EL ECO DE LAS CADENAS INVISIBLES
El Porsche de Alexia se detuvo frente a la imponente estructura de cristal y acero de las oficinas centrales de Industrias Miller. El rascacielos se alzaba hacia el cielo como un monumento al poder absoluto de su dueño. Al bajar del vehículo, el viento de la tarde agitó su abrigo negro, pero esta vez no había prisa en sus pasos.
Al cruzar las puertas giratorias del vestíbulo principal, el lujo minimalista del lugar la recibió con su habitual fragancia a sándalo y tecnología. En su vida pasada, cegada por la obsesión y el deseo desesperado de ver a Damián, Alexia habría corrido directamente hacia el ascensor privado, burlando la seguridad o armando un escándalo para que la dejaran subir al piso ejecutivo.
Esta vez, caminó con una parsimonia aristocrática hacia el gran mostrador de mármol de la recepción.
La empleada parpadeó con sorpresa, reconociendo el rostro que había dominado las tendencias digitales tras el escándalo del Club Eclipse. Tecleó rápidamente en su sistema y tras una breve confirmación, asintió con cortesía.
Se dio la vuelta y caminó hacia los suntuosos sillones de cuero negro de la sala de espera del vestíbulo. Se sentó cruzando las piernas con elegancia, colocando su computadora portátil sobre el regazo. Sin embargo, en el instante en que su cuerpo se acomodó en el asiento, una violenta descarga de adrenalina residual le recorrió la espina dorsal.
Un temblor imperceptible comenzó a apoderarse de sus manos. Alexia apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas para anclarse al presente pero el temblor no cedió. Al contrario, se intensificó. Los efectos residuales de su anterior vida empezaron a colarse en sus huesos con una fuerza devastadora.
Los fantasmas de su otra existencia la asaltaron con una nitidez aterradora. Recordó que en los últimos años de su confinamiento, este mismísimo vestíbulo se había convertido en un territorio prohibido, un lugar vetado para ella. Recordó la vez que logró escapar de la bodega subterránea, descalza, con la ropa sucia y la mente rota, solo para arrastrarse hasta este mostrador buscando a su esposo, suplicando que detuviera la tortura.
Recordó la mirada de asco de los guardias de seguridad de Damián, las risas burlonas de los empleados y cómo la habían arrastrado hacia la calle como si fuera basura viviente, bajo las órdenes directas de un memorándum ejecutivo que prohibía su entrada al edificio para "proteger la reputación de la empresa". Damián la había borrado de su mapa mucho antes de dejarla morir en la oscuridad.
El aire pareció congelarse en sus pulmones. Su respiración se volvió errática, corta y ruidosa. El sudor frío empapó su cuello y sus párpados comenzaron a vibrar. Intentó teclear en su computadora pero sus dedos, rígidos por el pánico ciego que el trauma psicológico le imponía, no obedecieron. La armadura de hielo que con tanto esmero había construido desde su regreso al pasado se estaba agrietando bajo el peso de un cuerpo que recordaba demasiado bien lo que era sentir el dolor.
Desde el mostrador, la recepcionista no había apartado la mirada de ella. La curiosidad inicial por ver a la celebridad del momento se transformó rápidamente en una profunda alarma. La empleada notó la palidez extrema de Alexia, cómo su pecho subía y bajaba con violencia y el temblor violento que sacudía sus hombros mientras se aferraba a la laptop como si fuera un salvavidas en mitad de un naufragio. Aquello no era un berrinche de una niña consentida, era el colapso absoluto de alguien que parecía estar frente a su peor pesadilla.
Sin dudarlo un segundo, la recepcionista descolgó el teléfono de la línea interna y marcó directo a la oficina del CEO, saltándose todo el protocolo habitual de la asistente ejecutiva.
Al tercer tono, la voz profunda y tensa de Damián Miller resonó en el auricular.
Al otro lado de la línea, el silencio de Damián fue breve pero cargado de una súbita y violenta tensión. El crujido de su silla de cuero delató que se había puesto de pie de golpe.
En el vestíbulo, Alexia cerró los ojos, luchando una batalla invisible contra los recuerdos de las cadenas y el sótano, sin saber que su propio cuerpo moribundo del pasado acababa de romper el tablero de ajedrez y que Damián Miller bajaba a su encuentro, no como el acreedor implacable que pretendía ser, sino consumido por una angustia que no lograba comprender.