LA PREGUNTA EQUIVOCADA
El sol de la mañana apenas comenzaba a teñir de dorado los rascacielos de la ciudad cuando Damián Miller presionó el intercomunicador de su escritorio. Su voz, un barítono seco y desprovisto de cualquier atisbo de fatiga a pesar de no haber dormido en toda la noche, cortó el silencio del área ejecutiva.
Menos de un minuto después, la puerta de doble hoja se abrió. Gina, su secretaria ejecutiva una mujer sumamente eficiente de cuarentena y ocho años, conocida por su discreción absoluta y su capacidad para anticipar cada movimiento corporativo del CEO entró con una tableta digital contra el pecho. Sus pasos sobre la alfombra de felpa negra eran mudos.
Gina parpadeó, extrañada por la interrupción, pero obedeció de inmediato. Colocó el dispositivo sobre la caoba pulida y se entrelazó las manos al frente, esperando las habituales directrices implacables sobre fusiones de empresas o recortes de presupuesto.
Damián guardó silencio durante unos largos y tensos segundos. Se pasó una mano por la barbilla, donde una sombra de barba de veinticuatro horas delataba su falta de descanso y finalmente se giró para clavar sus ojos grises en su empleada.
El rostro de Gina se congeló.
Por lo general, la secretaria era una estatua de profesionalismo pero la naturaleza de la pregunta, sumada al brutal escándalo televisado del Club Eclipse que todo el país había presenciado la tarde anterior, hizo que sus barreras colapsaran. Sus cejas se elevaron al máximo y sus ojos se abrieron de par en par. La sorpresa fue tan mayúscula que abrió la boca sutilmente, conteniendo un jadeo. Su jefe, el témpano de hielo corporativo que medía la vida en márgenes de ganancia, estaba pidiendo consejos de romance juvenil a las ocho de la mañana.
Damián arqueó una ceja y una chispa de fría advertencia brilló en sus pupilas grises ante la evidente reacción de la mujer.
La secretaria respiró hondo, obligando a su mente a trabajar rápido. Sabía perfectamente para quién iba dirigida la consulta. Todo el equipo de la oficina había visto a la señorita Alexia Sterling reducir al CEO a una "figura paternal aburrida" en cadena nacional.
Damián se quedó en silencio, procesando cada palabra de su secretaria. La factura digital que había revisado de madrugada cobró un peso aún más real en su mente. Él nunca le había dado autenticidad a Alexia, le había dado transacciones.
En la soledad de la oficina, Damián Miller apretó los puños. Las palabras de Gina se sumaron al veneno plateado de Alexia. El CEO no sabía cómo dar autenticidad, pero su orgullo y su naciente obsesión no le permitirían rendirse. Si Alexia Sterling quería atención exclusiva, él iba a desplegar toda la maquinaria de su poder para dársela, sin sospechar que la nueva Alexia ya no estaba interesada en comprar ninguna de sus promesas.