Lecciones azucaradas

Capítulo 11: Cenicienta

Termino de leerle el cuento a Maddy y me doy cuenta de que está profundamente dormida. Sonrío al verla acurrucada a mi lado, en su cama, y retiro el flequillo de su frente para darle un beso. La pobre debe estar tan cansada, estos días han sido muy difíciles también para ella, además de que tuvo una pequeña descarga de adrenalina mostrándome la casa y ayudándome a arreglar mis cosas.

Su habitación es preciosa, con una decoración estilo princesa, al menos algo bonito y con color dentro de este cubo de hielo fino, mi lugar favorito es la biblioteca. 

Necesito hablar con su padre respecto al tema de la escuela, Maddy necesita volver, necesita interactuar con niños de su edad. Dejo el cuento en la mesita de noche y la abrigo bien antes de salir en busca del amargado su padre, solo espero que ya haya terminado su reunión, no quiero volver a cruzarme con esa mujer, tiene una vibra que no me gusta.

Salgo al pasillo de las habitaciones, la de Maddy está justo frente a la mía, bueno, la que ocuparé y la de su padre está al fondo, al menos eso fue lo que me dijo la niña, lógicamente no entramos, hasta ella parecía asustada de hacerlo, cosa que también encendió mis alarmas.

Comienzo a bajar las escaleras, algo nerviosa pero dispuesta a buscarlo y tratar de convencerlo, pero justamente cuando llego a abajo la rubia viene caminando por el pasillo de la oficina. No oculta su mirada de disgusto en cuanto me ve pero inmediatamente la disfraza con una sonrisa falsa.

 —¿Así qué serás la niñera de Madison? —pregunta con un tono de superioridad cuando está frente a mí.

—En realidad soy maestra, pero sí, supongo que se podría decir que seré su niñera.

—Debes sentirte como en el cuento de Cenicienta.

—¿Disculpe?

—Dejemos algo claro, señorita Sandler…

—Sanders —corrijo—, mi apellido es Sanders.

—Como sea. —Hace un gesto de indiferencia con la mano—. Usted no es la primera empleada que llega aquí con aspiraciones de convertirse en la señora Hall, pero le tengo noticias, esto es la vida real no un estúpido cuento de niños, y en la vida real los principes no se enamoran de las sirvientas, se pueden “divertir” —hace comillas con los dedos— con ellas, pero no se enamoran y mucho menos se casa; así que, por su bien, le aconsejo que ni siquiera lo intente.

La sangre se me calienta con sus suposiciones absurdas y debo hacer puños con mis manos para contenerme y no arrastrarla por todo el suelo.

—No sé con qué clase de personas está acostumbrada a tratar, señorita, y bien dicen por allí que cada ladrón juzga por su condición, pero yo no estoy aquí con ninguna intención más que la de cuidar a Maddy.

—Claro, jugar la carta de la madre sustituta debe funcionar de donde viene, pero no con un hombre como Mason. Él sabe cuidar su imagen, yo me encargo de que sea así, y jamás se vería involucrado con alguien —me mira de arriba a abajo— tan insignificante como usted.

Hago acopio de toda mi fuerza de voluntad para no partirle la cara a esta arpía porque sé que es lo quiere, provocarme y hacerme quedar mal.

—¿Sabe que me parece curioso? Que para ser alguien tan insignificante, la veo muy preocupada por mí.

Es su turno de hacer puños y su rostro se torna rojo, ella también está conteniendo su coraje pero si piensa que voy a quedarme callada está muy equivocada.

—Solo quiero dejarte clara cual es tu posición en esta casa, para que no te hagas falsas ilusiones.

—La tengo muy clara, no se preocupe. Espero que usted también tenga claro cual es su lugar. Ahora, si me disculpa, necesito hablar con el señor.

La dejo ahogándose en su propio veneno y continúo por el pasillo. Escucho sus tacones resonar mientras se aleja a la salida.

«Culebra ponzoñosa».

Respiro profundo para calmarme mientras avanzo en dirección a la que tengo entendido es la oficina, dispuesta a tocar pero cuando llego la puerta está entreabierta y aunque no es mi intención, no puedo evitar escuchar.

—Cállala, Greta, solo cállala, no importa lo que me cueste pero no quiero escándalos.

—No sé si sea tan fácil, dinero tiene y lo que está es dolida.

—¡Solo fue una noche, por Dios, no le pedí matrimonio! Busca su precio, todas las mujeres tienen uno, consigue el de ella y paga.

La impresión de lo que acabo de escuchar me hace tropezar y la puerta se abre más, dejándome en evidencia.

—Lo siento, no quería interrumpir —me disculpo, avergonzada y a la vez enojada.

Este hombre es un imbécil y yo pensando que quizás me había equivocado con él al juzgarlo tan duramente cuando lo conocí.

—Dulce, déjame explicarte —dice mientras se pone de pie pero yo no quiero escucharlo.

—No tiene nada que explicar, señor, disculpe la intromisión. —Doy media vuelta y me retiro, camino a mi habitación.

—¡Dulce! —me llama y escucho sus pasos detrás de mí pero lo ignoro—. Dulce, detente.




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