LOS DETALLES DE UNA SOMBRA
El reloj de pared de las oficinas de Industrias Miller marcaba las tres de la mañana pero Damián no había contemplado la posibilidad de dormir. Sentado detrás de su escritorio, la luz del monitor de su computadora era lo único que iluminaba la penumbra del gran despacho. En la pantalla de alta resolución se desplegaba la base de datos personal del conglomerado, específicamente el historial de gastos y la agenda corporativa de la última década.
Las palabras de Alexia en la acera de la medianoche seguían dándole vueltas en la cabeza como un eco persistente, ¿Cómo podrías recordarlo? Siempre has estado excelente celebrando mis fechas importantes en la más absoluta soledad".
Con la mandíbula tensa, Damián tecleó el nombre completo de ella en el buscador de su sistema de archivos.
Una lista detallada apareció de inmediato en la pantalla, Damián recorrió las entradas con los ojos entrecerrados. Año tras año, cada veinte de agosto, figuraba un regalo registrado a su nombre y cargado a sus tarjetas corporativas, un collar de diamantes de Tiffany & Co., un bolso de edición limitada de Hermès, un juego de pulseras de Cartier.
Damián frunció el ceño. Buscó los detalles de las órdenes de compra. En el apartado de "Especificaciones e Instrucciones Especiales", todas las solicitudes compartían la misma tipografía y el mismo remitente del sistema de mensajería interna, el correo de la señora Gina Grey, su secretaria ejecutiva principal desde hacía quince años.
No había una sola nota escrita a mano por él, ni una sola elección que hubiera pasado por sus ojos. Su secretaria simplemente ejecutaba un algoritmo automático de cortesía social cada año, detectar la fecha, revisar el presupuesto asignado a la familia Sterling y enviar una joya costosa con una tarjeta de felicitación impresa en la oficina. Damián se dio cuenta, con una punzada de fría incomodidad, de que ni siquiera habría podido decir de qué color eran las piedras del collar que supuestamente le había regalado a Alexia el día de hoy.
Abrió el archivo de su agenda personal de los últimos cinco años para revisar los días veinte de agosto.
El patrón era devastadoramente idéntico. En la columna de eventos, la anotación "Fiesta de cumpleaños de Alexia Sterling" aparecía siempre bloqueada en un espacio de tiempo ridículamente estrecho de 20:00 a 20:30 horas. Justo al lado del bloque de tiempo, la nota de su asistente recordaba de forma sistemática. "Asistencia obligatoria por relaciones institucionales con Arturo Sterling. Duración sugerida, 30 minutos. Salida discreta hacia la cena de negocios posterior".
Damián se reclinó en su silla de cuero, frotándose las sienes con frustración. La verdad se le presentaba desnuda en los registros digitales de su propia empresa. Él jamás había asistido a una fiesta de Alexia para celebrar su vida, asistía para estrechar la mano de Arturo, cumplir con el protocolo de la alta sociedad y marcharse antes de que sirvieran el pastel, ignorando el brillo de ilusión que se apagaba en los ojos de la joven cada vez que veía su camioneta negra alejarse de la mansión a mitad de la noche.
Para él, la devoción de Alexia había sido una constante tan obvia, un ruido de fondo tan asegurado, que se había permitido el lujo de tratarla con la más absoluta negligencia corporativa.
En su mente, la imagen de Alexia con el minivestido plateado y los zapatos en la mano, riéndose de él frente a sus amigos, cobró una fuerza peligrosa. Por primera vez, entendió que el cambio radical de la mujer no era una estrategia infantil para llamar su atención, sino el cansancio acumulado de una sombra que había decidido dejar de esperar a que su dueño la mirara. Y ahora que ella se alejaba, el vacío que dejaba su presencia comenzaba a devorar la paciencia del calculador CEO.
Cerró la computadora de un golpe seco, poniéndose de pie con una elegancia depredadora, si Alexia Sterling creía que podía cancelar mas de una década de devoción simplemente recordándole sus errores del pasado, estaba muy equivocada.
El interés de Damián Miller se había despertado por completo, y él no era un hombre que se conformara con perder el control de la situación.