EL PRECIO DE LA ATENCIÓN
El murmullo habitual del campus de la Universidad Metropolitana se vio interrumpido de golpe a las once de la mañana. Los estudiantes que salían de la facultad de administración y diseño se detuvieron en seco al ver una imponente camioneta negra blindada estacionada justo frente a la escalinata principal, flanqueada por dos hombres de traje y lentes oscuros.
Para un hombre como Damián Miller, el tiempo se medía en millones de dólares. Hacía apenas una hora, sus asesores legales lo esperaban en la sala de juntas para la firma del contrato de fusión con un gigante tecnológico europeo. Era una operación multimillonaria que llevaba meses planificándose. Sin embargo, Damián simplemente se había puesto el saco de su traje y había mirado a su asistente a los ojos, "Cancele la firma. Pospóngala para la próxima semana".
Gina no había podido disimular una mueca de asombro. Su jefe acababa de romper una regla de oro de su propio imperio por primera vez en su vida. Todo para aplicar el consejo que ella misma le había dado al amanecer.
Alexia bajaba las escaleras del edificio principal charlando y riendo con Mateo cuando sus ojos oscuros captaron la escena. Detrás de sus gafas de sol, su mirada y su risa se enfrió de inmediato. Reconoció el vehículo al instante.
La puerta trasera se abrió y Damián Miller bajó. Ya no vestía el traje formal de oficina, llevaba una camisa de lino blanca con los puños arremangados y pantalones oscuros, dándole un aire inusual de informalidad que, lejos de restarle autoridad, acentuaba su imponente físico. Sus ojos grises barrieron el lugar, ignorando los murmullos de los estudiantes y se clavaron directamente en ella.
Mateo dio un paso al frente por instinto, pero Alexia colocó una mano en su pecho, deteniéndolo. Miró al CEO con una ceja arqueada, divertida por la tremenda audacia del hombre.
Damián esperaba ver una chispa de la antigua ilusión en los ojos de Alexia, recordaba vagamente que cuando ella tenía dieciséis años, había mencionado en una cena familiar que su sueño más grande era que él la llevara a navegar sola en el mar, un deseo que él simplemente desechó en su momento como una tontería de adolescente. Estaba seguro de que este detalle personalizado, esta muestra de atención exclusiva y auténtica, derretiría su armadura de hielo.
Alexia se quedó en silencio unos segundos, procesando la información. En su mente, el eco de su vida pasada dolió con una ironía aplastante. Pasó diez años suplicando por un minuto de su atención en aquel sótano oscuro, rezando para que él dejara sus malditos negocios por un segundo para mirarla como a un ser humano y ahora, cuando ya estaba muerta por dentro y de regreso en el tiempo, el gran Damián Miller cancelaba contratos multimillonarios para llevarla a un deseo de adolescencia, a pasear en velero.
Qué payasada tan trágica.
Alexia soltó una risa suave, carente de cualquier emoción y se retiró las gafas de sol para mirarlo fijamente a los ojos. En sus pupilas oscuras solo había un vacío absoluto que congeló la confianza del magnate.
Damián se tensó por completo, sintiendo que el aire se le atoraba en los pulmones. Las palabras de la joven le calaron más hondo que cualquier pérdida financiera.
Sin darle la más mínima oportunidad de replicar, Alexia se dio la vuelta y caminó de regreso hacia el edificio de la universidad junto a Mateo, dejando a Damián Miller plantado en mitad del campus. El magnate tecnológico contempló su espalda alejarse, rodeado por las miradas de docenas de estudiantes, experimentando por primera vez el amargo sabor del rechazo absoluto. El consejo de Gina había fallado porque Damián no entendía que el tiempo perdido no se puede comprar con arrepentimientos de última hora y su obsesión acababa de cruzar el punto de no retorno ante el rechazo de la joven.