LA FACTURA DEL TIEMPO OLVIDADO
El aire de la medianoche se sentía denso a la salida de L’Éclipse Doré, el restaurant bar privado donde Alexia y sus amigos habían extendido la celebración. La adrenalina de la tarde se había transformado en una calidez flotante, azuzada por las copas de champaña y los cocteles que había tomado. Caminaba hacia la acera con una risa ligera que compartía con Mateo, sosteniendo sus tacones de aguja en una mano y pisando el frío pavimento descalza, con el minivestido plateado brillando bajo los faroles de la calle.
Antes de que el chofer de su Porsche pudiera arrimar el vehículo a la acera, un imponente sedán negro se cruzó en el camino, bloqueándole el paso de forma abrupta.
La puerta trasera se abrió con violencia y de ella bajó Damián Miller, su saco Tom Ford estaba desabotonado y la corbata ya no estaba, pero su presencia seguía destilando esa peligrosa y gélida autoridad corporativa. Sus ojos grises, fijos en las manos de Mateo que sostenían el abrigo de Alexia, centellearon con una posesividad salvaje.
Sus amigos se retiraron con reticencia, dejándolos en la penumbra de la acera exclusiva, Damián avanzó de inmediato, acorralándola contra la carrocería de su propio vehículo en movimiento, cerrando el espacio entre sus cuerpos de una manera que pretendía ser intimidante. El aroma a sándalo de su perfume la rodeó, activando los reflejos condicionados de su memoria.
Alexia sintió la presión en su muñeca pero en lugar de encogerse de miedo como el reflejo de sus diez años de tortura le dictaba, soltó una carcajada limpia, melodiosa y carente de cualquier pizca de respeto. Se inclinó levemente hacia él, permitiendo que el calor de su respiración impregnada de champaña rozara la barbilla del magnate.
Alexia dejó de sonreír de golpe, la calidez del alcohol pareció evaporarse por un segundo, sustituida por una sombra de profunda melancía y un dolor antiguo que Damián no fue capaz de descifrar. Sus ojos oscuros viajaron por las facciones perfectas del CEO, y en su mente se reprodujo una película de fantasmas.
Recordó el sótano frío de su otra vida, recordó pasar noches enteras mirando el calendario digital que él controlaba desde su sistema inteligente, esperando una visita, un plato de comida caliente o una sola palabra que nunca llegaba. Específicamente en esta fecha.
Damián frunció el ceño, desconcertado por el repentino cambio de atmósfera.
Damián se quedó mudo, una extraña e incómoda opresión le atenazó el pecho al ver la mirada desprovista de rencor pero llena de un cansancio histórico, con la que ella lo observaba.
En la línea temporal original, Alexia había pasado sus cumpleaños veintiuno, veintidós y los siguientes siete encerrada, llorando por la ausencia de un hombre que prefería pasar esas fechas organizando cenas benéficas con Angels Rose o revisando informes financieros, castigándola con el vacío absoluto de su indiferencia. Él jamás había recordado un solo cumpleaños de la mujer que decía amarle. Para el Damián del pasado, ella era solo un ruido de fondo molesto.
Sin darle tiempo a reaccionar, Alexia se dio la vuelta, abrió la puerta de su Porsche y subió al asiento trasero junto a Mateo. El auto deportivo arrancó de inmediato, perdiéndose en la fría neblina de la medianoche de la ciudad.