EL DERRUMBE DE LA FACHADA
Las puertas del ascensor privado de la planta ejecutiva se abrieron con un siseo metálico y violento en la planta baja, Damián Miller emergió del cubículo como una fuerza de la naturaleza fuera de control. El saco de su traje estaba abierto y sus pasos firmes y apresurados resonaron con fuerza sobre el mármol pulido del vestíbulo.
Los empleados de la entrada principal, acostumbrados a ver en su CEO a un hombre de una parsimonia y frialdad calculadas, se congelaron en sus puestos. Damián jamás bajaba al vestíbulo cadi corriendo y con esa expresión de descarnada urgencia que le endurecía las facciones y oscurecía sus ojos grises.
Ignorando las miradas atónitas de su personal, los ojos de Damián barrieron el gran espacio minimalista hasta que se clavaron en los sillones de cuero negro de la sala de espera.
Allí estaba ella.
El corazón de Damián dio un vuelco violento al verla. La Alexia imponente que lo había rechazado en la universidad y que se había burlado de su reputación en la televisión nacional había desaparecido. En su lugar, la joven se encontraba encogida sobre el asiento, aferrando su computadora portátil contra el pecho con una fuerza sobrehumana. Su rostro estaba completamente pálido, casi translúcido bajo las luces del techo y sus hombros se sacudían bajo el abrigo negro debido a un temblor violento que nacía desde lo más profundo de sus huesos.
Se arrodilló frente a ella sobre el frío suelo rompiendo todo protocolo, etiqueta o decoro corporativo frente a las docenas de empleados que presenciaban la escena con la boca abierta. Extendió sus manos grandes y firmes para tomarla por los hombros, pero en el instante en que sus palmas hicieron contacto con la tela de su abrigo, Alexia soltó un ahogo ruidoso, un gemido de puro terror residual que le heló la sangre al magnate.
Damián se tensó por completo, sintiendo que un cuchillo de culpa irracional le perforaba el pecho. ¿Encerrarla? ¿A oscuras? El CEO no entendía a qué se refería, pero ver la mirada de absoluto pánico ciego que ella mostró al abrir sutilmente los ojos lo descolocó por completo. Aquello no era un berrinche ni una actuación para llamar su atención, era el colapso psicológico real de una mujer que parecía estar mirando a su mismísimo verdugo.
Pero el cuerpo de la joven no respondió. Sus dedos rígidos finalmente soltaron la computadora, que resbaló sobre la alfombra, y su cabeza cayó hacia atrás, sin fuerzas, consumida por la hiperventilación que le impedía meter oxígeno a los pulmones.
Damián no lo pensó dos veces, deslizó un brazo con firmeza por debajo de sus rodillas y el otro sosteniendo su espalda, y la levantó en vilo con una facilidad pasmosa. El cuerpo de Alexia se sintió peligrosamente ligero y vulnerable entre sus brazos, contrastando con la resistencia feroz que le había mostrado unas horas antes en la universidad.
Sin esperar respuesta, Damián caminó a paso rápido hacia su ascensor privado, cargando a Alexia contra su pecho. Podía sentir el calor de su piel a través de la seda de su vestido y el rítmico e irregular latido de su corazón desbocado contra sus propias costillas.
Las puertas del ascensor se cerraron, aislándolos del mundo exterior mientras ascendían a toda velocidad hacia el piso ejecutivo. Damián Miller apretó el cuerpo de la joven contra sí con una posesividad salvaje que ya no intentó ocultar. Había bajado al vestíbulo pretendiendo ser el acreedor implacable que la obligaría a suplicar por el dinero de su padre, pero ahora, mirándola inconsciente y rota en sus brazos, el magnate tecnológico se dio cuenta de que la única tregua que le importaba era la de descubrir qué demonios le había roto el alma a la mujer que alguna vez lo adoró con locura.