LA CEGUERA DEL CAZADOR
El murmullo del aire acondicionado central fue lo primero que devolvió a Alexia a la realidad. Abrió los ojos lentamente, encontrándose con el imponente techo artesonado y las maderas nobles que solo podían pertenecer al despacho principal de Industrias Miller. El pánico ciego que la había asfixiado en el vestíbulo había retrocedido, dejando en su lugar una pesadez amarga en los músculos y una claridad mental fría como la escarcha, tomo un respiro profundo enterrando ese miedo visceral que la había dominado horas antes
Al intentar incorporarse sobre el diván de cuero, descubrió que una manta oscura la cubría y que a escasos centímetros, Damián Miller la observaba.
El magnate estaba sentado en una silla de diseño, inclinado hacia el frente con los codos apoyados en las rodillas. Su saco seguía desabotonado y sus ojos grises, fijos en ella, brillaban con una intensidad sombría, cargada de una preocupación genuina que jamás había mostrado en su existencia anterior.
Alexia ignoró la advertencia. Se sentó en el borde del diván con movimientos pausados, apartando la manta con un desprecio sutil que no se molesto en ocultar. Se pasó una mano por el cabello, acomodándolo detrás de la oreja, y miró al CEO con una ceja arqueada.
Alexia se tensó por una fracción de segundos cuando los recuerdos de su vida pasada amenazaron con volver pero está vez estaba decidida a no darle nuevamente el poder de su fragilidad al hombre que la había destruido y se obligó a recuperar la compostura de inmediato.
Sus palabras le causaron gracia, y tuvo que reprimir una carcajada, él había reducido su trauma a una ironía trágica y casi divertida "Una celda de castigo" . Qué precisión la del médico, sin saber que describía exactamente el sótano donde este mismo hombre la dejaría agonizar bajo torturas sistemáticas años más tarde.
Damián se inclinó hacia ella y la preocupación en sus facciones se transformó en una furia protectora y peligrosa.
Alexia se quedó mirándolo en silencio. Contempló la indignación sincera de Damián, su deseo ciego de castigar a los culpables y su absoluta convicción de que la maldad provenía exclusivamente de la mansión Sterling.
Entonces, no pudo contenerlo más. Una carcajada limpia, amarga y demoledora escapó de sus labios, resonando en las cuatro paredes del suntuoso despacho. Se rió con tantas ganas que Damián retrocedió un paso, completamente desconcertado y ofendido por su reacción.
Alexia se puso de pie, alisando los pliegues de su vestido de Versace con una elegancia que lo hizo callar por el puro magnetismo de su presencia. Caminó hasta quedar a centímetros de él, obligándolo a sostener una mirada que ya no reflejaba a la niña de cinco años que lo idolatraba, sino a la mujer que había regresado del mismísimo infierno.
Damián abrió la boca para exigir respuestas, desconcertado por el enigma de sus palabras, pero Alexia levantó una mano, cortando sus intenciones en seco y cambiando el tono de la conversación a uno puramente corporativo.