Apenas terminaba su primera semana y los pasillos del colegio ya murmuraban sobre los «profesores nuevos». No era para menos; ver a Mariana y a Carlos juntos en la cafetería era como presenciar una escena de película clásica. Ella, siempre con un libro bajo el brazo; él, con el silbato colgado al cuello y esa sonrisa capaz de iluminar hasta el rincón más oscuro del gimnasio.
Carlos no era hombre de andar con rodeos. Esa misma tarde, mientras Mariana guardaba sus tizas en el maletín, él apareció apoyado en el marco de la puerta del salón de Lengua.
—Dicen que las profesoras de literatura solo aceptan citas si se les invita con un soneto —dijo él, dedicándole una postura despreocupada que le sacó a Mariana una primera risita.
—Bueno, parece que el profesor de Educación Física está bien informado —respondió ella, sintiendo cómo las mejillas le ardían de rubor—. ¿Y dónde está el soneto?
—Me temo que la rima no es lo mío, Mariana. Pero tengo una oferta mejor: una cena frente al río, cero exámenes por calificar y toda mi atención dedicada a ti. ¿Qué dices?
Mariana lo miró. Sus ojos castaños se encontraron con el verde vibrante de Carlos. No necesitaba poesía; la manera en que él la contemplaba era el mejor verso que había leído en su vida.
—Digo que sí.
Esa noche, Carlos pasó a buscarla. Mariana lucía un vestido sencillo de color crema que resaltaba su piel clara y llevaba el cabello rubio recogido en una trenza lateral. Al verla, Carlos se quedó sin aliento. Él, por su parte, vestía una camisa azul impecable que hacía juego con el brillo de sus ojos.
Cenaron en un pequeño restaurante rústico cerca del río. La conversación fluyó con tanta naturalidad que parecía que se conocían de toda la vida. Carlos la hacía reír con las ocurrencias de sus alumnos de grado once intentando saltar el potro, mientras Mariana le confesaba cómo se perdía en los universos literarios de Gabriel García Márquez.
—Eres diferente a lo que imaginé, Mariana —dijo Carlos, buscando su mano sobre la mesa. Sus dedos eran cálidos y firmes—. Pensé que serías estricta, pero eres... pura ternura.
—Y tú eres mucho más que un tipo divertido —respondió ella, apretándole la mano con suavidad—. Tienes un corazón noble, Carlos. Lo noto en la forma en que tratas a los chicos.
El silencio se apoderó del ambiente y, bajo la tenue luz de las velas, Carlos se acercó despacio. Le dio un beso suave, lento y cargado de una promesa silenciosa. Fue la confirmación de lo inevitable: lo que había entre ellos era real y no se podía detener.
Sin embargo, a pocos kilómetros de allí, en la penumbra de un bar elegante, la atmósfera era muy distinta. Melissa movía los hielos de su copa con impaciencia, mientras Víctor observaba la lluvia estrellarse contra el cristal.
—Están juntos ahora mismo, lo sé —siseó Melissa, apretando sus labios rojos en una línea de furia—. Carlos no me ha quitado los ojos de encima en el gimnasio, pero esa... esa mosquita muerta lo tiene hipnotizado con su aire de santurrona.
—Paciencia, Melissa —dijo Víctor sin apartar la vista de la ventana. Su voz era tan fría como un teorema matemático—. Las pasiones rápidas suelen consumirse pronto.
—¡Yo no tengo paciencia! —exclamó ella, dando un golpe sobre la mesa—. Carlos va a ser mío.
—Y Mariana va a ser mía —sentenció Víctor, girando el rostro para fijar en ella sus ojos negros y profundos—. Solo hay que esperar el momento oportuno para que la ecuación cambie. Carlos es un factor que sobra en la vida de Mariana, y yo me encargaré de restarlo.
Melissa sonrió con malicia y alzó su copa hacia él.
—Me gusta cómo piensas, cerebrito. Hagamos un trato: tú te encargas de separarlos desde la mente y yo me encargo de que Carlos se pierda en mi cuerpo.
Víctor no brindó. Simplemente volvió a contemplar la oscuridad de la calle. Para él, Mariana no era un simple capricho: era una obsesión que pensaba poseer a cualquier precio.
El lunes siguiente, Carlos y Mariana llegaron al colegio con un brillo especial en la mirada. En la sala de profesores, él se acercó a su escritorio y, aprovechando que nadie miraba —o eso creían—, le dejó una pequeña nota: «Cuento los minutos para que sea el descanso».
Mariana sonrió para sus adentros al desplegar el papel. Sin embargo, al levantar la vista, chocó de frente con dos pares de ojos que la observaban fijamente.
—¡Hola, amiga! —exclamó Melissa, acercándose con una sonrisa impostada para abrazar a Mariana por los hombros—. Te ves radiante. Cuéntame, ¿qué tal el fin de semana? ¿Hiciste algo divertido o te quedaste leyendo diccionarios?
Mariana se removió, incómoda ante la repentina efusividad de su compañera.
—Estuve... descansando, Melissa. Gracias.
Víctor, desde su esquina, no dijo una sola palabra. Se limitó a anotar algo en su agenda con una caligrafía pulcra y gélida.
El romance de los nuevos profesores ya era una realidad y, para los villanos del Santa Clara, este peligroso juego de amor acaba de comenzar.
Editado: 26.07.2026