo temblaba con sus movimientos.
Alexia lucía el minivestido plateado de Versace con una soltura magnética, reía de buena gana con sus amigos, sosteniendo una copa de champaña Dom Pérignon. No había rastro de timidez, ni una pizca de la sumisión patética que la había caracterizado por años.
Sus amigos vitorearon, asombrados por su radical transformación. Mateo, uno de sus compañeros más cercanos de la facultad, sacó su teléfono con una sonrisa cómplice.
Alexia no esquivó el lente. Miró fijamente a la cámara, guiñó un ojo con absoluta picardía y capturó un breve video donde se le veía radiante, feliz y completamente desinteresada del drama mundial. En la esquina del encuadre, escribió un texto corto y punzante antes de subirlo directamente a sus historias públicas.
"Almuerzo con los de siempre. La vida es demasiado corta para perder el tiempo con entretenimientos aburridos. 😉✨" .
A varios kilómetros de allí, en el piso más alto de las oficinas centrales de Industrias Miller, el ambiente era glacial.
Damián Miller estaba sentado detrás de su imponente escritorio de caoba. Su mirada gris e implacable estaba fija en la pantalla de su teléfono, donde el video de Alexia se reproducía en bucle. Su mandíbula estaba tan tensa que un músculo en su mejilla vibraba de pura contención.
Había pasado toda la mañana furioso, lidiando con su equipo de relaciones públicas por culpa del escándalo mediático que lo vinculaba a ella. Esperaba que Alexia lo llamara llorando, que apareciera en su oficina rogando por su perdón o afirmando que la prensa había malinterpretado su visita nocturna. Estaba listo para destruirla verbalmente y recordarle sus límites tras haber orquestado, según su lógica, semejante circo publicitario.
Pero ella nunca llamó. Y ahora, esto.
Damián observó el vestido plateado que se amoldaba a las curvas de Alexia, la forma en que el tejido reflejaba la luz del sol y la sonrisa genuina, sensual y desprovista de dolor que exhibía ante sus amigos. Una punzada violenta, ardiente y completamente irracional de celos le perforó el pecho al ver la mano de Mateo posarse casualmente sobre la cintura de ella durante el brindis.
Cerró el puño con tanta fuerza que sus nudillos crujieron. Ella se había metido en su cama la noche anterior, lo había mirado con ojos vacíos, le había pedido disculpas con una frialdad aristocrática y ahora se exhibía ante el país entero divirtiéndose, tratándolo públicamente como si la noche anterior hubiese sido un error irrelevante. Estaba convencido de que todo esto era una elaborada y retorcida estrategia de Alexia para llamar su atención tras el escándalo que ella misma había provocado.
La mezcla de furia, desconcierto psicológico y una atracción posesiva que se negaba a admitir lo dominaron por completo. No iba a quedarse sentado esperando a que su equipo de relaciones públicas manejara la situación, ni iba a permitir que ella jugara a la indiferencia después de haber alterado su paz y su cuerpo de esa manera.
Se puso el saco de su traje a medida con un movimiento rápido y elegante, tomó las llaves de su auto y salió de su oficina con pasos firmes que hicieron eco en el pasillo.
Su destino estaba claro. Iría directamente al Club Eclipse a confrontar a Alexia Sterling, a arrancarle esa maldita sonrisa plateada de los labios y a recordarle que nadie jugaba con Damián Miller, pero sobretodo a alejar esa mano de su cintura.