GEORGINA
—No corras, que estos zapatos no me dejan.
—Es que algún alma negra andaba diciendo que nos colamos a la fiesta, que por eso se estaba haciendo un desorden total; pareciera que el cerebro no les funciona. Nosotras cumplimos; eran otras que no llegan.
—No me importa, es que haces que no pueda respirar y con estos pupilentes que parecen sacados de una película barata.
Esta mujer me arrastra a cada cosa, una locura tras otra, menos mal que teníamos todo en una mochila, me siento como una ladrona, lo único que tomamos fue una copa de champaña y por un instante creernos lo que no somos, no puedo decir que soy ajena a este mundo, de niña viví en opulencia y vida de niña rica, sin embargo con los años al mi padre asumir el cargo de la empresa de mi abuelo todo se fue hundiendo, creo que cuando mi madre se dio cuenta ya era muy tarde, recuerdo sus peleas , como el inventaba cada excusa, que malas inversiones, que la bolsa de valores, que lo estafaron, el maldito dinero puedo corromper a todo el mundo o casi todo.
—Nunca más le hago caso a tus locuras; mis pies me matan de tanto caminar.
—Pero, manita, nos divertimos un rato, ¿no crees? Baile con Héctor, del director del piso de contabilidad, y él ni cuenta se dio porque por la mañana me había gritado por cruzarme en su camino, riquillo despistado.
Me lo dice así nomás, mientras se masajea los pies; pongo un poco de agua a calentar para relajar un poco los míos; aún tengo las sales aromáticas que me regalaron de muestra en el centro comercial.
—Mejor remoja tus pies aquí y trata de relajarte, mañana tenemos licencia y dormimos un poquito más—lo que le digo es cierto, por mas que necesito trabajar como esclava el medico que me atendió hace unos meses me dio que necesitaba un respiro, por lo que acordamos que un día al mes podíamos descansar, medio día y luego encargarnos de los pendientes, yo ir a visitar a mi madre y darme un salto por el bufete, aunque con lo que les debo no tengo cara para preguntar, pero bueno, no me puedo quedar como si nada.
A la mañana siguiente, no pude evitarlo; como reloj recién arreglado, me levanté a las 5 de la mañana. El día aún está nublado, parece que va a llover; estos son el tipo de días que me gustan, porque sales, te tomas un café, aunque sea de la maquinita vieja del primer piso.
—Doña Estela, ¿cómo está? Ten temprano despierta. ¿Por qué?
—Costumbres, hija, no puedo evitarlo, lo hago desde niña, desde que ayudaba a mis padres en la cosecha; a veces hasta me quedaba cuidando la cosecha, espantando a los cuervos y haciendo ruido de perros cuando parecería que quería robar.
El tiempo se pasa volando cuando me doy cuenta es mas de una hora ahí dentro, se supone que debía estirar los músculos, tomar algo de aire, me entra una nostalgia de pronto, cuando me doy cuenta ya estoy dentro del bus rumbo al parque de la avenida residencial, ahí iba de pequeña con mi madre, reconozco automáticamente los edificios altos, las decoraciones lujosas, los autos ultima gama, tan típico, a veces no puede creer que alguna vez pertenecí a este clase social, una que actualmente no me interesa si no me da la justicia que necesito, estaba tan metida en mis pensamientos y mirando a mi alrededor con la vista hacia arriba, que sin darme cuenta un auto de lujo casi me atropella.
—¡Este está loco! —le iba a reclamar cuando me di cuenta de la luz del semáforo; andaba tan distraída que no me di cuenta.
—Debe tener más cuidado usted, no sabe cuánto cuesta este auto, un solo raspón y no le iba a alcanzar la vida para pagarlo —me reclama ahora el que supongo que es el chofer, pero a mí no me va a agarrar como trapeador; hay manera de hablar y me trata como si fuera superior a mí, cuando él, al igual que yo, es un asalariado más.
—Fue mi error, pero al final no le pasó nada al auto; por lo tanto, deja de gritarme como si fueras mi padre, que, si piensas bien, ambos nos ganamos un salario esperanzado en que llegue fin de mes, ¿o me equivoco?
Iba a replicar, cuando la luna polarizada bajó un poco y alguien lanza unos billetes.
—Con eso basta, por favor, José, sigue el camino, que mi tiempo es oro, no estoy para ridiculeces. —¡Por Dios, sea quien sea, se le safó un tornillo! ¿Quién se ha creído? Quisiera sacarlo de ese auto y estampar su cara contra la acera por idiota; así son los riquillos de ahora, no hay respeto por la clase trabajadora.
—Señorita, ¿se encuentra bien? —Hombres como estos debería multiplicarlos. Con sonrisa de ángel, me mira con tanta preocupación que casi dejo pasar por alto que su traje vale más que mi renta y que a sus zapatos se les puede oler lo nuevo hasta aquí, pero no me distraigo; es uno más de ellos.
—Bien gracias.
—Me alegra, tenga cuidado, por favor, se ve muy bonita para lastimarse de esta manera.
Es mucho más alto que yo, como si al alzar la mirada pudiera llegar a las nubes cuando observo su rostro; es rubio, ojos azules, como un muñequito de torta. En eso, un hecho muy vergonzoso me sucede: mi estómago traicionero empezó a sonar y recuerdo que no he tomado nada de desayuno; me pongo rojo y me toco las mejillas. Ese hombre se ríe un poco y yo estoy en plan: "Trágame tierra y déjame en cualquier lugar menos acá.
—No quiero sonar grosero o un degenerado; justo iba a tomar un café con unas crepas deliciosas que hacen por aquí.