EL PRECIO DEL DERRUMBE
El ambiente en el gran salón de la mansión Sterling era de un pánico absoluto, Arturo Sterling caminaba de un lado a otro, con el rostro desencajado y la respiración entrecortada, sosteniendo un fajo de notificaciones bancarias impresas a toda prisa. Las pantallas de sus teléfonos no paraban de parpadear con alertas rojas de fondos congelados y líneas de crédito revocadas.
A su lado, Priscilla avivaba el fuego con lágrimas de cocodrilo y una voz cargada de una falsa desesperación que solo buscaba salvar su propio pellejo.
La puerta principal del salón se abrió y Alexia ingresó con una parsimonia que contrastaba violentamente con el caos del lugar. Llevaba su computadora portátil bajo el brazo y una expresión de absoluta indiferencia en el rostro. Sabía exactamente lo que se encontraría, el manotazo financiero de Damián era un movimiento que ya había previsto basándose en la naturaleza posesiva y controladora del magnate.
Al verla entrar tan calmada, Arturo estalló. La vena de su frente se inflamó, inyectada en una furia ciega y arrojó los papeles sobre la mesa de centro con un golpe seco.
Alexia se detuvo en mitad del salón, cruzándose de brazos sin que un solo músculo de su rostro flaqueara ante los gritos de su padre. Priscilla, oculta detrás del hombro de Arturo, le dirigió una mirada de triunfo y desprecio, convencida de que finalmente la vería caer.
Alexia miró a su padre. Por un segundo, la imagen del anciano furioso se mezcló con los recuerdos de su vida pasada, cuando él mismo la había entregado a Damián sin hacer preguntas, ignorando sus súplicas de auxilio durante diez años con tal de mantener las apariencias y las acciones de la empresa a flote. Arturo Sterling nunca había sido un padre, era un comerciante que veía a sus hijas como activos negociables.
Una sonrisa gélida y enigmática dibujó los labios de Alexia. Guardó silencio, clavando sus ojos oscuros en una Priscilla que saboreaba la aparente sumisión de su hermana.
Arturo respiró con un alivio amargo, creyendo que su autoridad había funcionado. Priscilla sonrió, imaginando la humillación de Alexia rogando en el despacho del magnate. Lo que ninguno de los dos sospechaba era que Alexia no iba a suplicar por el dinero de la familia, iba a usar la desesperación de Damián y la asfixia financiera de su padre como la coartada perfecta para ejecutar su golpe maestro y desaparecer legalmente del mapa familiar para siempre.