LA SEGUNDA TRAMPA
En la opulencia de su habitación, Priscilla Sterling caminaba de un lado a otro como un animal enjaulado. Tenía la tableta entre las manos y la pantalla reflejaba la historia de Instagram que Alexia acababa de subir desde el Club Eclipse. Ver a su media hermana sonreír con tanta frescura, luciendo aquel espectacular Versace plateado y bebiendo champaña costosa, le provocaba una bilis amarga que no podía contener.
El plan original se estaba saliendo por completo de su control. Toda la mañana había esperado escuchar los gritos de Alexia, los sollozos encerrada en su cuarto o el llanto suplicante frente a su padre. La nota de espectáculos ya tenía miles de comentarios y burlas despiadadas en internet. El país entero se reía de la heredera Sterling, tildándola de "desechada" ¿Por qué Alexia no estaba llorando como siempre? ¿Por qué se comportaba como si el escándalo mediático fuera un simple chiste de mal gusto?
Priscilla apretó los dientes, devorada por la envidia. No toleraba la nueva seguridad que emanaba de Alexia, ni esa mirada fría e indiferente que la hacía ver inalcanzable y perfecta.
Tomó su teléfono personal y buscó nuevamente el número de Fabián. No iba a permitir que Alexia utilizara el Club Eclipse como un refugio de dignidad. Si su hermana no se rompía en la privacidad de la mansión, la rompería en público, frente a sus amigos de la universidad y bajo el flash inclemente de los paparazzis.
El periodista respondió casi de inmediato, aún saboreando las mieles del tráfico digital que la primera nota le estaba generando.
Al otro lado de la línea, se escuchó el crujido de una silla y el tecleo rápido de una computadora. El instinto periodístico de Fabián se encendió.
Fabián soltó una carcajada ronca, anticipando el caos mediático del año.
Lanzó el teléfono sobre las sábanas y regresó frente al espejo de su tocador. Su respiración era agitada pero la adrenalina de la maldad le devolvió la compostura. Se arregló un mechón de su cabello rubio y recuperó esa expresión angelical y desvalida que usaba frente al mundo.
Alexia creía que un vestido caro y un par de frases cínicas la salvarían del infierno que le correspondía. No entendía que Priscilla no se detendría hasta verla completamente sepultada bajo el fango del desprecio público.
Mientras tanto, en las calles de la ciudad, dos fuerzas destructivas avanzaban hacia el mismo punto, los reporteros hambrientos de escándalo enviados por Priscilla y un Damián Miller cegado por una posesividad implacable que se negaba a comprender. El Club Eclipse estaba a punto de convertirse en el epicentro de una tormenta de la que Alexia, esta vez, no planeaba huir.