Lecciones De Olvido

CAPITULO 3

La sala de profesores del Colegio Santa Clara era, esa mañana, un hervidero de rumores. El anuncio de la «Convivencia de Grado Once» había sido recibido con entusiasmo por los alumnos, pero para los docentes significaba una logística implacable.

Carlos revisaba los cronogramas cuando sintió un perfume intenso y dulzón. Era Melissa. La pelirroja se inclinó sobre su escritorio, dejando que su larga cabellera rozara el hombro del profesor.

—Amor, ¿ya tienes todo listo para la convivencia? —susurró con una voz cargada de intención.

—Todo no, Melissa —respondió Carlos, tratando de concentrarse en sus papeles.

—¿Estás enojado conmigo? —insistió ella, acercando su rostro peligrosamente al de él.

Intentó buscar sus labios, pero Carlos giró la cara con un movimiento seco. Aquel rechazo solo provocó una risa cínica en la mujer.

—Déjame en paz, Melissa.

—No me digas que te estás tomando en serio tu relación con Mariana. Ella es tan... insignificante. Hay mujeres dispuestas a todo por complacerte; yo soy una de ellas, aunque tenga que soportar ser la otra.

Carlos la miró, incrédulo ante semejante audacia. Estaban a punto de seguir discutiendo cuando la puerta se abrió de par en par, dejando entrar a un hombre que rompió la tensión con un silbido despreocupado.

Alfonso, el nuevo profesor de Química, entró con la bata blanca desabrochada y una carpeta bajo el brazo. Si alguien esperaba a un científico rígido, Alfonso era la antítesis. Atractivo, de rasgos fuertes y con una postura relajada que restaba importancia a la complejidad de los elementos, su personalidad «buena onda» había conectado de inmediato con Carlos.

—Perdón, ¿interrumpo? —dijo Alfonso con una sonrisa de lado.

Melissa se separó de Carlos, recogiendo sus cosas con lentitud felina.

—Carlos, piénsalo —lanzó antes de salir del recinto.

Alfonso soltó un largo suspiro mientras la veía marchar.

—¡Qué hembra! —expresó.

—¿Te parece? —preguntó Carlos, frotándose las sienes con cansancio.

—No me parece, lo es. Todo el mundo lo nota, Charles. Pero claro, tú ahora estás entretenido con Marianita. Aunque, cuando te canses, vas a mirar a otras como Melissa, que está encarretadísima contigo.

—Mi relación con Mariana va muy en serio, Alfonso. No quiero hablar más de eso.

Poco después, Mariana entró a la sala. Su rostro, usualmente dulce, estaba nublado por la duda. Cuando Carlos intentó acercarse para besarla, ella esquivó el contacto, dejando el gesto en el aire.

—¿Qué te sucede, amor? —preguntó él, desconcertado.

—Nada, estoy igual de feliz que tú. Lo que menos soporto es que un hombre se haga el tonto. Si te encanta trabajar con Melissa, allá tú.

Carlos la tomó de la cintura y la abrazó con fuerza, intentando disipar la inseguridad que Melissa había sembrado con tanta cizaña.

—Solo te amo a ti, Mariana. Jamás pondría mis ojos en alguien como ella. Confía en mí.

Mariana suspiró, deseando creerle con todo su corazón, aunque el ambiente en el Santa Clara se sentía cada vez más enrarecido.

Más tarde, mientras Carlos anotaba las actividades para el paseo, Alfonso y Víctor se unieron a su mesa. El profesor de Matemáticas, con su habitual frialdad, lanzó un dardo directo al centro.

—¿Es verdad que te vas a casar con ella? Estás muy confiado de su amor, Carlos. Cuidado, uno nunca se puede confiar del amor de una mujer.

—Me halaga que mi novia despierte tanto interés —respondió Carlos, alzando el mentón para sonar seguro.

—Lo dices de dientes para afuera —sentenció Víctor, clavando sus ojos oscuros en él—. Es cuestión de experiencia, Carlos. Eso se puede transformar en un problema muy serio.

Alfonso intervino para romper el hielo antes de que la tensión escalara:

—Ten cuidado, que detrás de esa apariencia angelical de Mariana se esconde una fiera. Y con las miradas que te cruzas con Melissa... bueno, que no puedas comer no impide mirar el menú, ¿no?

La tarde se complicó aún más cuando Melissa logró acorralar a Carlos a solas antes de terminar la jornada. En un movimiento rápido y calculador, lo tomó por el cuello y lo besó a la fuerza. Carlos, aunque por puro instinto físico la sujetó de la cintura por un breve segundo, la apartó de inmediato con firmeza.

—¡Dije que no, Melissa! Amo a Mariana.

—Ayer no decías lo mismo —provocó ella al cruzárselo al día siguiente en el pasillo—. No dijiste que sí, pero tampoco dijiste que no. A mí no se me olvida nada de lo que me interesa.

Para desviar la atención, cuando Alfonso se les unió, la conversación cambió hacia los extraños resultados académicos de grado once. Comentaron lo insólito que resultaba que Sebastián, un alumno que siempre iba al borde del reprobatorio, hubiera aprobado el examen de Química con una nota perfecta.

—Definitivamente aquí están pasando cosas muy raras —concluyó Alfonso justo cuando sonó el timbre de salida.

El escenario estaba listo. Al día siguiente tendría lugar la famosa convivencia. Caballos, senderos forestales y una Mariana que, sin saberlo, estaba a punto de galopar hacia un abismo que borraría su presente, dejando su futuro a merced de quienes más la deseaban... y la odiaban.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.