BAJO EL SOL DE LA ISLA
El mediodía cayó a plomo sobre el océano, transformando el azul cristalino en un espejo de plata incandescente. El calor comenzaba a volverse sofocante en la cubierta del Aethelgard, pero Damián, habiendo recuperado a duras penas su máscara de frialdad ejecutiva, mantuvo el rumbo fijo hacia una pequeña isla privada que emergía en el horizonte como un refugio de arena blanca y palmeras exuberantes. Atracó el velero en el muelle de madera con una precisión impecable.
El magnate la guio hacia un exclusivo restaurante al aire libre, oculto bajo una sofisticada estructura de madera flotante y cortinas de lino blanco que bailaban con la brisa marina. No había nadie más, Damián había reservado el lugar entero. La mesa principal estaba dispuesta frente a la orilla, decorada con flores exóticas y un festín de mariscos frescos, frutas tropicales y champaña helada que contrastaba con la tensión implacable entre ambos.
Alexia se sentó, manteniendo sus gafas de sol doradas puestas como un escudo, Damián se acomodó justo a su lado, ignorando la distancia cortés que dictaría cualquier protocolo.
Con movimientos pausados y elegantes, él tomó un tenedor de plata, seleccionó un trozo perfecto de langosta glaseada en mantequilla de cítricos y lo acercó directamente a los labios de la joven.
Alexia ni siquiera se inmutó, giró el rostro un par de centímetros a la derecha, rechazando el bocado.
Damián no bajó la mano. Acercó el tenedor un poco más, rozando sutilmente el labio inferior de Alexia con la delicadeza de un amante y la firmeza de un captor. Su perfume a sándalo y la cercanía de su cuerpo creaban una atmósfera embriagadora, casi asfixiante.
Alexia tensó la mandíbula por un instante, el silencio entre ambos fue tan denso que eclipsó el murmullo de las olas. Ella sabía el poder que ahora tenía sobre él gracias a la información de Angels Rose pero también sabía que la firma definitiva aún dependía de su firma.
Lentamente, con una resistencia palpable en la mirada, Alexia se giró hacia él, se quitó las gafas de sol para clavar sus ojos oscuros en los suyos y abrió la boca lo estrictamente necesario para aceptar el alimento.
Damián sonrió con una satisfacción oscura y posesiva mientras la veía masticar. Con la yema de su pulgar, delineó con extrema lentitud la comisura de sus labios para limpiar una gota invisible de aderezo, prolongando el contacto físico de una manera que pretendía ser romántica, pero que resultaba deliciosamente peligrosa.
Cada acto que siguió fue íntimo y seductor por parte de Damián, buscando hacer caer el muro que Alexia había construido.