EMBOSCADA EN EL ECLIPSE
El ambiente festivo de la terraza VIP comenzó a diluirse cuando Alexia notó los primeros movimientos extraños en la entrada del Club Eclipse. Los guardias de seguridad del búnker de los millonarios discutían alterados por sus transmisores, intentando contener un alboroto que crecía como una marea en la entrada principal.
Gracias a los recuerdos de su trágica vida pasada, Alexia reconoció el patrón de inmediato. Sabía perfectamente cómo operaba la prensa amarillista cuando Fabián recibía una propina generosa de Priscilla.
Mateo y los demás parpadearon, confundidos pero antes de que pudieran preguntar, el sonido de los primeros flashes fotográficos y los gritos de los reporteros rompieron la música del lugar. Rompiendo todo protocolo, un grupo de paparazzis lograba colarse por el acceso lateral del estacionamiento privado, apuntando sus lentes directamente hacia la mesa de la heredera Sterling.
Los flashes estallaron en ráfaga, buscando capturar la imagen de una Alexia humillada, llorando o cubriéndose el rostro con pánico, tal como Priscilla había planeado desde su habitación.
Sin embargo, Alexia caminá hacia la salida con paso firme y la barbilla en alto. Sus ojos oscuros, ocultos tras las gafas de sol, no vacilaron. Sus amigos intentaron formar una barrera humana para protegerla, pero el caos en el pasillo del club era total. Justo cuando Alexia empujó la puerta de vidrio que conectaba la terraza con el vestíbulo principal para buscar su auto, el espacio se congeló.
La prensa se silenció por una fracción de segundo antes de estallar en un frenesí aún mayor.
Damián Miller acababa de cruzar el umbral del vestíbulo.
Se veía imponente, envuelto en una energía oscura y peligrosa que hizo retroceder a los reporteros por puro instinto de supervivencia. El saco de su traje Tom Ford estaba perfectamente abotonado, pero sus ojos grises eran tormentas de hielo fijos exclusivamente en una sola persona, Alexia. Su presencia allí, en mitad del día y en un club de espectáculos, era un evento sin precedentes para el frío y calculador CEO.
Damián ignoró las cámaras por completo. Dio tres pasos largos y firmes, cortando la distancia con Alexia hasta quedar a escasos centímetros de ella. Su fragancia a sándalo inundó el espacio, un aroma que por diez años había significado terror para ella pero que ahora solo le provocaba una profunda indiferencia.
Alexia no retrocedió ni un milímetro. Sostuvo la mirada implacable del hombre que en otra línea temporal había sido su verdugo y esbozó una sonrisa helada que descolocó por completo al millonario.
Damián frunció el ceño, sus ojos grises se entrecerraron con genuino desconcierto ante la acusación directa y la desconcertante falta de miedo en la mujer que antes temblaba por un segundo de su atención.
Antes de que Damián pudiera procesar sus palabras o sujetarla del brazo para exigirle una explicación, Alexia dio un paso lateral con una agilidad impecable, esquivándolo por completo ante las cámaras de todo el país.
Intentó avanzar hacia los ascensores pero la prensa, hambrienta de sangre y azuzada por la aparente humillación de la heredera, reaccionó con una violencia inesperada. En un movimiento coordinado y caótico, un grupo de reporteros y camarógrafos cerró filas a su alrededor, formando un cerco humano infranqueable. Los micrófonos casi golpeaban su rostro y los flashes cegadores se encendían a centímetros de sus ojos.
Las acusaciones venenosas flotaban en el aire, idénticas a las mentiras que Priscilla había dictado por teléfono. Los periodistas la presionaban de manera hostil, esperando el colapso, el llanto o el manotazo histérico que confirmara su supuesta inestabilidad mental ante las pantallas de televisión que transmitían en vivo.