LA MONEDA DE LA AUTENTICIDAD
Damián Miller se quedó inmóvil frente a ella, asimilando el tono transaccional y helado con el que acababa de tasarlo. La pregunta de Alexia, "¿Cuál es tu precio?", resonaba en las paredes de caoba como una bofetada a su orgullo. Él había congelado las cuentas de los Sterling para verla doblarse, para obligarla a necesitarlo como antes pero tenerla enfrente tratándolo como a un simple obstáculo financiero que se podía comprar lo hacía sentir peligrosamente desarmado.
El CEO dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que el aroma a sándalo de su piel volvió a rodearla. Sus ojos grises, fijos en la mirada imperturbable de Alexia, perdieron por completo la frialdad corporativa, sustituida por una fijeza ardiente y posesiva.
Alexia arqueó una ceja, sin moverse un solo milímetro.
"Quiero que seas la Alexia de siempre".
Al escuchar esa frase, un eco amargo y punzante golpeó las costillas de Alexia. El magnate tecnológico pedía de forma indirecta, a la niña ingenua que lo idolatraba desde los cinco años, estaba pidiendo a la mujer que se desvivía por una mirada suya, la que soportaba sus desprecios y la que en la otra línea temporal, terminó encerrada en un sótano por el pecado de amarlo demasiado. Damián Miller estaba negociando la supervivencia financiera de la familia Sterling a cambio de un fantasma que él mismo se había encargado de asesinar en otra línea temporal.
Una sonrisa ladina, cargada de una ironía devastadora que Damián no logró comprender, dibujó los labios de la joven.
Alexia estiró la mano, tomó su computadora portátil del escritorio y caminó hacia la puerta de doble hoja del despacho ejecutivo. Antes de tomar el pomo de la puerta se giró levemente, permitiendo que la luz de la tarde hiciera brillar el tejido de su vestido.
Las puertas se deslizaron con un siseo dejando a Damián Miller a solas en la inmensidad de su oficina. El magnate soltó el aire que no sabía que contenía, con el pecho agitado y una extraña victoria amarga entre las manos. Había conseguido su precio, tendría a Alexia para él no solo durante un día entero como había previsto antes la tendría a su merced todo el fin de semana, a solas para él únicamente. Sin embargo, la inquietante frialdad de su respuesta dejó en el aire una advertencia implícita, la cita no prometía el regreso de la niña sumisa que él recordaba, sino el inicio de un juego psicológico donde el cazador estaba a punto de descubrir el verdadero peso de su propia ceguera.