Lazos De Sangre Y Tiempo

CAPITULO 24

EL RITUAL DEL OCÉANO

El fin de semana llegó y con él, el amanecer sobre el muelle privado de la marina residencial era un espectáculo de tonos grises y azulados. Una neblina densa flotaba sobre el agua mansa, lamiendo la madera húmeda de los pantalanes. Amarrado al final de la pasarela exclusiva se encontraba el Aethelgard, un velero de regata de setenta pies diseñado en fibra de carbono negra y maderas exóticas, propiedad absoluta de Damián Miller.

Damián estaba de pie sobre la cubierta, vestía unos pantalones cortos oscuros y una sudadera ligera de color gris que se amoldaba a su torso. Sus ojos grises no se apartaban del acceso principal del muelle. El documento de desbloqueo temporal de las cuentas de Sterling Holdings ya estaba firmado y digitalizado en su tableta, listo para ser enviado en cuanto se cumpliera la primera hora del trato. El magnate tecnológico sentía una extraña agitación en el pecho, una mezcla de triunfo y una imperiosa necesidad masculina de recuperar el control sobre la mujer que lo había descolocado con su frialdad

A las seis en punto, el sonido rítmico y seco de unos tacones sobre la madera del muelle rompió el silencio de la mañana.

Damián alzó la vista y sus pupilas se contrajeron por el impacto.

Alexia no llegó vestida con la ropa cómoda, los shorts deportivos o las blusas románticas que solía usar cuando intentaba forzar una invitación a los viajes familiares de los Miller, tampoco traía el abrigo largo de lana que había usado como armadura el día anterior. Lucía un atuendo implacable, meticuloso y de una sofisticación madura que no correspondía a su edad, llevaba un enterizo de lino blanco de alta costura, de líneas arquitectónicas y un escote halter que revelaba la tersura de sus hombros y la línea perfecta de su espalda. Llevaba el cabello recogido en una coleta alta y tirante y unas gafas de sol de montura dorada que ocultaban por completo su mirada. En su mano derecha sostenía un bolso de mano minimalista y en la izquierda, una pequeña maleta de diseñador.

Caminó por la pasarela con la espalda erguida y la barbilla en alto, emanando un aura de realeza exiliada que parecía eclipsar la suntuosidad del velero negro.

Al llegar junto al Aethelgard, se detuvo. Con una parsimonia absoluta, se quitó los tacones de aguja, los guardó en su bolso y subió a la cubierta descalza, sin pedir ayuda y rechazando la mano extendida que Damián le ofrecía por cortesía con un sutil movimiento lateral de su cuerpo.

  • Buenos días, Miller - dijo Alexia, y su voz modulada sonó tan fresca y limpia como la brisa marina, desprovista de cualquier rastro de la crisis del vestíbulo - El clima es perfecto para navegar. Tienes un hermoso barco.

Damián bajó la mano, sintiendo una punzada de frustración ante el esquive táctico. La observó fijamente, buscando debajo de ese enterizo blanco a la niña sumisa que tanto ansiaba que regresará "sin máscaras ni muros".

  • Dijiste que vendrías sin defensas, Alexia - siseó Damián, y su voz profunda vibró con una advertencia velada mientras soltaba las amarras del muelle - Sin embargo, pareces una empresaria a punto de firmar una adquisición, no la mujer que conozco.

Alexia se acomodó en los asientos de piel de la popa, cruzando las piernas con una soltura magnética. Se retiró lentamente las gafas de sol, clavando sus ojos oscuros e indomables en el CEO. La mirada vacía seguía allí pero esta vez estaba sazonada con una serenidad absoluta que desarmó la prepotencia del magnate.

  • Este es tu problema, Damián. Sigues buscando un fantasma - respondió ella con una sonrisa enigmática que no llegó a sus ojos - Me pediste que viniera siendo la Alexia de siempre, la auténtica y esta es la versión más real que vas a obtener de mí. La niña ingenua que temblaba y rogaba por tu atención, que se amoldaba a tus silencios murió en una noche muy fría. La mujer que está sentada en tu barco no tiene muros, simplemente ya no tiene ningún interés en complacer ni tus expectativas ni las de nadie. Yo nunca pacte traer a un muerto a este viaje.

Damián apretó los puños sobre el timón de rueda del velero, encendiendo el motor auxiliar para enfilar la proa hacia el mar abierto. Las palabras de la joven eran cuchillos que cortaban el guion que él había preparado en su mente. Ella no estaba actuando con despecho ni con orgullo herido le estaba hablando desde una madurez tan avanzada y un desapego tan real que la distancia entre ambos se sentía más grande que el mismísimo océano que empezaban a surcar. El fin de semana entero estaba por delante pero desde el primer minuto, el cazador tecnológico se dio cuenta de que no la tenía cautiva en su velero, era él quien estaba atrapado en el ritual de una mujer que ya no le pertenecía.




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